Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

El fin de la mayoría de izquierdas

La triple alianza de las izquierdas catalanas se hizo en 2003 contra la opinión de muchos publicistas y analistas políticos, incluidos no pocos progresistas. En los primeros días después de aquellas elecciones se vio que una parte de ellos preferían la formación de un Gobierno CiU-ERC -incluso se lanzó un manifiesto con este objetivo- mientras que otra parte se inclinaba por un Gobierno CiU-PSC, la sociovergencia. Casi ninguno, por no decir ninguno, abogó en favor del pacto de izquierdas. Cuando, sin embargo, se firmó la alianza, el Pacto del Tinell, algunos de ellos la asumieron. Otros hicieron de tripas corazón, aunque muy pronto empezaron a criticarla en los diarios y a hablar por radio y televisión en contra de ella y del Gobierno a que dio vida. Lo más frecuente fue que en vez de atacarlo en bloque lo hicieran por partes. Había tres dianas para elegir. Hoy contra Carod, mañana contra Milà, pasado mañana contra Rañé. Ahora contra Iniciativa-Verds, luego contra Esquerra, de vez en cuando contra el PSC, y así alternativamente. Como concentraban el fuego sobre uno, podía parecer que no atacaban al Gobierno como tal. En la segunda legislatura, con el sobrevenido José Montilla como presidente, se abrió ya fuego a discreción.

Algunos desprestigian sin piedad la alianza de las izquierdas diciendo que estuvo justificada la primera, pero la segunda no

Ahora estamos en otra fase, claro. Entre algunos soi disant progresistas que se han dedicado a desprestigiar sin piedad la alianza de las izquierdas se ha puesto de moda argumentar que quizá estuvo justificada en la primera legislatura, por ser la que estrenó la alternancia. Pero en la segunda, ya no. Del segundo tripartito no solo predican que ha sido pernicioso, sino que no estaba justificado, para nada. No solo habría cometido múltiples errores, sino que su misma existencia habría sido un error político.

Lo que hay debajo de esta argumentación es la idea de que la izquierda no debe gobernar nunca y, si lo hace, es que hay una grave equivocación por medio. Es la convicción de que la gobernación de un país le corresponde por derecho natural a la derecha. La idea de que gobernar es una tarea demasiado seria, compleja y trascendente como para dejarla en manos de los partidos de los trabajadores, empleados y menestrales viene de antiguo y está interiorizada en buena parte de las clases populares. Las clases altas predican que el buen orden social y político consiste en que a ellas les corresponde la dirección de los asuntos públicos, del país, y a las clases subalternas les toca aceptar esa situación y, si acaso, colaborar. Así de sencillo. En 2006 eso significaba que CiU debía gobernar y o bien ERC o bien PSC debían asumir su condición de fuerzas subalternas. Tanto daba que existiera una mayoría electoral de izquierdas, con su correspondiente expresión parlamentaria. Debían anteponerse otras posibles alianzas entre las partes de la izquierda que aceptasen la primacía de la derecha y la derecha. Eso antes que atreverse a cuajar la mayoría de izquierdas en un Gobierno.

Pues bien, lo que hemos vivido en Cataluña en la etapa del Gobierno de Montilla, la del segundo tripartito, ha sido el destape total como adversarios de la mayoría de izquierdas de quienes en la primera se vivieron impelidos a aceptarlo. Y han ganado.

Todo esto concuerda con la afirmación de Artur Mas durante la campaña electoral según la cual las pasadas elecciones al Parlament no eran una confrontación entre derechas e izquierdas, sino otra cosa. Solo se trataba, según decía, de volver al buen orden de las cosas, de recuperar la normalidad, corregir el error. La buena gente de izquierdas que, creyéndole en medio de la barahúnda de descalificaciones del tripartito, ese error en sí mismo, proferidas al final incluso por algunos de los integrantes del propio Gobierno, dejó el día 28 de votar al partido socialista, a ERC o ICV descubrió aquella noche de noviembre que se había levantado por la mañana en un país con una mayoría de izquierdas en el Parlament pero iba a acostarse con una de derechas.

Vaya con Artur Mas, logró que le creyeran. Se acabó el error. Y lo que ha quedado es una mayoría de derechas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 14 de diciembre de 2010