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Análisis:EL ACENTO

Vacío perfecto

Las decisiones del Partido Popular (PP) tienen la propiedad de difuminar los contornos precisos de la realidad. Disuelven la racionalidad como un ácido. El Ayuntamiento de Vila-Real, del PP, ha decidido inaugurar una biblioteca sin libros, bajo la modalidad de "jornada de puertas abiertas". El municipio tampoco tiene el certificado de fin de la obra. La biblioteca, que ha costado cuatro millones de euros, tendrá "las puertas abiertas" el jueves, sin servicio de entrega de libros. Una cáscara vacía. El observador avisado hilará fácilmente la biblioteca sin libros de Vila-Real con el aeropuerto sin aviones de Castellón o los decorados de hospitales que con tanto entusiasmo inaugura, quizá más de una vez, Esperanza Aguirre. Este asalto a la racionalidad no lo inventó Fabra (aunque se lo merecía) sino José María Aznar, cuando inauguró la T-4 del aeropuerto de Barajas un año antes de entrar en servicio.

Pero el caso de Vila-Real retuerce un poco más el envilecimiento político de las inauguraciones vacías. El responsable de Infraestructuras del Ayuntamiento, llamado Ignasi Clausell, expone sobre la biblioteca sin libros: "Libremente, cada ciudadano optará por entrar o no entrar en la biblioteca central y podrá ver esa obra que han pagado todos los vilarrealenses y como propietarios y usuarios podremos entrar a ver esa biblioteca". De este fango argumental parece deducirse que cuando las bibliotecas cuentan con libros los ciudadanos están obligados a entrar en el edificio; y que, con libros dentro, se aprecia peor el esfuerzo inversor. Dislexia destilada y tomadura de pelo.

El PP trabaja contra los hechos y corre hacia el vacío perfecto. Pronto propondrá escuelas sin maestros, hospitales sin médicos, religiones sin ética (¡para qué la necesitan, con lo que luce la liturgia!) y elecciones sin votantes. Hegel no hubiera podido concluir que lo real es racional en un mundo del PP. Pero un hilo histórico recorre el macizo de la raza política del PP y lo conecta con lo real. En la ridícula farsa del aeropuerto de Castellón, Carlos Fabra desveló ese hilo. Un nieto de Fabra corrió alegremente hacia el presidente de la Diputación. Fabra le abrazó y se deshizo en ternezas: "¿Te gusta el aeropuerto del abuelo?". Como si fuera un juguete de su propiedad. Igual que otro abuelo que manoseó una España de juguete durante casi 40 años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de abril de 2011