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COLUMNA

Madre Patria

Esta semana tuve un momento de confraternización vecinal en torno a unas goteras la mar de inoportunas en mi casa. Ahí estaba mi vecina Teresa -una anciana adorable con demasiado tiempo libre y más afición por la charla- plantada en mi salón como un palo, mirando al techo reconcentrada.

Se diría que buscaba una imagen de la Virgen en la mancha de humedad que se había formado. Yo le ofrecí un descafeinado, una infusión, unas galletitas, que ella rechazó sin separar la vista de la mancha. Así que me puse a su lado, de pie como otro palo, a mirar las gotas caer. Y me relajé. Cincuenta años nos separaban, una mancha de humedad nos unía. Qué cosas.

Y fue justo entonces, en ese momento místico de ruptura de barreras generacionales, cuando la Madre Patria vino a llamar a la puerta, cargándose de un plumazo toda la magia. Hay que ver la Madre Patria qué poco sentido de la oportunidad tiene.

La Patria se presentó sin avisar y con un estruendo que nos puso el corazón en la garganta a Teresa y a mí. Vino en forma de avión, dos en realidad: dos reactores volando mucho más bajo de lo razonable, y atronando como si se acabara el mundo. Dos flamantes reactores del Ejército de paseo por el centro de Madrid. Teresa y yo nos miramos alarmadas, como temiendo que cayera una bomba o algo. Cuando el estruendo aún no había acabado, volvió a empezar. Otros dos flamantes reactores. Y otros dos. Y dos más. Después, helicópteros de guerra. Y más aviones, ahora pequeños y con un estruendo más agudo. De repente, Teresa cayó en la cuenta y susupiró: "El 12 de octubre", dijo. "Ah", respondí. Y volvimos a la mancha.

Es necesario que ustedes, amigos euskaldunes que no han tenido que emigrar a Madrid para ganarse las habichuelas, sepan lo afortunados que son por no tener que soportar toda la parafernalia que rodea al día de la Fiesta Nacional y su desfile militar de los Tres Ejércitos. Los días previos, los aviones sobrevuelan la ciudad para calentar motores. O para ir a su punto de salida, no lo sé, ni me importa. Pero ponen a todo el mundo los pelos de punta con ese pasar y pasar tan ruidoso que suena a guerra que apesta. Qué necesidad.

Y yo me pregunto: si nadie en su sano juicio discute ya que una guerra es el fracaso de una sociedad, ¿por qué se hacen desfiles para mostrar con honor y orgullo los cachivaches bélicos que tiene el país? ¿No es el mundo al revés? Yo de guerras no entiendo mucho, pero me parece que es como sacar a pasear las vergüenzas, los calzoncillos sucios atados a un palo.

Diga lo que diga Chacón, creo que luego se lo preguntaré a mi vecina Teresa porque, a sus 80 años, seguro que de guerras sabe mucho más que ella y que yo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2010