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COLUMNA

El cielo ceniciento

Mira que son raras esas montañas llamadas volcanes. De hecho, casi todos los términos que usamos con ellas son metáforas que remiten a un gigante humano o animal: durante décadas o siglos permanecen "dormidas", o tal vez sólo "somnolientas", cuando de pronto, nadie sabe por qué, "despiertan". Entonces, de su "boca", de su "garganta", comienzan a "escupir" todo tipo de fuegos y cenizas, como si ya no pudieran más, se hincharan y estallaran. Como si tuvieran por corazón una olla exprés lenta, lentísima, pero segura...

El cielo está azul, primaveral, gozoso. Pero más allá de esa dulce apariencia, nos dicen, está ceniciento. El espacio aéreo de Europa lleva prácticamente cerrado una semana, con su correspondiente caos. No deja de llamarme la atención (con un mínimo de perspectiva histórica) que el único "cielo" del que se habla en los medios, en las plazas públicas, sea esa autopista llamada "espacio aéreo". Para que luego digan que no ha habido un claro proceso de secularización. De la Iglesia sólo se habla relacionándola con escándalos (muy) terrenales. Si sigue pregonando el Cielo (y el Infierno), de eso nada sabemos. El cielo es ya para nosotros un mero medio, un "espacio aéreo" por el cual nos desplazamos para llegar a nuestro destino turístico, profesional o comercial. Desde luego, no es un fin, ni el final del trayecto.

¿Y quién tiene la culpa de todo este caos aéreo? Eso es lo interesante de todo este vaivén, que más claramente aún que en los casos de terremotos e inundaciones (que inmediatamente remiten a las medidas urbanísticas, civiles y políticas implicadas en las labores de prevención y atención), la erupción del volcán islandés no tiene un culpable evidente, como no sea la Naturaleza, ésa que de vez en cuando le echa un pulso a nuestro Imperio de la Técnica, y le dice, con un guiño pícaro: ¿tan seguro estás de que tienes tú la última palabra? En cuanto a Dios, se sabe que nos cerró la entrada al Edén, pero de ahí a que nos cierre momentáneamente el "espacio aéreo" supondría, tal vez, un exceso de ironía.

Veo en la tele gente que lleva una eternidad esperando en el aeropuerto, quejándose. En seguida, la ausencia de culpables primarios lleva a la búsqueda de culpables secundarios: que las compañías aéreas no dan información, que no proporcionan una alternativa cómoda e inmediata, etcétera. Y, a su vez, las compañías aéreas remiten a los gobiernos de la Unión Europea: que no han actuado con celeridad, que no se han coordinado como debieran, etcétera. El agradecimiento por que estas medidas han evitado, según todos los datos, varios accidentes aéreos es casi inconcebible. La emoción más repetida es la irritación (y el cálculo más repetido, la reclamación de compensación), remitida siempre hacia alguien concreto, solvente. Va a costar caro, sí. Y, al final, ni siquiera sabremos qué fue lo que "despertó" al gigante dormido...

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 21 de abril de 2010