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Crítica:

El loco, loco fin del patriarcado

En una de las primeras secuencias de este musical inconfeso, Catherine Deneuve arregla su casa, mientras en la radio suena Emmène-moi danser ce soir, un éxito de 1978 de Michèle Torr -un suave desliz temporal: la acción de la película transcurre un año antes-, un tema musical que hoy se revela una auténtica joya del kitsch: la canción habla de la recuperación del fulgor romántico en la rutina del matrimonio, pero sus formas reafirman la autoridad del patriarcado. La potiche del título es lo que llamaríamos una mujer florero: alguien a quien, tradicionalmente, no se le han concedido otras vías de escape que la ficción romántica, género que alcanzó cumbres de estridencia estética en esas fotonovelas que inspiran el diseño visual de la película de François Ozon, un divertimento irresistible que parece hermanar los influjos sucesivos de Mitchell Leisen, John Waters y Pedro Almodóvar con autoconscientes ecos de Demy.

POTICHE, MUJERES AL PODER

Dirección: François Ozon.

Intérpretes: Catherine Deneuve, Gérard Depardieu, Fabrice Luchini, Judith Godrèche, Karin Viard.

Género: comedia. Francia, 2010.

Duración: 103 minutos.

En 'Potiche' hay una base de datos filogay pasándoselo en grande

Potiche adapta una obra teatral estrenada en 1980 por Pierre Barillet y Jean-Pierre Grédy, los autores de esa celebrada Flor de cactus que nutre la ingeniería vodevilesca de Sígueme el rollo, la última comedia de Adam Sandler. Ozon aplica aquí el tono zumbón de su primeriza Sitcom (1998) a las convenciones del teatro de bulevar y barniza el resultado con la revisión pop de esa mirada ultrakitsch que recorría su discutida Ocho mujeres (2002): confiar el papel de Suzanne Pujol a Catherine Deneuve y enfundarla en un chándal es una declaración de principios del calibre de la que formuló John Waters al convertir a Kathleen Turner en la serial mom de Los asesinatos de mamá (1994). Pero aún hay más: el cineasta samplea Fiebre del sábado noche (1977) en clave otoñal, con la complicidad de Depardieu y la Deneuve, convierte al hijo de la familia en una suerte de híbrido de Benito Sansón y Claude François, remata la caracterización de la hija con un peinado estilo Jill Munroe y deja que suene el dúo Baccara en la banda sonora. En Potiche, en definitiva, hay una base de datos filogay pasándoselo en grande.

Si Ozon ha querido usar la pieza de Barillet y Grédy para hablar en clave del pulso Nicolas Sarkozy-Ségolène Royal o si cree firmemente en que un orden matriarcal puede ser más humano y suave que el patriarcado, no importa tanto como el placer que proporciona sumarse a su verbena. Este crítico solo lamenta que Louis de Funès no haya vivido bastante para encarnar al colérico y ridículo Robert Pujol.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 25 de marzo de 2011