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RELATO EN NEGRO

Gálvez y el jabón

Un olor familiar a hora intempestiva precipita una ruptura sentimental. El desembarco en casa de la amiga de la infancia es solo el principio de un final sorprendente con asesinato incluido. Misterio, humor, desenlaces turbadores y aire de novela negra. Cinco escritores recuperan a famosos personajes de sus obras para convertirlos en protagonistas de relatos inéditos para 'El País Semanal'. Ignacio del Valle, Marta Sanz, Domingo Villar y Mercedes Castro serán los siguientes autores en estas páginas.

Si tu mujer llega a casa de madrugada con olor a jabón en la ingle y el aliento mentolado, tienes que echarla o irte, depende de cómo sea la relación de fuerzas, porque es seguro que te la está pegando. El olor a sexo, el olor a alcohol, son confusos; el del jabón, el del mismo jabón que usa en casa, jamás; elimina la posibilidad de la calentura ocasional, de la imprevisible tentación victoriosa; delata planificación.

Estuve todo un día rumiando el discurso con el que iba a obsequiar a una amiga, a la primera que encontrara, para introducirle en la narración de la escena que le había montado a mi novia, a mi compañera, a lo que fuera Itziar para mí hasta que me mandó empaquetar mis cosas el día anterior.

Pilar no me creyó cuando le conté lo de la infidelidad permanente de Itziar. Me miró con pena y exclamó: "¡Hombres!"

Ese aroma… El mismo aroma que el de mi casa. Llamé a Itziar. No perdí el tiempo con galanterías. Le planté las preguntas de sopetón

Itziar contaba siempre a los amigos comunes que conmigo se había construido una relación compleja, como tienen que serlo las relaciones importantes. Que se la había construido haciendo encaje de bolillos, lejos de cualquier tentación fundamentalista, y sabiendo que no existe la entrega absoluta, que no hay que esperar de nadie que arriende su alma para siempre, que nadie es de nadie del todo, y por eso está claro que no hay que ser sincero del todo, que no hay que contarlo todo, que caben muchas cosas, que cabe hasta la aventura ocasional siempre que no te la cuenten luego entre lágrimas y disculpas; incluso, es mejor que no te la cuenten.

-Gálvez, es mejor no contar los accidentes.

A Itziar el gustaba llamarme por el apellido, y está claro que preveía que algún accidente iba a ocurrir alguna vez. Pero aquello había sido más bien un choque en cadena, y con el mismo tío, porque, si no, a qué venía lo del jabón con el mismo olor que el de casa.

O sea, que le monté la escena y la eché de mi vida de la manera más digna, que era marchándome yo. Tengo que reconocer que la propiedad del piso le correspondía, que lo llevaba pagando ella un montón de años. Pero en todo caso, demostré ser un caballero al no discutírselo.

Al día siguiente, después de una buena bronca, salí de la que había sido mi casa durante tres años y me sumergí en la noche de Madrid, repleta de miles de orgullosos militantes del orgullo gay. No sé cuántas cervezas me tomé. Y acabé en casa de Pilar, claro. Una amiga casi de la infancia que era extraordinaria en todos los aspectos de la vida profesional y personal, salvo en uno: no tenía la menor intención ni de tener relaciones sexuales conmigo ni de enamorarse de mí. En eso era como casi todas las mujeres que he conocido, de una vulgaridad extrema. Pilar era, también, como todas las mujeres que ha habido en mi vida, solidaria con su sexo. No me creyó cuando le conté, en la misma puerta de su casa, lo de la infidelidad permanente que había descubierto en Itziar. Me miró con pena, después con un deje despectivo y exclamó:

¡Hombres!

Menos mal que después, añadió lo de "anda, pasa" y me permitió ocupar el cuarto de invitados junto con el escaso hatillo que había rescatado de mi abandonado hogar. Pero creerme, lo que es creerme, no me creyó. Le pedí una copa.

No bebas mucho, no sirve de nada en estos casos. El alcohol agudiza lo peor de uno.

No te preocupes, bebo porque me gusta.

Entonces, te hago un martini, luego otro, y nos vamos a la cama. Mañana me voy de viaje. A las seis de la madrugada me viene a buscar un taxi.

Al cuarto martini me desmayé. Y no soñé con Itziar. Soñé con animales más inofensivos, como dragones y ratas.

vvvv

Quien diga que bebe para olvidar es un ignorante. La ginebra pura es inolvidable. Se pega a cada víscera y muerde cada músculo. Por no hablar de las neuronas, de las pocas neuronas que sobreviven a ese tipo de excesos. Las puede uno contar y todas duelen. Pero eso es al día siguiente.

En esas condiciones tuve que levantarme, darme una ducha eterna y encaminarme a la sede de Madriz Cañí, la revista de cerveza que un joven emprendedor había puesto en marcha con un éxito notable. Mi papel en el negocio no era desdeñable. Tenía que escribir artículos "frescos y ligeros", en palabras del dueño, y acompañar al fotógrafo, llamado Agapito por culpa de su rencoroso padre, a retratar la espuma que rebosaba de las copas heladas de cada establecimiento al que dedicábamos un número especial. Entrevistaba a clientes que se explayaban sobre la especial manera de servir la cerveza en Madrid, y cambiaba siempre sus respuestas para evitar la monotonía del "está muy buena" que salía de sus bocas manchadas de blanca muselina al probar, de gorra, el jugo del barril.

Joaquín, el dueño, me obsequiaba cada mes con ochocientos euros en negro a cambio de mis servicios. Eso sí, no escatimaba alabanzas a mi estilo suelto y riguroso.

Es sorprendente cómo alguien de tu edad puede escribir de una manera tan joven.

Y yo me tenía que callar, porque no estaba para renunciar a una suma de dinero tan fabulosa como la que me pagaba cada mes. Peor lo tenía Miguel, el encargado de contratar páginas publicitarias y de llevar los ejemplares gratuitos a cada establecimiento.

Ese día me tocaba Camacho, una taberna de la calle de San Andrés donde se tiraban de verdad buenas cañas y se servían excelentes vasos de vermut de Reus, acompañados de pinchos de aceitunas o de patatas alioli. Yo conocía bien el local porque estaba a 10 metros de la casa de la que había sido expulsado hacía apenas unas horas. Agapito, ese día, justo ese día, decidió acompañarme.

Y en Camacho, mientras intentaba matar la resaca con una cañita corta, que es como deben ser las cañitas, me enteré por uno de los camareros de lo sucedido con Ramón.

El camarero se apoyó en la barra de zinc y no se quitó el pitillo de la boca para decírselo a uno de los clientes de su confianza:

A Ramón se lo han cargao anoche. Le han rebanao el cuello.

¿A Ramón? Pero si tenía más güevos que nadie -intervino un espontáneo.

Habrá sido un moro -dijo otro, una vez levantada la veda.

O un payo poni, que también usan navaja.

Lo del payo poni lo dijo un tipo de aspecto agitanado. Se refería, por supuesto, a algún ecuatoriano.

La atención de la variopinta clientela que se reunía allí a mediodía, mezcla de modernos abogados laboralistas de sesenta años, asombradas top models australianas y tullidos nacionales de toda estirpe, se fue reuniendo en torno al asunto de Ramón, en busca de sospechosos que resultaran verosímiles, aunque no se conociera ninguna otra circunstancia en torno al crimen. Yo me mantuve al margen, porque no me interesaba el asunto y no tenía el cuerpo para ruidos. Hasta que apareció un nuevo dato, suministrado también por el camarero:

Ha sido uno de los nuestros. Aquí mismo, en el portal de la casa de una vecina que es médico.

Se dice médica -intervino una chica de aspecto modoso.

Bueno -respondió con tono de paciencia el camarero, se dirá médica, pero ella es médico. Eso es lo que dice. Lo sé porque es clienta.

¿Se dice clienta o cliente? -irrumpió Agapito, el fotógrafo.

A mí no me pareció graciosa la intervención de mi compañero, y se me fue desvaneciendo la resaca. Porque aquellos datos señalaban a Itziar como uno de los actores del drama. Y me di cuenta de que el finiquitado Ramón podía ser un tipo al que yo detestaba, un ingeniero que escribía en sus ratos libres poemas de imposible comprensión y carentes de ritmo que, por razones que siempre se me habían escapado, le encantaban a Itziar.

O sea, que el muerto era el tipo con el que mi mujer, mi compañera, o lo que fuera mi Itziar hasta hacía un par de días, me ponía los cuernos.

Mientras intentaba digerir la brutal información, el camarero se fijó en mí y me utilizó para hacer un alarde de hombre informado:

-Aquí, el caballero -y me señaló conoce a la chica. Hablo de la que viene muchos sábados con usted. ¿A que es médico?

El silencio se hizo. Y todas las miradas se volvieron hacia mí. Incluida la de Agapito.

Yo no tenía ninguna capacidad para responder, y mucho menos a una pregunta que era solo retórica.

Mientras me subían al coche, empujándome la cabeza hacia abajo para evitar que me diera un golpe con la parte superior de la puerta, pude escuchar la estridente voz de Agapito:

¡Abajo la represión! ¡Viva la libertad de prensa!

Le secundó un clamor que yo supuse que provenía de los progres sesentones. Me pareció que surgían pareados sobre el fascismo y el Gobierno socialista, pero no estoy seguro.

vvvv

Tampoco tuve capacidad para responder con una mínima coherencia a ninguna de las preguntas que me hicieron durante horas dos policías, los dos mismos policías que me cogieron del brazo en Camacho y me metieron en un coche para llevarme a la comisaría.

El viaje hasta la plaza de Castilla a bordo de un coche camuflado de la policía me pareció merecedor de un artículo para una revista de viajes, pero la que me empleaba a mí era de cervezas, así que no tomé ningún dato que me pudiera servir para darle un buen tono documentado. Tampoco me habrían dejado escribir nada en mi bloc los amables funcionarios que no me dirigieron la palabra en todo el viaje.

Me pareció que era mi obligación como detenido hacer las que yo suponía que eran preguntas de rigor:

-¿Por qué me hacen esto? ¿De qué se me acusa?

Y ellos cumplieron con su deber al no responderme, salvo con un contundente:

-Ya lo sabes tú.

En realidad no lo sabía, pero sí comencé a temérmelo, porque no hacía falta ser muy listo para hilar que a Itziar la relacionaban con la muerte de un tipo que podía ser el que ella usaba para ponerme los cuernos. Pero no podía estar seguro aún de si me tocaba el papel de testigo o el de asesino.

¿Asesino yo? Si a alguien se le hubiera pasado eso por la cabeza es que era un imbécil. Pero, ¿y si los policías eran imbéciles? ¿Y si el juez era imbécil? Ganar unas oposiciones no garantiza estar vacunado contra esa enfermedad. Pero me puse en lo mejor: yo era un testigo. Tomé una buena porción de aire, hinché mi pecho, levanté la cabeza y les solté con una voz que me salió más trémula de lo que habría deseado:

-Jamás declararé contra Itziar. La he amado hasta ayer -les previne.

Me sentí bien. A ellos les dio lo mismo.

Es casi imposible reproducir con fidelidad un interrogatorio policial si uno es el interrogado. Supongo que los reincidentes con un grado suficiente de experiencia saben tanto como los agentes de la autoridad sobre eso. Pero un ciudadano normal jamás podría hacerlo. Ni siquiera un asesino en serie, salvo que fuera detenido cada una de las veces.

Pilar estaba de viaje y no pude requerir sus servicios como abogada, y me pusieron a un jovencito asustado de oficio. Yo me pasé cuarenta y ocho horas en una celda mugrienta saliendo de cuando en cuando para enfrentarme a los dos mismos policías que me habían detenido. ¿Es que no tenían otra cosa que hacer que preguntarme lo que hacía a las diez y media de la noche del 30 de junio de 2010?

Y era muy sencillo, por eso no entré en ninguna contradicción. Estaba deambulando por Madrid, con un hatillo de ropa y unas carpetas de papeles inútiles, tomando unas cañas y pensando adónde ir, porque me habían echado de casa. Sobre los sitios no pude ser muy preciso, porque mi estado anímico no era el mejor. ¿Testigos? Ni uno. A mí no me gusta contar al primero que me encuentre que me han puesto los cuernos. Para eso soy muy reservado. Es más, ni siquiera se lo dije a los policías. Y eludí, como les había prevenido, cualquier pista que les pudiera conducir a la más leve sospechosa sobre Itziar.

Mi gran experiencia vital me llevó a una conclusión a las cuarenta y ocho horas de estar a disposición de los polis: el sospechoso era yo.

-¿Y para qué iba a querer matar yo a un hombre al que solo conocía de vista?

Por un ataque de cuernos. ¿Por qué te marchaste de casa?

Por cuestiones personales.

¿Y no sabías que Ramón Solares era un asiduo de tu pelirroja?

¿Quién es mi pelirroja?

No te hagas el tonto. Itziar Balseyro, la mujer con la que vivías hasta que te echó de casa. Te encabronaste, te quedaste a esperar y le diste a Ramón un tajo en el cuello en el portal. ¿A qué hora te fuiste a casa de tu otra amiga?

Pues no lo sé, pero la pueden llamar.

Sabes de sobra que está de viaje. Y que no se la puede localizar. Según la declaración de Itziar, tuviste tiempo para cargarte a Ramón.

vvvv

La verdad es que ser juez de guardia tiene que ser duro. Y estos pobres funcionarios a los que les bajan el sueldo en situaciones de crisis han de lidiar con algo tan espantoso como enfrentarse a lo peor de la humanidad. ¿Cómo va a sentirse un juez en su vida diaria después de ver lo que le ponen delante? No se trata de que desfilen por su despacho criminales, timadores, drogadictos o periodistas. Es que, además, se los presentan hechos un asco. Toda persona que lleva tres días en un calabozo, sin apenas lavarse, sin apenas dormir, siendo interrogado y esperando a declarar tiene cara de culpable. Y el pobre juez es quien carga con una enorme parte de las consecuencias. Es imposible que puedan amar a casi nadie después de vivir esas experiencias cada día.

Yo no pude hacer nada por la mujer que me tocó en suerte. Con guardar la cortesía y esconder mis manos para que no pudiera verse la porquería que se me había acumulado en las uñas llegué al tope de lo que pude ayudar.

¿Se llama usted Julio Gálvez?

Sí, señora juez.

Jueza -me corrigió con un gesto adusto.

Vaya un comienzo. Tenía que arreglarlo, porque la primera impresión es definitiva en una relación nueva.

¿Cuál es su profesión?

Lo pensé tres veces. Era arriesgado, pero hay momentos en que uno se la tiene que jugar:

Periodisto.

Querrá decir periodista. En su profesión tienen el deber de trabajar con un lenguaje apropiado.

Sí, claro, normalmente soy periodista. Perdone, señora jueza.

vvvv

El resto del interrogatorio fue rutinario. Cosas como si yo sabía manejar un cuchillo y si me había limpiado la sangre en algún sitio. Bobadas de las que le preguntan a uno cada día.

Después, la rueda de reconocimiento. Me pusieron en una sala angosta en un banquillo acompañado de un chino, dos moros y un tipo rubio de casi dos metros que iba medio desnudo y se adornaba la cabeza con un peinado punki. En la escueta camiseta que le cubría a duras penas un torso musculado se podían apreciar manchas se sangre. Daba miedo el tipo.

Sabíamos todos que al otro lado del espejo estaría el juez acompañado de algún testigo para reconocer al presunto asesino de Ramón. Y todos compusimos un gesto de inocencia exagerado. Menos los dos moros, que evidentemente sabían que no eran sospechosos de nada porque serían culpables de algo distinto. Nos fuimos levantando a requerimiento de la voz que salía del otro lado del espejo. Y después, nada. Salimos desfilando hacia el calabozo a esperar la decisión que tomara su señoría.

El rubio se derrumbó en el calabozo. Nada más llegar se llevó las manos a la cabeza y empezó a soltar una retahíla de frases en algún idioma nórdico que yo no dominaba del todo. Luego se levantó y se dedicó a golpear la puerta, hasta que varios policías entraron y le redujeron y esposaron con maneras poco educadas.

Mi estancia en el juzgado duró poco tiempo más. El abogado de oficio estaba engallado al haber conseguido su primera libertad sin cargos. De forma confidencial me dijo:

Ha sido un crimen de maricones. El Ramón se las traía.

¿Ramón? -le quise contradecir, pero si se tiraba a mi chica…

Se encogió de hombros y me dejó en un taxi.

vvvv

Pilar no estaba en casa de Pilar. Su viaje no había acabado. Y eso era muy bueno para mí, porque me permitía no tener que narrar la experiencia de los últimos días.

Con parsimonia me hice unos huevos revueltos, que consumí con un par de cervezas de la bien provista nevera de mi amiga.

Y con mayor parsimonia me dirigí al baño para darme la ducha del siglo.

Primero, las manos. Lavarse las manos después de pasar tres días en un calabozo puede ser un placer inigualable. Y más si el jabón tiene el aroma familiar de siempre. Me cepillé las uñas hasta la extenuación y me enjaboné una y otra vez disfrutando de ese aroma y de la visión del agua que salía por el sumidero cada vez más limpia.

Ese aroma… el mismo aroma que el de mi casa. El mismo aroma que el de mi casa, el mismo aroma que el de mi casa…

Llamé a Itziar. Cogió el teléfono enseguida. No perdí el tiempo en galanterías. Le planté las preguntas de sopetón:

Nunca te lo hiciste con Ramón, ¿verdad?

El pobre Ramón era gay.

Entonces, ¿te lo hacías con Pilar?

No. No me lo hacía, me lo hago. Hay que ser lerdo para no haberlo pillado antes.

Jorge M. Reverte (Madrid, 1948). Periodista y escritor, estudió Ciencias Físicas y Periodismo. Ha colaborado en revistas y periódicos como Posible, Ciudadano, Triunfo, Cambio 16 o EL PAÍS. Ha sido director de informativos no diarios de TVE y es autor de libros de investigación histórica y varias novelas, las más conocidas de corte policiaco protagonizadas por el periodista Julio Gálvez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de agosto de 2010