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Historia de un realojo

De la chabola al piso, con cursillo

Comienza el derribo de infraviviendas en Santa Catalina - Los habitantes se mudan a casas de la Comunidad de MadridAntes de ir a un piso, los realojados reciben una charla sobre las responsabilidades de la vida en un bloque de vecinos

Soraya, que ya tiene 14 años, va a ir el año que viene al instituto. Gabriel, sin embargo, aún no está escolarizado. Aunque ya tiene cuatro años. Es un niño inquieto de pelo oscuro que no para de jugar con la boca entreabierta de la lavadora. "Es un poco travieso todavía para ir al cole". Eso lo dice su madre, Fátima Campos, que está cerca, junto al televisor plano, en un recodo de la chabola. Es una mujer en la treintena, sonriente, pero tímida; de ojos claros y piel tersa. Vive, mejor, vivía, en el poblado chabolista de Santa Catalina, en Vallecas, junto a su marido, José Gabriel Jiménez, vendedor de frutas en un mercadillo de San Fernando, y sus cuatro hijos, de entre 14 y 3 años.

Se les sugiere que no truquen los contadores de la luz porque es peligroso Tampoco pueden poner aire acondicionado sin pedir antes permiso

Llevan casi tres lustros en uno de los grandes asentamientos históricos que aún siguen en pie (junto al Ventorro y Las Mimbreras). El más tranquilo. "Usté puede dejar un coche abierto a las cuatro de la mañana y nada le pasará", sentencia un sexagenario tocado con el característico sombrero y la garrota. "Aquí no hay ni drogas ni cosas de esas, los echamos", sentencia.

La cuenta atrás -los derribos- comenzó ayer. La chabola de Fátima y José Gabriel, ambos de etnia gitana, ya no existe. Ahora sonríen en un piso de alquiler con el suelo de gres y vacío en el antiguo pueblo de Fuencarral. "Las habitaciones son un poco pequeñas, pero la cocina es muy buena", es su feliz diagnóstico. El bloque, de ladrillos amarillentos, está rodeado de arbolitos y casitas bajas. Les ha tocado un primero. Una carpeta del Gobierno regional con los contratos del agua, el gas y la comunidad reposa en la encimera. Es lo único que hay en toda la vivienda en la que los ha realojado el IRIS (Instituto de Realojamiento e Integración Social, que pertenece a la Comunidad de Madrid). El resto del piso está sin amueblar. Sólo hay una cocina de gas y la pila.

El proceso ha sido largo. Desde que en octubre de 2008 las Administraciones se comprometieran a dar por extintos los poblados, se han sucedido los trámites burocráticos y el trato diario con los trabajadores sociales. Uno de los últimos pasos es "el cursillo". Consiste en una charla en un local del IRIS en Vallecas. Allí, las familias que van a ser realojadas, en este caso dos, se sientan en torno a una mesa de reuniones verde.

Los hombres se ponen a un lado. Y cada poco salen a fumar o a hablar por teléfono, aunque ponen cara de atención. Las mujeres, mucho más concentradas y participativas, se colocan al otro lado. Los niños, dos, se sientan, pero poco. Al rato están correteando. Son muy pequeños. Tienen dos y cuatro años.La charla la da Julio, el mismo trabajador social que se ha ocupado de un montón de pormenores de sus vidas, incluyendo la escolarización de sus hijos, en los últimos meses. Sabe cómo hacerlo. Conoce qué tópicos son reales sobre los chabolistas y cuáles no: "Hay cosas muy particulares, pero han cambiado un montón para mejor. Muchos ya han vivido en pisos y tienen un buen nivel cultural", asegura. Procura no ofenderles y les explica las cosas con claridad.

Ellos apenas preguntan, aunque cuando la conferencia se detiene en los detalles de convivencia alguna de las mujeres salta, medio en broma medio en serio: "¡No somos salvajes!".

Se les sugiere que no truquen los contadores de la luz porque además de ilegal "es muy peligroso", que no tiren los muros de carga, que no bailen y den palmas de madrugada, que no dejen las basuras por ahí y que no monopolicen el rellano con sus trastos.

"Ya sé que muchos habéis vivido en pisos y que todo esto ya lo sabéis y que os suena a risa, pero yo debo decirlo porque hay veces en las que os prometo que ha pasado", se disculpa Julio con su auditorio.

También les recuerda que no deben chorrear de agua a los vecinos de abajo cuando tienden ni poner tendederos sin permiso en las fachadas. Precisamente eso, la modificación de las fachadas, es lo que despierta a la zona de los hombres, algo adormecida hasta entonces. Tampoco pueden poner el aire acondicionado sin permiso. "¿O sea, que tenemos que pasar calor en verano?", pregunta uno de ellos moviendo la cabeza. "En la chabola teníamos aire", insiste. Aunque al final parece que asume que deberá preguntar antes de colocar el aparato. Pero el asunto de las fachadas aún deja otro comentario, claramente en broma y bien recibido, por parte de uno de los varones: "¿Y podemos tirar a la mujer por la ventana?".

Otro de los aspectos en los que se hace hincapié es en que paguen sus recibos de la comunidad de vecinos. "No hacerlo es la manera más rápida de tener problemas con todos los demás que viven en la casa", subraya el conferenciante.

Ayer, muy temprano ya estaba todo recogido. Llega la grúa y la infravivienda, una pequeña construcción sin habitaciones, desaparece. Las vecinas lloran desconsoladas. Sus amigos se van, se cambian de barrio.

Pero ellos permanecen. El poblado de Santa Catalina tiene 171 chabolas. Es el mayor de la ciudad, si se excluye la heterogénea y sinuosa senda de La Cañada y su adyacente Gallinero. Un total de 78 de esas chabolas están habitadas por personas que no tienen derecho a ayudas. Dependen de la voluntad municipal y de los jueces.

La actividad cotidiana allí es la del reciclaje de piezas específicas de electrodomésticos. A eso se dedican buena parte de sus habitantes. Y han llegado a trabajar con un alto nivel de sofisticación. De hecho, hay un trabajador, subcontratado, encargándose de la parte más pesada. "El capitalismo llega a todas partes", ironiza un habitual del lugar. Hay decenas de lavadoras y frigoríficos perfectamente ordenados, preparados para que los compradores, otras empresas, se los lleven.

El lugar no está muy sucio, aunque hay barro debido a las lluvias. José, con su camión del Selur, se ocupa todos los días de la limpieza desde las siete de la mañana hasta la una de la tarde. Cada vez tendrá que recoger menos. A lo largo del año el asentamiento, que tiene 14 años de vida, se irá quedando vacío. Y sólo quedarán las vías del tren que viaja hacia Valencia...

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 21 de abril de 2010