Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:RETRATO DEL PRESIDENTE EXTREMEÑO

El mirlo blanco socialista

El presidente extremeño, Guillermo Fernández Vara, abandera la devolución de competencias a la Administración central en la gestión del agua o partes de la sanidad y la educación

Quién da más que este presidente autonómico que felicita puntualmente a los padres por el nacimiento de sus hijos, contesta todas las cartas, atiende el ingente correo de su página web y confraterniza con una oposición, unos sindicatos y una patronal encantados de conocerle y de colaborar con él? En contraste con los vientos de fronda que soplan contra la clase política en otras latitudes, con las divisiones sectarias y la guerra de trincheras general, Guillermo Fernández Vara (Olivenza, 1958) campea sosegadamente en su tierra extremeña con una imagen pública de político honesto, trabajador, sincero, conciliador, capaz y excelente persona.

Poca gente sabe que cuando sus ocupaciones le llevan por las inmediaciones de Villafranca de los Barros (Badajoz) y la agenda se lo permite, el presidente de Extremadura acostumbra a visitar el colegio de los jesuitas en el que permaneció internado de los 8 a los 16 años. No va a ver al cura, a saludar a sus antiguos profesores o a rememorar su paso por las aulas. Guillermo Fernández Vara va a la capilla del colegio a rezar ante el Cristo bañado por la luz intensa de las vidrieras; el mismo crucificado ante el que tantas veces debió postrarse cuando era aquel alumno tan aplicado y generoso. Puede que de ahí extraiga el combustible anímico que sostiene su pasión por el trabajo, su capacidad para soportar jornadas agotadoras, su obsesión por visitar todos los pueblos, apretar todas las manos, llegar a todo y estar a bien con todos, su fe en la política como palanca de transformación.

Cuesta encontrar a alguien que hable mal de Vara. "Le critico, pero me ofrece su mano", reconoce un diputado del PP

Apenas se ha separado del carril discursivo de su antecesor, Rodríguez Ibarra, pero lo ha abierto a las clases medias

"El problema de España es que todos pensamos que ese problema es de terceros", afirma el presidente extremeño

Laporta llamó "imbécil" al presidente extremeño, aficionado del Barça, por pedir respeto para los hinchas no nacionalistas

"Es difícil encontrar a alguien que hable mal de él", asegura el presidente de la patronal extremeña (CREEX), Juan Manuel Arribas. "Hace falta mucho cuajo para hablar mal de este hombre", enfatiza Ángel Calle, su antiguo profesor de historia en el colegio y hoy alcalde de Mérida. "No tengo una opinión negativa de él; le critico permanentemente, pero él no deja de ofrecerme su mano", reconoce Tomás Martín Tamayo, diputado del PP que ejerce de "gota malaya" del presidente extremeño. "Guillermo es una persona dada a los demás, yo no lo veía como político porque es demasiada buena gente", sostiene Alejandro Gomero, empresario y antiguo compañero de curso. Hay que buscar con un candil en tierras extremeñas para encontrarle, no ya un enemigo, cosa que, con permiso del presidente del Barcelona, Joan Laporta, parece impensable -le llamó "imbécil" reiteradamente en respuesta a un artículo en el que Fernández Vara, hincha del Barça, le pedía consideración para los aficionados no nacionalistas-, sino tan solo un oponente decidido a desacreditarlo.

El periodista ha encontrado, sí, testimonios que denigran a sus colaboradores políticos, incluso con expresiones del estilo: "Está rodeado de una banda de cuatreros", pero a ninguno ha habilitado para descalificarle, tampoco desde el anonimato. "Le falta un golpe de autoridad" (...) "Quien mucho abarca, poco aprieta" (...) "Lleva unas corbatas horrorosas" (...) "Solo tiene 3 o 4 discursos", esa es toda la batería argumental crítica. ¿Estamos ante un santo o ante un prestidigitador?

"Puedo asegurarle que tiene sus días malos y sus defectos, pero yo no se los voy a contar, más allá de reconocerle que llega a casa agotado y que, últimamente, no hace ni los huevos fritos", apunta su mujer, María Luisa Martínez. En medio del coro laudatorio que tiende a considerarle un hombre sin mácula, alivia saber que es un tipo de carne y hueso, aunque sea número uno de su promoción de médicos forenses y viniendo de una familia conservadora y pudiente -hijo pequeño de un juez del Supremo y de una terrateniente-, abrazó la socialdemocracia "para estar al lado de los más débiles", después de haber militado en las juventudes de AP.

La estampa doméstica dibujada por su mujer le presenta como un ciudadano convencional, preocupado por su peso, que gusta de los platos de cuchara y que para las tardes de domingo no encuentra mejor plan que ver jugar al Barça en la tele en compañía de su hijo adolescente -la mayor está en la universidad- y delante de una cerveza. "Es más cerebral que sentimental y muy perfeccionista; lleva mal la deslealtad y la mentira, pero no se irrita fácilmente. Si algo le disgusta, se pone alicaído", comenta María Luisa. Dice que su marido sufre ahora con el asunto del paro, que anda estresado y con insomnio. "No creo que se vaya a jubilar de político".

La cita es a las ocho de la mañana en la residencia presidencial de Mérida. Vista la actividad ambiental, uno tiene la impresión de no ser la primera visita del día y la convicción de que el presidente extremeño lleva a su gente con la lengua fuera. El aire del despacho está cargado con el humo de más de un cigarrillo y es como si una entrevista anterior hubiera dejado la sombra de la preocupación en el rostro a este político no engolado, ni atacado por el mal de altura. Claro que, como se levanta a las 6.30, él ya ha leído los periódicos, ha escuchado la radio y se ha puesto al tanto de "los líos de Madrid". También ha contestado los correos -tiene 4.000 amigos en Facebook-, y alimentado su blog personal con comentarios de actualidad, tarea que repite al final de la jornada. Afirma que heredó la espiritualidad de su madre y que, para él, socialismo y cristianismo son elementos esenciales y compatibles, aunque le moleste la "actitud impositiva" de la Iglesia española, poco respetuosa, señala, con las creencias de los demás.

"El internado se me hizo duro porque solo íbamos a casa por el verano y en Semana Santa y Navidad", indica. Le pregunto a santo de qué el director del Centro Médico-Forense de Badajoz, distinguido con la Cruz de la Orden de San Raimundo de Peñafort que concede el Ministerio de Justicia, dejó una vida profesional bien encarrilada para meterse en política. "Tenía una vida cómoda y acomodada, pero nunca he sido una persona conservadora. Si me afilié a las juventudes de Alianza Popular fue por razones más personales que ideológicas, porque me lo pidieron cuando Antonio Hernández Mancha, amigo de la familia y compañero de mi padre, se hizo cargo de la secretaría general de AP", explica. Dice que hasta que regresó a Extremadura para ejercer de médico forense, en 1988, no se había dado cuenta de la pobreza que padecía su tierra. "Descubrí que muchos niños dejaban de ir a la escuela a los 11 años para ir a trabajar, que la gran mayoría de la población era analfabeta o tenía estudios primarios. Vi una región a la que le habían cortado las alas que trataba de volar inútilmente con unas ortopédicas".

Así que su patriotismo, si se le puede llamar así, sería trabajar para equiparar los porcentajes que dan cuenta de que con el 2,4% de la población española, Extremadura genera el 1,7% del PIB. "Aquí, la revolución ha sido y debe seguir siendo la educación", subraya, tras elogiar los avances en esa materia -un ordenador para cada dos alumnos-, en sanidad y vivienda, logrados, sobre todo, por su predecesor y mentor, Juan Carlos Rodríguez Ibarra. Aunque son de temperamento bien distinto: conciliador, cercano, afable, reflexivo, el primero; tonante, directo, beligerante, hombre de proa, este último, ambos han mantenido una relación muy estrecha desde que coincidieron en una aldea próxima a Olivenza. El entonces presidente de la Junta de Extremadura descubrió en su vecino médico forense a un tipo con sensibilidad social que se manejaba en francés e inglés y tenía experiencia de gestión. No le defraudó.

La labor de Fernández Vara, primero como director de Salud Pública y Consumo, y más tarde como consejero de Sanidad, convencieron a Ibarra de que su fichaje podía desempeñar misiones mayores. Cada vez que se publicaba una carta crítica con el funcionamiento del sistema de salud en el periódico, el titular de la consejería telefoneaba a primera hora al autor del escrito para explicarse o disculparse. "Fernández Vara es un tipo abierto, diáfano; es todo el rato lo que parece. Es curioso, aunque el poder induce a la soledad, él se siente a gusto con la gente", comenta Francisco Fernández Marugán, diputado socialista por Badajoz.

"Cuando me retiré, había varios candidatos a la presidencia con más conocimientos de política que Guillermo, pero él era el único que se había preparado para ser presidente. Se quedaba durante los incendios, aunque no eran de su competencia, y me acompañaba a las ruedas de prensa más complicadas", afirma Ibarra. "A mi sucesor le definen la honradez absoluta, la consideración de hombre de paz, el amor por Extremadura, la pasión por la política y una capacidad fuera de lo común, superior a la mía", proclama. El 7 de diciembre de 2005 comprobó que Fernández Vara era también buen médico. "Me dio un infarto a las 6.30 de la mañana y le llamé por teléfono. Me preguntó: ¿sudas, tienes vómitos, te duele el pecho? Pues tienes un infarto. No te muevas, que voy". Ibarra bromea sobre aquellos momentos críticos: "Ahora que lo pienso, si me hubiera muerto, él no habría sido presidente. Igual me salvó la vida por eso".

Por si quedaba alguna duda de que el aval de Ibarra garantizaba mayorías a la búlgara en el PSOE extremeño, Fernández Vara fue aclamado por unanimidad candidato a la presidencia por la ejecutiva socialista regional; y en julio de 2008 se convirtió en secretario general del partido en Extremadura, con el 99,7% del voto de los delegados. Para entonces, el diligente consejero de Sanidad ya se había hecho perdonar ante las bases su procedencia burguesa y el "pecado de juventud" de haber militado en las Nuevas Generaciones de AP. Según Ibarra, "haber visto las cosas desde las dos barreras le ha aportado mucha convicción y amplitud de miras". El nuevo líder socialista apenas se ha separado del carril discursivo de su predecesor, pero ha aportado una actitud personal dialogante y ampliado el discurso a las clases medias, que han ido emergiendo al abrigo del desarrollo económico en una región en la que el socialismo militante tenía una base jornalera.

Aunque los dirigentes locales del PP le reprochan su continuismo -"él es un 'bien quedado', inteligente y educado, pero todavía no es él mismo en política porque no ha conseguido liberarse del influjo Ibarra", indica Tomás Martín Tamayo-, gran parte de los interlocutores sociales percibe un cambio con su llegada. "El presidente nos ha dado participación en proyectos pioneros como el Pacto Social Político de Reformas y está exponiendo los problemas económicos en toda su crudeza. Si la reforma estructural que demanda la crisis va a salir adelante en Extremadura es gracias al clima de consenso generado", destaca Juan Manuel Arribas.

Admitido que, como dicen en esta tierra, "hasta las aceitunas necesitan que les cambien el agua de vez en cuando", parece que tras cinco lustros de mayorías absolutas socialistas, los extremeños se pronunciaron por el cambio de talante más que de política. Para el PSOE, la sustitución de su gran tótem hacedor de la autonomía, el político "providencial" que "trajo el agua y la luz a los pueblos" y devolvió un cierto orgullo a los extremeños, era como asomarse al precipicio, tentar a la debacle electoral. Y, sin embargo, el considerado mirlo blanco del socialismo ha ampliado el espacio electoral y político heredado y sumado dos diputados regionales a la proverbial mayoría absoluta socialista.

En estos tres años de gobierno, Fernández Vara ha enarbolado la bandera simbólica de la decimoctava autonomía española, esa que, a su juicio, habría que crear a partir de una serie de competencias: el agua, determinadas áreas de la sanidad y la educación, los residuos nucleares, las licencias de caza y pesca, entre otras, que las 17 autonomías deberían devolver a la Administración Central para hacer operativo y eficaz el Estado autonómico. Su propuesta descansa en la idea de que España no puede ser la mera suma de 17 autonomías y que es preciso cerrar el proceso autonómico con un acuerdo de reajuste competencial que garantice la eficacia y equidad general y asegure los servicios básicos de su región, que precisa de la existencia del Estado más que otras.

"Igual no tiene sentido que las 17 autonomías tengamos 17 de todo. El problema de España es que todos pensamos que es un problema de terceros y que lo mío es mío y lo tuyo es de los dos", subraya. "La autonomía ha permitido acercar los servicios públicos a los ciudadanos, pero conviene no olvidar que nuestra fortaleza y negocio es España, que si diluimos la marca España nos debilitamos todos", dice. Puede decirse que el nuevo presidente extremeño representa la continuidad política y discursiva de Ibarra, pero con otro tono.

¿Tiene recorrido este hombre más allá de su tierra extremeña en estos tiempos de políticos desgastados y carbonizados? Muchos de sus compañeros creen que sí, aunque no Fernández Marugán. "Le diría que se quedara en Extremadura. Los políticos regionales pierden mucho predicamento cuando abandonan su ámbito geográfico", indica. "Me iré un minuto después de que pierda la pasión por la política porque quiero volver a ejercer de médico. No es bueno quedarse muchos años en este puesto tan exigente", afirma Guillermo Fernández Vara.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de junio de 2010