Cartas al director
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Adiós, Luis García Berlanga

Berlanga puso la cámara como Cervantes la pluma, con verdad, con crueldad a veces, pero también con ternura y, sobre todo, con el humor, con ese humor tan cervantino que lo cura todo, del que Berlanga también se valió para soportar el peso de la existencia.

A Berlanga y Azcona los españoles les debemos El verdugo, ese monumento fílmico, y también social y hasta filosófico. En El verdugo está toda la España negra del franquismo, y también toda la mejor tradición humorística española. Es un documento histórico siempre actualizándose por lo que esconde de reflexión humana, universal: la responsabilidad del individuo en el entramado social. Hasta qué punto somos responsables, verdugos de otros individuos en nuestra actividad cotidiana.

Por esa película, solamente, Berlanga sería un grande de la cultura. Pero no se detuvo y se propuso hacer la crónica en negativo de la historia de España, con humor, con tino, siempre con la distancia que da la observación aguda de la realidad. Y ahí están La escopeta nacional o la hilarante y terrible La vaquilla, con un plano final demoledor, icono de lo que fue la sangrante y difícilmente asimilable Guerra Civil.

Berlanga fue un humorista a lo grande, como Cervantes, subrayando lo cruel del ser humano, pero siempre con un punto de vista muy compasivo, como el protagonista de El verdugo cuando lo obligan a matar, o como don Quijote cuando, en la cama y de vuelta ya del mundo, recupera la cordura.

Un intelectual que se valió del humor, que es como en España se expresa mejor lo que pensamos de la vida y de la muerte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 16 de noviembre de 2010.

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