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Análisis:

Última oportunidad para regenerarse

Confieso que he pecado, padre. Sí, me ha perdido el rockismo, esa creencia cazurra en la superioridad cultural de esta música. Creía tenerlo bajo control pero, cuando me llegó ese rumor sobre la muerte del rock, lamento reconocerlo, me he puesto la capa y he salido volando en su defensa.

En realidad, lo tengo fácil. El rock puede haber desaparecido de las listas de consumo rápido, del mercado de las descargas y los politonos. Pero esa es solo una esquina de un cuadro más grande. No se menciona, por ejemplo, que muchas figuras del pop actual suelen pinchar en directo. Leo que una superestrella como Rihanna no cubre ni los gastos con sus ingresos de taquilla; consternada, su organización regala tacos de entradas a través de las radios locales, para que aquello no luzca desolado.

El rock clásico parece mandar en el negocio del directo, como demuestran las giras mastodónticas de U2, Springsteen o los Stones. Aunque un diablillo me provoca: "¿Estás seguro que eso es rock?". Y tiene razón: es... otra cosa; el rock de estadios tiene más de espectáculo audiovisual, comunión multigeneracional, cita social.

La memoria me lleva a anteriores ocasiones en que se especuló con la muerte del rock; cuando Elvis se fue a la mili y murieron sus escuderos, cuando los rockeros imitaban a jazzmen e instrumentistas de conservatorio, cuando triunfó la disco music, cuando se implantaron los sintetizadores, cuando el rap vendía toneladas... Pensábamos entonces que el rock estaba sometido a ciclos (de siete años, se decía), a un péndulo que oscilaba entre lo primitivo y lo sofisticado. De repente, brotaba una figura y una tendencia que volvían a concitar ilusiones, que cambiaban las reglas del juego, que alborotaban el ambiente.

Hablo en pretérito ya que nada garantiza que eso vuelva a repetirse con el impacto de antaño. La última supernova fue Kurt Cobain, que sufría por su relación enfermiza con el éxito; no pudo manejarlo y, simplificando, decidió quitarse de en medio. Ya antes de que apareciera Nirvana, funcionaba un movimiento que predicaba la honestidad con los fans, el rechazo a la gran industria, la ruptura con el star system.

Estos disidentes eran herederos ideológicos de la rama concienciada del punk rock y han evolucionado hasta constituir un monstruo de mil cabezas llamado indie, con infinidad de particularidades estéticas y éticas. Entre ellas, el hacer las mínimas concesiones a lo que Joni Mitchell llamaba "la maquinaria de hacer estrellas".

Además, el rock se ha atomizado en subgéneros y microtendencias, con actitudes a veces incompatibles con el triunfo masivo. Igualmente, cabe preguntarse si existe el correspondiente público masivo. Un momento revelador ocurrió en los últimos Grammy, cuando el premio gordo -Álbum del año- recayó en Arcade Fire y buena parte de los periodistas que seguían la ceremonia se quedaron mudos: los canadienses caían fuera del radar de unos medios cada vez más volcados hacia las celebrities.

Signo de los tiempos, evidentemente. En 2011, hay demasiadas ofertas para el consumo de jóvenes y mayores; la música, invisible tras su desmaterialización, igual no resulta particularmente atractiva. ¿El rock? Lo que oían mis padres. Eso que suena en películas, series, videojuegos, anuncios. Exactamente: un constante ruido de fondo.

Mírenlo por el otro lado. Puede que sea buena terapia para el rock perder su sinecura de hegemonía comercial. Tal vez le siente bien una vuelta a las catacumbas, para quitarse fantasías de lujo y omnipotencia. Solo queda desear que, durante esa travesía, no se convierta en una música con la etiqueta de cultura oficial, apta para las subvenciones, como ocurre con la clásica y, en menor escala, el jazz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de abril de 2011