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Ola de cambio en el mundo árabe

El estallido de ira contra El Asad se extiende en Siria

El régimen excarcela a 260 islamistas para intentar aplacar las protestas

La crisis siria sigue inflamándose. El Gobierno del presidente Bachar el Asad liberó ayer a 260 presos islamistas, pero el gesto no aplacó la revuelta. Al contrario, esta se extendió a la zona costera del país.

Deraa, la ciudad sureña donde nació la protesta, vivió una nueva jornada de manifestaciones y la sede del partido Baaz y una comisaría de policía fueron incendiadas. En la cercana Tafas, una multitud acudió al entierro de tres de los muertos el viernes por disparos policiales y después quemó también la sede del Baaz. En Latakia, capital de la provincia natal de los Asad y con una fuerte presencia alauí, se formó una marcha contra el régimen durante la cual, según testimonios citados por France Presse, las fuerzas de seguridad podrían haber matado a otras dos o tres personas.

La diversidad social y geográfica que ha alcanzado la revuelta inquieta a Damasco

Siria no vivía una semana tan sangrienta desde 1982, cuando una rebelión islamista causó decenas de muertos y la posterior represión gubernamental dejó entre 10.000 y 20.000 cadáveres en la ciudad de Hama. Hasta el momento, ni los disparos de las fuerzas de seguridad ni las promesas de acabar con la corrupción y aliviar la opresión política han servido para que Bachar el Asad recuperara el control de la situación.

Ayer el régimen intentó hacer otro gesto conciliador y liberó a 260 presos islamistas, según el Observatorio Sirio de los Derechos Humanos, con sede en Londres. Los presos liberados ya habían cumplido su condena, según varios abogados sirios, y permanecían en la cárcel por orden de las autoridades.

El Gobierno de El Asad insistió en afirmar que los muertos registrados durante la semana (más de 100 según diversas fuentes hospitalarias sirias, al menos 55 según Amnistía Internacional) no habían sufrido disparos de la policía, sino de misteriosas "bandas armadas extranjeras" disfrazadas con uniformes de las fuerzas de seguridad. En declaraciones a la BBC, Buthayna Chaabane, asesora política de El Asad, dijo que "una conspiración extranjera" intentaba desestabilizar Siria, que varios forasteros habían sido detenidos y que Damasco respetaba el derecho de sus ciudadanos a manifestarse pacíficamente.

Los miles de sirios que continuaron con la protesta no se mostraron convencidos ante esas explicaciones. En Deraa, la estatua de Hafez el Asad (padre del actual presidente) derribada el viernes se convirtió en el nuevo símbolo de la revuelta. Decenas de personas se encaramaron al pedestal cubierto de cascotes y colgaron carteles con la frase "el pueblo exige la caída del régimen", el grito emblemático de la revolución egipcia. Los funerales por las víctimas más recientes, cuyos nombres fueron cantados desde los minaretes, se transformaron en actos de desafío al Gobierno.

Lo mismo sucedió en Tafas, unos kilómetros al norte de Deraa. El funeral por tres víctimas desembocó en el asalto a la sede local del Baaz, el partido hegemónico de El Asad, y su posterior incendio.

El hecho de que la protesta alcanzara Latakia, una provincia costera de la zona occidental del país con numerosos establecimientos turísticos y conocida, sobre todo, porque en ella nació Hafez el Asad, fundador de la dinastía gobernante, debió agravar la inquietud en Damasco. La diversidad geográfica y social de las revueltas, en las que participaban numerosos suníes partidarios de un régimen islámico pero también jóvenes que reclamaban democracia, demostraba que la voluntad de cambio estaba muy extendida.

En medios políticos y periodísticos de Damasco se aseguraba que el presidente Bachar el Asad se preparaba para efectuar un discurso televisado (tras permanecer invisible durante toda la semana) en el que concretaría las promesas de reformas efectuadas el jueves por su asesora Chaabane y anunciaría una remodelación del Gobierno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 27 de marzo de 2011