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CORRIENTES Y DESAHOGOS

Arte y diseño

August Ferdinand Möbius (Moebius para los castellano hablantes) fue un matemático y astrónomo alemán que vivió hasta la segunda mitad del siglo XIX. Tenaz, obsesivo, tesonero, trabajó en numerosos proyectos, pero la Historia le recuerda por su celebérrima Cinta de Moebius. Esta cinta consiste en una formación en dos dimensiones cuya característica, principal y lúdica, es que tornándose sobre sí compone un lazo del que no se distingue el principio del final, contorsiona para formar una escultura alabeada y ya de tres dimensiones en el espacio euclidiano. Resulta complicado explicarlo, pero si se contempla se verá que la invención es tan elegante y simple como fluidamente inteligente.

Este mismo diseño fue descubierto casi a la vez por otro alemán, Johan Benedict Listing en 1858, pero, como sucede en estas lides, solo Moebius se quedó con la fama histórica. No cabe duda de que el apellido le favoreció mucho puesto que si Listing evoca una lista recta, el nombre de Moebius anticipa un loop o zarcillo con más gracia.

De esta categoría, sin embargo, es también la forma del clip que Juli Capella ha historiado en Así nacen las cosas (Ed. Electa), pero que no se halla expuesto en ningún museo de la ciencia.

Ni falta que hace. Pronto, los museos serán exposiciones y no templos. Habrá continuas muestras, unas referidas a la casa, por ejemplo, con cuadros, enseres y servicios y habrá eventos dinámicos sobre el estilo de un tiempo donde en la misma década se encontrarían la cinta de Moebius y el clip del norteamericano Samuel Fay.

También con el clip hay discusión sobre la paternidad llegada de Estados Unidos, Noruega o Alemania. Una polémica de notable importancia, puesto que el clip es de los pocos inventos no perfeccionados por el progreso en siglo y medio.

Cosas así hacen entender que siendo la creación una facultad difícil de clasificar o de describir, sus productos sean muy resistentes a las etiquetas. Es, en definitiva, lo que ha venido sucediendo con par de arte y diseño. ¿Qué distingue hoy una cosa y la otra? ¿Su reproductibilidad, su precio, su utilidad, su genio?

Durante muchos años el diseñador ocupaba un escalón notablemente inferior al artista. El artista creaba, el diseñador producía. El primero presumía de libre ante el segundo, que debía plegarse al mandato industrial. Mientras al primero le importaba una higa la industria, el segundo vivía míseramente de ella.

Todo esto, sin embargo, pertenece a un discurso muy rancio que ni siquiera merece la pena seguir. Prácticamente todas las escuelas y facultades de arte se llaman hoy "y de diseño". Las más prestigiosas incluso presumen de ser las mejores en lo segundo y relativamente comunes en lo primero.

Así como se decía ingeniero y perito, médico y practicante, escritor y periodista, en la creatividad se trazaba una raya insalvable entre el diseñador y el artista. Todos sabíamos, a poco que nos fijáramos, que el artista estaba en ambas partes o en ninguna y todos aprendimos que los buenos diseñadores podrían ser incluso mejores que los mejores artistas. De hecho, el color rojo de Valentino en las ropas no tenía por qué ser menos que el azul de Yves Klein sobre sus lienzos.

Y así sucesivamente. Así hasta ahora mismo, cuando en la influyente galería de Saatchi&Saatchi en Londres se inaugura el próximo 2 de febrero una sesión que, aunque todavía lleve por título Art and Design: friends or foes? (Arte y diseño: ¿amigos o enemigos?), todos los posibles concurrentes saben de memoria la respuesta. ¿Arte o diseño? ¿Escritor o periodista? ¿Bostezaríamos ante esta falsa y malísima intriga?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 27 de enero de 2011