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Entrevista:LA JEFA DE TODO ESTO | María José Montes Martín, responsable de la perrera

Sinfonía de ladridos y maullidos

La responsable de la perrera municipal cuida de 2.500 canes y 2.700 gatos

Nada más acercarse al centro, suena una extraña música. No tiene ritmo y suena desacompasada. Según se acerca el visitante, percibe que son los ladridos de decenas y decenas de perros que se hacen notar en el Centro Municipal de Protección de Animales, en el distrito de Latina. Este moderno centro (fue inaugurado en febrero de 2006) sustituyó a la decadente y paupérrima perrera municipal de Cantoblanco, donde se hacinaban animales y trabajadores. En un luminoso despacho trabaja la directora adjunta del centro, la veterinaria María José Montes Martín, de 46 años y 22 de profesión. Ella se encarga de coordinar a unas 40 personas para que todo esté perfecto.

Los modernos centros de acogida poco tienen que ver con las perreras de los años cincuenta. Estas se crearon para controlar las epidemias masivas, como la rabia. A eso se unieron las campañas de vacunación generalizadas tanto de perros como de gatos. Las nuevas instalaciones se encuentran a menos de 200 metros de la M-40, enfrente del barrio leganense de La Fortuna. Destaca su color gris y los jardines sin césped que lo rodean. Cada año pasan por sus instalaciones una media de 2.500 perros y 2.700 gatos. Pero no son los únicos inquilinos de este recinto. A las típicas iguanas, serpientes, conejos y tortugas, se unen otros tan raros como petauros (especie de ardillas) o los zorros voladores. "Estamos acostumbrados a que nos traigan de todo. Tenemos instalaciones para acogerlos. Y cuando son muy grandes o peligrosos, como leones o tigres, se van directamente al zoológico", afirma Montes. "Ahora prima el bienestar de los animales y el dar salida al mayor número posible de ellos", añade.

"Cuando un animal de 30 kilos ataca a alguien, es una mole imparable"

"Lo peor que puede pasar es que se vea al perro como un objeto de consumo"

Los animales pueden llegar a esta perrera -abierta de lunes a viernes de 8.00 a 21.00 y los sábados por la mañana- por diversas vías. Pueden ser recogidos por los servicios municipales en la calle. Otra opción es que los depositen los propios dueños, tras cansarse de ellos. O porque el animal se ha vuelto muy peligroso. También se hacen cargo de las mascotas de personas que están ingresadas en centros hospitalarios o residencias, o que han fallecido, o que sufren síndrome de Diógenes... Las causas son muy variadas. "Les tenemos un tiempo en observación para ver si es un perro susceptible de ser dado en adopción. Ahí juegan un papel muy importante las asociaciones y las protectoras de animales", reconoce la directora adjunta. En caso de que el perro sufra alguna enfermedad o se muestre especialmente violento, son sacrificados. "No podemos darlos en adopción si va a causar problemas a las familias que se lo llevan. Necesitamos que nuestros clientes se vayan satisfechos y surja el boca a boca para que venga más gente al centro", añade la veterinaria. Para poder adoptar es necesario pedir una cita previa en el teléfono 010 o el 913 094 135 (este último solo para las citas de los sábados).

Pero, ¿cuándo se sabe que un perro sufre y debe ser sacrificado? Montes aplica una fórmula que parece infalible: "Cuando el animal está peor que ayer, hay que actuar. Si le notamos cada vez más reservado, más triste y peor, no podemos esperar que hoy esté mejor de lo que estará mañana".

Un mito con el que quiere acabar Montes es ese que dice que se abandonan más perros ahora en verano que en otras épocas del año. "Eso ocurría hace 15 o 20 años, pero ya no. Esa moda ha pasado porque la gente suele tener más conciencia a la hora de hacerse cargo de un animal", explica. "Además, también han cambiado los hábitos de veraneo de la gente. Ya no están un mes fuera de casa, sino que tienen estancias más cortas y a veces se puede hacer cargo del cuidado del animal algún familiar o, incluso, se lo llevan con ellos", recuerda la especialista.

Montes destaca que "lo peor que puede pasar es que se vea al perro como un objeto de consumo. Eso de lo veo, lo quiero, lo compro, me lo llevo, lo uso y lo dejo resulta una falta de responsabilidad total", critica.

¿Y cuál es la raza que más se abandona? Pues va por modas, indica Montes. Cuando se estrenó la película de 101 dálmatas, la gente se lio a comprarlos. Pero no se informaron de los inconvenientes: se trata de un perro arisco, de trato difícil y no tan sociable como lo muestra la factoría Walt Disney. Consecuencia: más abandonos y cesiones al centro municipal. Otras veces, la moda se decantó por las razas nórdicas, como el alaskan malamute. E incluso, el bulldog francés.

Montes, mientras pasea por el centro, se acerca a un hombre que está con su perro. El animal lleva bozal y se muestra nervioso. "Sería mejor que le pusiera otro bozal para el verano que le apriete menos", le aconseja. El hombre, con mirada de sorpresa, le contesta: "No creo. No será necesario. Se va a quedar aquí". Cuando él se gira se pueden ver su dedo pulgar derecho y parte de la mano vendados. Es el resultado de un ataque del can. Y no era la primera vez, ya va por la tercera. "Tengo dos hijos pequeños y no quiero correr riesgos", resume el hombre. Montes le da la razón porque las consecuencias pueden ser nefastas e imprevisibles. "Es lo que ocurre cuando un animal que tiene 25 o 30 kilos se lanza contra alguien. Es una mole imparable", resume ya fuera de los oídos del herido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 15 de junio de 2010