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COLUMNA

Radicales en Downing Street

El London eye, la gran noria de Londres, continúa girando con parsimonia frente al Parlamento de Westminster; desde sus góndolas se divisa la City, que ha capeado, no indemne, la galerna financiera mientras lucha por recobrar su anterior papel de puntal del PIB británico; un poco más allá, al borde del Támesis, Gauguin se exhibe con toda su sensualidad y color en la Tate Modern; la reina acaba de bautizar el último gran crucero de la Cunard, el Queen Elizabeth, estrellando contra su casco una botella de vino blanco, Graves Rotschild, no champán. Otra excentricidad en un país original; el príncipe heredero Carlos, sobrepasado por la larga espera sucesoria, declara al Vanity Fair: "Estoy absolutamente decidido a ser el defensor de la naturaleza. Esto es lo que me va a preocupar el resto de mi vida". Pareciera como si Inglaterra, admirable mezcla de tradición y modernidad, sociedad ya mestiza, se hubiera congelado en el tiempo al abrigo del British Channel. Pero este supuesto estanque quieto es una falsa imagen. Hay ideas y práctica política en los nuevos tories, los sucesores del nuevo laborismo de Blair. El campo de juego: el Estado de bienestar desde la cuna a la tumba, inventado en Reino Unido, sus límites, su sostenibilidad amenazada, y su equidad.

Cameron esconde la marca conservadora en su cruzada por la Gran Sociedad

Comienzo a entenderlo en los sótanos del Ministerio del Tesoro, donde se halla uno de los museos menos conocidos de Londres: el búnker desde el que Churchill y el Gabinete de Guerra dirigieron la lucha contra Hitler. Desde aquí se radió, a través de la BBC, el "sangre, sudor y lágrimas". Muy cerca, en Downing Street, los nietos de Winston Churchill se aprestan a dar otra batalla de Inglaterra. También desde un Gobierno de coalición. Los etonianos, llegados al poder en primavera, quieren aprovechar el descalabro de las cuentas públicas para redefinir la sociedad británica, la más desigual de la OCDE, brecha que se agrandó tras 12 años de Gobiernos laboristas, utilizando como hizo Brown, pero al revés, todas las palancas de la política fiscal. El objetivo: un recorte de 83.000 millones de libras (95.000 millones de euros) del gasto público. Operar al Estado de bienestar sin mutilar los servicios públicos, en un país en el que el Gobierno gasta el 50% del PIB. El conservadurismo compasivo de Cameron y Clegg ha prometido respetar la sanidad pública, el 20% del gasto. Tendrán que actuar sobre el welfare, el otro 30%. Ya se han puesto manos a la obra. El querúbico Cameron esconde la marca conservadora en su cruzada por lo que denomina Gran Sociedad: "Nosotros somos los radicales, los laboristas defienden ahora el statu quo".

Para demostrar que se atreve a morder la mano que le da de comer electoralmente, ha anunciado la supresión de beneficios por hijos a las familias en las que uno de los padres gane más de 44.000 libras. A partir de esa cifra se entra en el tramo más alto del impuesto sobre la renta. Es un beneficio universal, cobrado por todos independientemente de su nivel de ingresos. Agresión a las clases medias, clama la prensa conservadora. No tan medias. Otros ejemplos de ayudas que pueden caer bajo el hacha de los recortes son las que reciben para calefacción los mayores de 60 años, con las que los ricos, se ironiza, pagan el remonte de sus vacaciones de esquí en Suiza, o los pases gratis para el metro y el autobús. El Gobierno planea también subir las tasas universitarias, haciendo que los estudiantes paguen la mayor parte de los costes, y también intereses (ahora no lo hacen) sobre los créditos que reciben para costear estudios. Está en juego la financiación de la excelencia de la Universidad británica, reflejada en los recientes Nobel de Medicina y Física. Cameron, sin bagaje ideológico, del que carece la coalición, una nueva meritocracia política, hijos del privilegio de sus conexiones familiares y profesionales, se escuda en lo práctico. Dejemos de lado los intereses políticos y hagamos lo que hay que hacer. "El país te necesita", les dice a los ciudadanos, rescatando el patriotismo del famoso cartel llamando a la movilización en la Gran Guerra. Mezcla la lírica de Churchill y Kennedy. Pero detrás está Ronald Reagan. El canciller del Exchequer, ministro de Hacienda, George Osborne, realmente el número dos del Gobierno, por encima del vicepremier Nick Clegg, lo tiene claro: "Si la gente piensa que vivir de los beneficios sociales es un estilo de vida, debemos hacer que se lo piensen dos veces". Están empezando a hacerlo.

fgbasterra@gmail.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de octubre de 2010