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Análisis:ANÁLISIS

¿Hacia dónde va la política vasca?

El historiador Robert Dallek, biógrafo de las presidencias de John Kennedy y Lyndon Johnson, reflexionaba recientemente sobre lo que llama "cualidades ingobernables" de los tiempos que vivimos. Y afirmaba que lo que definirá esta era de la presidencia Obama es "el poder disminuido, la autoridad reducida y la capacidad mermada para definir los acontecimientos". Salvando las distancias, la política vasca corre el mismo peligro. No hay día que no pase sin enfrentamiento dialéctico entre distintas formaciones. Los más recientes, bien por el retraso en la aprobación de leyes -pese a que todos los Ejecutivos que han gobernado Euskadi desde 1979 han dejado en los cajones más normas de las que aprobaron, incluida la Municipal-, bien porque la Diputación de Vizcaya acusa al Gobierno de romper los consensos en el Metro o bien por el proyecto de Guggenheim en Urdaibai, después retirado

Ya no se enfrentan programas sino rostros: relaciones de visibilidad

Hay que rescatar la idea de un acuerdo transversal para ir hacia un país común

Con este escenario de fondo, cualquier ciudadano pudiera pensar que la política vasca se ha convertido en una regulación de las relaciones de visibilidad. O lo que es lo mismo, en la actualidad ya no se enfrentan programas sino rostros. La celebridad es más importante que la competencia y la peor crítica es la perdida de popularidad. El triunfo político consistiría ahora en la capitalización de la atención pública. Toda la seducción política está dirigida a hacerse notar. Lo vimos con las descalificaciones hacia el lehendakari por parte del alcalde de Leioa al llamarle "pelele" para después disculparse ante el común de los mortales. Los mismos que en el último barómetro del CIS consideran a los políticos más un problema que una solución. Eso podríamos pensar sólo en los adultos, pero en realidad, es similar en los jóvenes. En uno de sus últimos análisis, la Fundación Santamaría ya advierte cómo lo menos importante en la vida de los adolescentes es la política, seguida de la religión. Uno de cada tres jóvenes se declara "aburrido" cuando escucha al mandatario de turno. Y es que en política no basta con hacerlo bien sino que además hay que comunicarlo. Y en el caos actual de los distintos mensajes, de notas oficiales, se impone aquel cuya voz alcanza a más oídos. Así, cuestiones tan legítimas en el día a día como la crisis económica, el paro o el esclarecimiento de presuntas corrupciones como el caso De Miguel se convierten en realidades distorsionadas. En acumulación de percepciones traídas y llevadas al antojo de quien las comparte o no.

Si la política vasca sigue resistiéndose a presentarse como lo que es -decisión y persuasión razonables- no tardará mucho en surgir un público que prefiera juzgar menos y que se le juzgue más, una nueva revolución de las relaciones de visibilidad. Lo advertía ya en 2006 Daniel Innerarity, "el escaso interés que despierta la política en los ciudadanos se debe a la incapacidad de ésta para desarrollar conductas inteligentes que se dan en otros ámbitos". Y en este punto es dónde deberíamos preocuparnos si analizamos las últimas encuestas realizadas por las diputaciones de Vizcaya y Guipúzcoa. En ellas, sólo la mitad de la ciudadanía (un 51,5%) se encuentra "motivada" para ir votar, y en el caso de Vizcaya si ningún partido lograra la mayoría absoluta, un 21,6% preferiría un gobierno formado por PNV y PSE. A todo ello sería bueno añadir para cerrar con exactitud la fotografía del desencanto, el último Sociómetro del Gobierno vasco de octubre en el que el 77% de la ciudadanía calificaba su interés por la política de escaso o nulo. No es de extrañar si nos detenemos en los niveles de abstención que cosecharon las elecciones autonómicas de marzo de 2009 (34,12%) y las municipales y forales de mayo de 2007 (40%).

En cuanto a la abstención o los votos que perdieron las principales formaciones, por ejemplo, en 2007, el PNV pasó a ser la segunda fuerza en las Juntas Generales de Guipúzcoa y perdió 51.000 votos respecto a 2003 cuando concurrió en coalición con EA. En Vizcaya, más de lo mismo, con una fuga de 60.000 papeletas y en Álava, de 12.000. El PP se dejó 59.000 votos y el PSE ganó 3.000. Y en las pasadas autonómicas, Ezker Batua y EA vieron reducir sus escaños a tan sólo un representante. Existe una sangría de electores. Un descontento con fórmulas que como hemos visto también en Cataluña no funcionan más allá del ámbito municipal. En Cataluña o en Álava, tras la salida de EA y Aralar del Gobierno después de una legislatura donde más que un ejecutivo compacto, el tripartito ha logrado transmitir la imagen de que cada uno iba a lo suyo sin sentirse vinculado a objetivos comunes.

La ciudadanía espera de sus representantes que ofrezcan soluciones y no que aprovechen cada incidente para enzarzarse en disputas que sólo crean confusión y desencanto. Quieren que trasladen acuerdos como los que perciben en sus Ayuntamientos o Diputaciones al Parlamento vasco. Quieren que sus dirigentes palpen con las manos las tesis que ya en 2007 sostenían el que fuera lehendakari José Antonio Ardanza o el ex presidente del PNV, Josu Jon Imaz: "la necesidad de cerrar un acuerdo político transversal que lleve a la política vasca a un modelo de país común".

La sociedad quiere ver en el día a día de los partidos el mismo fair play que percibe en ámbitos como, por ejemplo, el gastronómico, donde nuestras firmas más prestigiosas están detrás del 30% del PIB vasco o en el deporte donde ahora que se habla tanto de nuestros vascos internacionales cabría recordar el triunfo de los Springboks en el mundial de rugby de 1995 y la respuesta que su capitán le dio a una periodista cuando le preguntó qué había sentido al tener a 62.000 aficionados apoyándoles en el estadio. En aquel entonces, Pienaar le susurró que tenían con ellos a 43 millones de sudafricanos.

Sostiene el experto en crecimiento económico Richard Florida que el desarrollo de un país está estrechamente relacionado con la presencia de clase creativa entre sus profesionales. Sin embargo ahora, en tiempos de crisis, a las conocidas secuelas de la recesión económica hay que añadir una más: la fuga de empleados clave. Trazando un símil, cabría preguntarse: ¿por qué pierden votantes los partidos?. Advertía hace unos días en San Sebastián el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010, Zygmunt Bauman, que uno de los problemas de la sociedad actual es que "no se cuestiona nada y además existe una desconexión entre lo público y lo privado". Esa es una de las claves. Y al hilo del posible cierre de Chillida Leku contaba hace unas semanas Bernardo Atxaga que en una conversación con Eduardo, éste antes de abrir hace ahora 10 años el museo le dijo: "¿Sabes? Yo siempre he querido mucho a mi país. Por eso quiero hacer esto. Será mi aportación, una forma de corresponder". Una década después, muchos deberían tomar nota.

Andoni Orrantia Herran es periodista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 20 de diciembre de 2010