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Reportaje:

Postales de un tiempo confiado

El retrato en la 'belle époque' es objeto de una gran exposición en Valencia - La muestra desmiente la mala fama del género durante las vanguardias

Una Europa optimista y confiada se dejaba arrullar por su propia decadencia, la aparente placidez de los acontecimientos, las sensacionales transformaciones tecnológicas y económicas y cierta, engañosa, estabilidad política. Durante la belle époque, todo un continente, ajeno al horror que se avecinaba con la Primera Guerra Mundial, se las prometía muy felices. Se diría que fue un tiempo diletante, como viene a demostrar la exposición Retratos de la belle époque que hoy se inaugura en las rehabilitadas salas del Centro del Carmen de Valencia (a partir del 19 de julio en la sede barcelonesa de Caixaforum). Una época obsesionada con la belleza, con la propia y la ajena. Unos años en los que los poderosos sentían la llamada de la posteridad y el género del retrato adquirió un inédito auge nunca igualado.

Tomás Llorens: "Aquí está el origen de la vitalidad del arte del siglo XX"

Artistas como Sargent, Sorolla, Zorn, Munch, Repin, Serov, Vrubel y Toulouse-Lautrec, Vuillard, Kokoschka, Schiele o Kirchner se beneficiaron de aquellas ansias. Y estos días lucen en la nómina de los 42 pintores de una muestra que reúne casi un centenar de obras prestadas por coleccionistas de todo el mundo.

Considerada durante tiempo como la "pintura mala" en unos años de eclosión de las vanguardias, Tomás Llorens plantea una nueva lectura de este periodo. El historiador y crítico quiere devolver la dignidad a un tipo de arte devaluado, despachado con desdén por complaciente y por responder al mero encargo. El primer argumento a favor de su tesis está contenido en la selección misma de los artistas. Son algunos de los nombres capitales del arte de su tiempo. Incluso algunos acuden al medio en busca de un campo fértil para la experimentación. "Fue el crítico Robert Rosenblum", argumenta Llorens, "el primero en aproximarse sin prejuicios a la pintura realizada en torno a 1900. La hipótesis que yo planteo aquí es que el origen de la vitalidad del arte en la primera mitad del siglo XX está precisamente en el naturalismo con el que trabajan estos artistas. Evolucionan luego al simbolismo y, finalmente, al expresionismo. Para mí es evidente que no hay nada ligero ni frívolo en su forma de abordar el retrato".

Ningún método estilístico predomina en la muestra sobre los demás. Llorens cita a Sargent, gran amigo de Monet, como ejemplo de retratista oficial y consolidado en el mercado, algo que durante un tiempo jugó en su propia contra. "La National Gallery llegó a pagar lo mismo por un retrato de Velázquez que por uno de Sargent en 1890. Esto puede ser tan bueno como malo", añade ante el inquietante óleo de la escritora Violette Pay pintado por el artista británico. La temprana aceptación en el mercado de la obra de Sorolla, presente en la muestra con una docena de cuadros, también perjudicó el prestigio del pintor valenciano durante muchos años. Por suerte, hace tiempo que este quedó fuera de duda.

Distribuidas en las dos salas de exposiciones temporales que rodean los claustros renacentista y gótico del antiguo convento, Tomás Llorens ha organizado nueve diferentes formas de abordar el retrato: los autorretratos, los retratos de sociedad; temperamento y carácter; retratos de grupo; ambientes y conversaciones; una sección monográfica dedicada a Toulouse-Lautrec; retratos al aire libre; y, por último, el retrato como símbolo y la crisis. Un documental con espeluznantes imágenes históricas de la Primera Guerra Mundial sirve al término del recorrido para que el visitante despierte al final del sueño, plácido y confiado de la belle époque.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de abril de 2011