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Crítica:

Decadencia en vena

Ante una película como Agua para elefantes lo primero que viene a la cabeza es una especie de competición descafeinada por defecto: qué resulta más decadente, ¿el mundo del circo clásico en el que se ambienta la historia o el tipo de melodrama a la antigua que la engloba? Cuestión peliaguda, sobre todo porque tanto Francis Lawrence desde la dirección como el veterano Richard LaGravanese como adaptador confunden el clasicismo con el academicismo, estar del lado del supuesto espectador que presuntamente demanda este tipo de producto con coleccionar un cargamento de lugares comunes alrededor de los triángulos amorosos, el maltrato animal y la violencia de género.

Históricamente el circo siempre ha dado juego para los juegos amorosos a varias bandas, para el flirteo prohibido, para los celos más o menos inconfesables, para la traición, para la venganza. Clásicos como El gran Flamarion, de Anthony Mann, El fabuloso mundo del circo, de Henry Hathaway, Trapecio, de Carol Reed, e incluso Freaks, de Tod Browning, se alimentaban de un microcosmos cerrado y nómada, que apenas permite la dispersión mientras el roce es continuo. Agua para elefantes, basada en un best seller de Sara Gruen, juega sus bazas sentimentales desde el inicio. Así, acudir al clásico anciano que rememora a modo de flashback aquellos tiempos felices en los que "el circo era otra cosa" y en los que el amor por la chica del elefante le ayudó a olvidarse de la temprana muerte de sus padres es un temible pasaporte hacia la lágrima. Un resquemor confirmado con la escritura de un LaGravanese que aunque en otros tiempos fuera especialista en adaptar romanticismo del bueno (Los puentes de Madison), y ya estuviese familiarizado en el cóctel amor y animales con El hombre que susurraba a los caballos, poco hace para escapar del cliché, tanto en su engranaje general como en el secuencial.

AGUA PARA ELEFANTES

Dirección: Francis Lawrence. Intérpretes: Robert Pattinson, Reese Whiterspoon, Christoph Waltz, Hal Holbrook, Paul Schneider.

Género: melodrama. EE UU, 2011. Duración: 120 minutos.

Y aunque lo fácil sería dedicar el último párrafo a una estrella tan dudosa como Robert Pattinson, más dudosa aún resulta la carrera posterior al Oscar de esa aspirante a actriz clásica llamada Reese Whiterspoon.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de mayo de 2011