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Robert Skidelsky, biógrafo canónico de Keynes

El historiador fue quien mejor desentrañó al genio económico del llamado Grupo de Bloomsbury

El economista Robert Skidelsky, en una imagen de archivo.Bernardo Pérez

John Maynard Keynes es uno de los grandes economistas de todos los tiempos. Porque no era solo un economista: era un científico social, un ministro de economía encubierto, un filósofo, un intelectual, un artista; una de esas caravanas de personalidades en una sola, además de un ensayista capaz de encontrar un relato —los animal spirits— que explica la inestabilidad y la radical incertidumbre que subyacen en el sistema. A pesar de todo, sus libros y su vida son a menudo una especie de laberinto con forma de tela de araña sin centro. Robert Skidelsky, historiador económico que murió hace solo unos días a los 86 años, fue quien mejor desentrañó al genio económico del llamado Grupo de Bloomsbury.

Skidelsky es el biógrafo canónico de Keynes, autor de la monumental John Maynark Keynes, tres volúmenes que empequeñecen todos y cada uno de los intentos anteriores de acercarse al mejor bigote de la economía del siglo XX. Y él mismo posee una biografía excepcional. Nace en Hirbon, China, hijo de una familia ruso-judío-británica. Japón mete en una cárcel de Manchuria a toda su familia cuando estalla la guerra, en 1941. Liberados en un intercambio de presos, los Skidelsky consiguen llegar a Hong Kong, y desde ahí marcharse a Londres justo antes de que los comunistas tomen ese enclave británico que hasta anteayer mismo mantuvo su independencia del gigante asiático (y que a pesar de todo sigue teniendo una autonomía notable para los estándares chinos). Skidelsky estudia en Oxford y acaba dando clases en Johns Hopkins, pero una polémica biografía relativamente amable sobre el fascista Oswald Mosley le trae enormes problemas en esas universidades. Acaba como profesor en Warwick. La polémica ya no le abandonará jamás.

Keynesiano devoto, Skidelsky pasó por cuatro partidos políticos (laboristas, socialdemócratas, liberales y liberaldemócratas) y se metió de lleno en todos los grandes debates de su tiempo; exactamente igual que Keynes con el suyo. A principios de los años noventa se hizo conservador; años después apoyó sin fisuras a Jeremy Corbyn, el ala más izquierdista del laborismo. Más allá de ese periplo, se opuso públicamente al bombardeo de Yugoslavia por la OTAN. Y más recientemente abogó por una paz negociada en el conflicto entre Rusia y Ucrania, y criticó la posición del Gobierno británico por defender que la invasión fue “no provocada” y fruto de la “barbarie” de Vladímir Putin. Europa y la OTAN llevaban años tratando de llevarse a Ucrania a su terreno; Skidelsky simpatizaba por razones familiares con Rusia, según ha contado un estrecho colaborador suyo, Felix Martin, en el Financial Times. “Si hemos de hacer algo bueno tendremos que parecer heterodoxos, molestos, peligrosos y desobedientes”, decía lord Keynes. Skidelsky siguió al pie de la letra ese adagio. Como Keynes, era también miembro de la Cámara de los Lores. Y barón de Tilton, en el condado de East Sussex.

Pero tal vez esas continuas polémicas sean lo de menos: Skidelsky será recordado por contarnos a Keynes. “La idea fundamental de Keynes es que no conocemos y no podemos calcular lo que el futuro nos tiene reservado”, arranca un librillo delicioso —Keynes, traducido por el muy poco keynesiano Carlos Rodríguez Braun en 1996— previo a la citada biografía en tres tomos. Con el crash de Lehman Brothers y la Gran Recesión puso al día la revolución keynesiana con el poderoso El regreso de Keynes, en el que abogaba por la recuperación de su legado. Lo consiguió solo a medias: hubo un despertar keynesiano tras el estallido de esa crisis, pero duró un suspiro. “La receta de la austeridad”, que Alemania decretó para todo el Sur de Europa, “es propia de tontos y locos”, escribió en ese libro: muy pocos lo vieron tan claro desde el principio. “Cualquier gran fracaso”, relató allí, “tiene que obligarnos a reconsiderar las ideas fundamentales: la crisis es el gran fracaso del sistema de mercado”. “Revela cierto vacío ideológico y político donde solía estar el desafío de la izquierda. Quizá porque el capitalismo ya no tiene un antagonista mundial”, remachó. Ese ensayo predecía de alguna manera una era del desorden si la crisis no provocaba una catarsis. Y no, no la provocó: como consecuencia, estamos en pleno desorden, en una suerte de edad de la ira.

No hay sabios como Keynes para guiarnos en la oscuridad, ni traductores de la calidad de Skidelsky. O aún peor: en realidad sí los hay, pero en medio del lío que se ha formado no terminamos de encontrarlos. “Los economistas no han llegado a ser tan útiles como los dentistas”, según una frase célebre de Keynes; quienes intentan escribir obituarios veloces en los periódicos, tampoco.

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