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Editorial:

País sonámbulo

La recuperación de Haití tras el terremoto, entorpecida por la corrupción y el cólera

Un año después del terremoto, Haití no ha logrado sobreponerse a sus efectos. Si acaso, parece haberse habituado a vivir con ellos. Persisten los campamentos de damnificados y la capital continúa en ruinas, con la amenaza añadida de una epidemia de cólera que no acaba de estar enteramente controlada. Y las elecciones presidenciales en curso no son distintas, en cuanto a sospechas de fraude y manipulación, de las que se celebraban antes de la tragedia que mató a 230.000 haitianos y dejó a más de un millón y medio sin hogar. Junto a la pérdida de vidas humanas, el débil y corrupto aparato del Estado también sucumbió al temblor de tierra, convirtiendo Haití en un país sonámbulo que no termina de recuperar la consciencia.

Pese a la ola de solidaridad que despertó el seísmo en la comunidad internacional, la experiencia acumulada en anteriores tragedias no invitaba a un excesivo optimismo acerca de que la ayuda llegaría en su totalidad y los objetivos se cumplirían en un breve plazo de tiempo. Al final, han sido los pronósticos más escépticos los que se han confirmado. La abnegación de las personas que siguen trabajando sobre el terreno no ha sido suficiente para sentar unas mínimas bases para la recuperación de Haití, cuyas necesidades más inmediatas aún reclaman la práctica totalidad de los esfuerzos internacionales. Por otra parte, solo la mitad de la ayuda comprometida por los donantes ha sido desembolsada.

Mantener una aproximación exclusivamente humanitaria a los problemas de Haití, dejando en segundo plano las exigencias políticas a sus dirigentes, podría conducir a un círculo vicioso sin perspectivas de salida. La ayuda internacional es imprescindible, pero también lo es la existencia de un Gobierno honesto y comprometido con la reconstrucción. Resulta un contrasentido que los esfuerzos de la comunidad internacional para aliviar la suerte de los haitianos dejen a sus dirigentes las manos libres para la corrupción, no para ocuparse del futuro del país.

La Organización de Estados Americanos ha denunciado fraude en la primera vuelta de las elecciones presidenciales que acaban de celebrarse. Tan importante como que la comunidad internacional cumpla en su integridad los compromisos de ayuda con Haití es que no transija con estos hechos. El terremoto fue una catástrofe natural que merecía la solidaridad. La corrupción es una lacra política que exige la condena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de enero de 2011