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Crítica:

El hundimiento de la casa Orbe

Hay películas que, por su propia naturaleza radical, parecen condenadas a no tener descendencia posible: un fin de raza en sí mismas. Es el caso de la inagotable Tren de sombras, de José Luis Guerín, un desafiante objeto que, entre otras muchas cosas, sublimaba en su estructura de tríptico la esencia del oficio de la crítica -entendida como indagación del discurso secreto que palpita tras unas imágenes- y ahondaba en la condición del cine como fantasmagoría. Contra todo pronóstico, la película de Guerín encuentra su descendencia tardía en Aita, de José María de Orbe, un trabajo que, de manera un tanto enrevesada, evoca esa gran ficción sobre, precisamente, los fines de raza que fue El hundimiento de la casa Usher, de Edgar Alan Poe.

AITA

Dirección: José María de Orbe. Intérpretes: Luis Pescador, Mikel Goenaga.

Género: experimental. España, 2010.

Duración: 85 minutos.

Es difícil definir el segundo largo de José María de Orbe: entre otras cosas, porque la propia obra no invierte demasiado esfuerzo en su acto comunicativo. Por un lado, cuento de fantasmas deconstruido; por otro, película-instalación que acoge la intervención de otro artista -el cineasta Antoni Pinent-, Aita convierte el caserón medieval propiedad del director en agujero negro de la historia colectiva y el tiempo subjetivo. El resultado es ferozmente opaco, dolorosamente artificioso en sus tramos más narrativos -por llamar de algún modo a las estólidas conversaciones entre el cura y el guardián de la finca-, y su propósito resulta más transparente en las notas que ha escrito el director que sobre la pantalla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de noviembre de 2010