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Reportaje:TOROS

El toreo, materia artística

El arte en un instante. La muerte que acecha. La emoción. La fiesta ha sido siempre materia de artistas. La cita heroica que todo lo detiene. Pintores, poetas, novelistas, homenajean a la lidia en sus horas turbulentas dentro del libro 'Sentimiento del toreo'.

Corren tiempos complicados para el espectáculo taurino por una de las polémicas más recurrentes en torno a él: prohibirlo, como se debate en el Parlamento catalán, o estimularlo por su doble condición de arte y cultura popular. Miquel Barceló, José Bergamín, Antonio Bienvenida, Vargas Llosa, Manolo Vázquez o Joaquín Vidal, entre otros, toman partido a favor de la fiesta en los textos seleccionados por el poeta y narrador Carlos Marzal de los publicados entre 1982 y 1992 en la revista Quites y que ahora recopila en el libro Sentimiento del toreo (Tusquets Editores). "Este libro aspira a ser distintas obras -una muestra de alta especulación, una galería de retratos, un compendio de inquietudes y curiosidades de algunos toreros ilustres, un ejercicio de la memoria sentimental de distintos escritores, un repertorio de faenas reencarnadas en las palabras-, pero aspira, por encima de todo, a ser una obra en particular: la orgullosa celebración, en el mundo del arte, de un arte que constituye todo un mundo. El arte del toreo", señala Marzal en el prólogo. A continuación, una selección de extractos del libro.

"Entre todas las artes, acaso la más difícil de explicar racionalmente sean las corridas de toros" (Vargas Llosa)

"El toreo se produce en un círculo. Pero es como un borrón, tridimensional" (Miquel Barceló)

"El heroísmo puro. Sin utilidad. Heroísmo de juego. Absoluto"

(José Bergamín)

El entendimiento del toreo es, naturalmente, consecuencia de una limpia y fina sensibilidad: porque el toreo es lo que hay que ver, cosa de ver, y de entender, por consiguiente: cosa, objeto de la percepción y el razonamiento. El toreo es un puro juego inteligible, en el que peligra la vida del jugador; este peligro desinteresado afirma, al entenderlo, que de su verificación estética se deduce, como de toda afirmación estética, una consecuencia moral, o inmoral: la del heroísmo; el heroísmo puro, sin utilidad; el toreo es un juego de heroísmo o un heroísmo de juego: heroísmo absoluto. En este sentido, podría suponerse que es un deporte trascendente, un deporte doblado de significado estético ideal; porque en el toreo se afirman, físicamente, todos los valores estéticos del cuerpo humano (figura, agilidad, destreza, gracia, etcétera); y metafísicamente, todas las cualidades que pudiéramos llamar deportivas de la inteligencia (rápida concepción o abstracción sensible para relacionar).

"El círculo va haciéndose

cada vez más pequeño y parece

que se suspenda el tiempo"

(Juan Francisco Esplá-Miquel Barceló)

Esplá: Circular. El círculo no es solamente la idea que lleva dentro el torero. El círculo imprime también una tensión de fuerzas. Lo mismo que pasa en arquitectura o en otros ámbitos: ¿cómo se adiestra un caballo? En un círculo, y eso indica que el círculo crea la sensación de sumisión de fuerzas. Todas esas fuerzas, aunque latentes, están ahí. Por eso, cuanto más largo sea un pase de muleta, más emoción produce. El círculo va haciéndose cada vez más perfecto, y parece que se suspenda el tiempo.

Barceló: Se produce un círculo, pero es como un borrón, tridimensional. Nosotros tendemos a considerar eso como cosas bidimensionales, en la superficie plana del ruedo; sin embargo, es sólo una especie de esbozo, porque se produce en tres dimensiones.

"La fiesta de los toros

es un arte, una ciencia, un deporte, una ceremonia"

(Mario Vargas Llosa)

La fiesta de los toros es cruel, como lo son todos los deportes que incluyen la participación de animales, y como lo son, en todas sus instancias, la caza y la pesca, y como lo es, inevitablemente, esa ley de la naturaleza que hace que la vida se nutra de la vida, que el precio de vivir sea morir. La civilización ha atenuado esta realidad, pero no ha podido ni podría suprimirla.

La fiesta de los toros -un arte, una ciencia, un deporte y una ceremonia- es la única, dentro de la inmemorial cultura de los ritos sagrados de la ofrenda y el sacrificio de la que forma parte (aunque, en la actualidad, aquella entraña religiosa con que debió nacer se haya eclipsado), en la que el victimario se enfrenta a la víctima sin otra defensa que su destreza y su intuición, dándole todas las ventajas a la fuerza, exponiendo su integridad y su vida. Ver en esto sólo un alarde de valor es insuficiente. En verdad, en este exponerse con apenas un trapo rojo en las manos a las astas de esa bravía montaña de cuatrocientos o quinientos kilos de nervios y músculos educada para embestir y matar anida un resquemor ético, de hidalguía, de escrúpulo y solidaridad, una recóndita búsqueda de la paridad, de compartir el riesgo, de dar también al adversario la oportunidad de vencer. Y así ha ocurrido muchas veces, como atestigua la larga lista de toreros, peones, banderilleros y picadores heridos o muertos en las corridas y las cicatrices que, casi sin excepción, lucen los cuerpos de los oficiantes de la fiesta.

No todos tienen por qué sentir y entender los toros, como no todos los seres humanos comprenden la poesía, la música, la pintura, y gozan con ellas. Es perfectamente legítimo que así sea, puesto que el rasgo primordial de la existencia es que seamos diferentes, que a unos exalte, alegre y emocione lo que a otros aburre, desmoraliza y entristece. Entre todas las artes, acaso la más difícil de explicar racionalmente sean las corridas de toros, una fiesta que no conquista jamás, en primer término, la inteligencia y la razón, sino las emociones y sensaciones, esa facultad de percibir lo inefable, lo innominado, que fraguan la sensibilidad y la intuición, exactamente como ocurre con la poesía o la música. La literatura puede llegar a ser explicada e inculcada gracias a la enseñanza y el estudio. Los toros, no. El conocimiento requiere, en ellos, un terreno espiritual previamente abonado.

"El toro es el peligro. La muerte que nos rodea por todas partes. El torero, el que la engaña traficando con ella"

(Ignacio Sánchez Mejías )

[El toro y el torero]

El toro es el que embiste, el que acomete, el que quiere enganchar al torero para herirlo o matarlo. El toro es el peligro, la muerte, la muerte que nos rodea por todas partes, que nos busca o que nos espera, que nos acecha o que nos viene al encuentro. El torero es el que sortea el peligro, el que engaña a la muerte traficando con ella, el que crea unas reglas, un arte para no morir. El que se enfrenta con el toro, con el peligro, con la muerte y en sus mismos hocicos elabora su triunfo, conquista su gloria, accede a su bienestar.

[La muleta]

Es la herramienta de los trabajadores del valor. El que la domina, sabe manejarla y conoce sus secretos es el único que juega tranquilo con el peligro, con la muerte. La muleta es el pararrayos de las cornadas, la "maquinilla" donde va la muerte a estrellarse.

(…)

[La plaza del mundo]

El mundo entero es una enorme plaza de toros donde el que no torea, embiste. Esto es todo. Dos inmensos bandos: manadas de toros y muchedumbres de toreros, y en consecuencia, es la lucha por nuestra propia vida la que nos obliga a torear. Nunca puede decirse que el público no actúa, pues siempre tiene su turno. Al público lo forman todos cuantos están de vacaciones y cada individuo que lo constituye tiene su turno para bajar al ruedo del mundo.

[La crueldad de las corridas]

Hablemos mucho más claro: antes de aceptar, sin más, la crueldad de las corridas de toros habrá que dicutir sobre la guerra, sobre la caza, sobre el boxeo y otras muchas cosas que la cortesía me impide enumerar. Cuando la humanidad esté en un grado tal de civilización que no quede ninguna crueldad, entonces sería cosa de hablar de suprimir las corridas. Pero mientras los seres humanos hablen tranquilamente del número de hombres que cada nación puede matar, hablar de la crueldad de las corridas de toros resulta ridículo.

"El toreo está a merced del tiempo.

En segundos hay que ejecutar la proeza" (Manolo Vázquez)

Toda expresión artística requiere tiempo, maduración. El toreo está a merced del tiempo. La producción de su arte es instantánea. En segundos hay que ejecutar la proeza. Para mayor dificultad hay que realizarla con un animal que tiene otro tiempo y su propio temperamento, con una fiera que acomete y que no tolera rectificaciones. Siempre hay que dibujar la faena dentro de un círculo de peligro y movimiento. Y en medio de tan difíciles condiciones el torero tiene que lograr, si quiere serlo, expresiones artísticas que permanezcan en la memoria de los espectadores. En un solo instante, al provecho de sólo unos minutos, en circunstancias que nunca han sido por él elegidas, tiene, sin embargo, que imprimir en el recuerdo del público el arte imborrable de sus gestos.

El torero tiene que construirse, tiene que hacerse. Debe estar dotado de una personalidad muy especial. En el curso de la faena tiene que liberar una gran energía espiritual, tiene que transmitir mucho poder, muy rápido, para que los espectadores conecten y queden prendidos. Todo esto es un asunto de instantes.

"Cuando se está toreando totalmente, no sólo estás llorando por dentro, sino que hasta llegas a llorar por fuera"

(Rafael de Paula)

Para ser torero hay que nacer torero. Todos esos grandes toreros que han hecho historia me parece a mí que sus madres los parieron toreros, y que por eso fueron quienes fueron. Para ser torero, como para ser todo en este mundo, hay que ser un buen torero, o al menos intentar serlo. Si no, más vale meterse a otra cosa. El torero que se siente, que llega a sentirse, se tiene que emocionar; si no es así no puede llegar a perder la noción del tiempo y de las cosas: solamente estás tú con el toro, y esa es tu obra.

Lo que decía Rafael el Gallo: "A cada pase que pegaba se me caía una lágrima". El Gallo sabía lo que era eso, y esa frase resume todo lo que se puede sentir ante un toro cuando se está emocionado. Cuando se está toreando totalmente, en cuerpo y alma, es cuando ha llegado la inspiración, el duende, el soplo. Y entonces, aun sin darte cuenta, no sólo estás llorando por dentro, sino que hasta llegas a llorar por fuera.

El torero no sólo debe parecerlo, sino serlo; es decir, haber nacido para eso. Y serlo en cuerpo y alma, porque entonces toreará de manera diferente a como lo hacen los que simplemente se visten de toreros, que son gentes que han cogido un adiestramiento, una práctica, que hacen que el toro pase, pero que no son toreros con alma de toreros, y eso el aficionado acaba notándolo.

"¿Quién mira al toro?"

(Joaquín Vidal)

El toro es el animal más bello de la creación. El toro enseñorea su estampa en los espacios abiertos de la marisma y se deja querer por un gorrión que le picotea la piel. El toro campero dulcifica la agresividad de su fosca cara y observa de lado con ojos apacibles el paso del caballo alazán. ¿Quién mira al toro?

El toro maravilla con el colorido de su pelaje. Rojos y negros pintan la albura de su piel y hacen la síntesis del jijón, el jaro, el aleonado, el castaño, el retinto, el salinero, el sardo, el arrosalado, el jabonero, el barroso, el perlino, el albahío, el berrendo, el cárdeno, el cárdeno franciscano, el salpicao, el entrepelao, el estornino. Otras veces, las más de las veces, sólo el negro pigmenta la capa y también deslumbra, desde el azabache al zaíno. ¿Quién mira al toro?

El toro es fuerza y es rito. El toro brama pujanza desde lo alto de la colina y varea el músculo para despejar su celo. El toro no cuenta día y noche en sus soledades, pero tiene predestinada la hora de su muerte una tarde de sol sobre el albero. ¿Quién mira al toro?

El toro es misterio y ansias agónicas en la negrura del chiquero. Cuando se abre el toril, la luz dibuja las astas, centellean al sol sus puntas diamantinas. Tras el rizado del testuz brillan dos ojos enfebrecidos. De la noche y del caos surge el maligno. ¿Quién mira al toro?

El toro en la arena, un griterío lo saluda mientras abajo trepidan corazones. El toro es otra vez estampa, pero no le picotea el gorrión, no observa de lado con ojos apacibles, sino de frente y fiero. Un parpadeo sin ritmo ventea espesas legañas. El asta de punta diamantina da el clarinazo de su poderío y detrás todo su corpachón vibra alerta para matar. ¿Quién mira al toro? P

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de mayo de 2010