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COLUMNA

El genio regresa a la lámpara

Franklin Delano Roosevelt fue el responsable de que el genio saliera de la lámpara. Y es un sucesor suyo, Barack Obama, quien quiere obligarle a regresar de nuevo al interior del mágico artefacto. Al presidente demócrata que se enfrentó a la Gran Depresión, la mayor recesión económica del siglo XX, con su despliegue de políticas sociales o New Deal, se debe también el programa nuclear norteamericano, inicialmente pensado para enfrentarse a la Alemania nazi. Bautizado como Proyecto Manhattan, y desarrollado sobre todo en el laboratorio de Los Álamos, de aquella iniciativa de la Casa Blanca surgieron las armas que otro presidente, Harry Truman, ordenó lanzar sobre Hiroshima y Nagasaki y que luego fueron la espoleta de la carrera armamentística y de la guerra fría. Por un capricho de la historia, a un presidente como Obama, que ha querido seguir los pasos de Roosevelt en los métodos para atajar la crisis económica e incluso en su idea de un cambio de era política, le corresponde enarbolar como objetivo de la humanidad la desaparición de las armas nucleares.

El arma nuclear es el arcano supremo del poder soberano: por eso costará eliminarlas

El historiador Garry Willis considera, en su reciente libro Bomb power (El poder la bomba), que la adquisición de un poder de destrucción total como es el nuclear ha conducido a una transformación que "alteró las más profundas raíces constitucionales" de la presidencia norteamericana. La concentración de poder en manos del presidente en detrimento del legislativo y del judicial, el estado de emergencia permanente en que se sitúan los mecanismos de la seguridad o el desarrollo de las agencias de inteligencia, así como el peso creciente de los secretos de Estado, se explican por el enorme poder de destrucción que se acumula en manos de una sola persona.

Los efectos del arma nuclear sobre la presidencia norteamericana se reprodujeron luego en las estructuras de poder de todos los países que la fueron adquiriendo. Una superpotencia es un país que cuenta con un gobernante autorizado a pulsar el botón que desencadena un ataque nuclear, labor para la que cuenta con un maletín de comunicaciones encriptadas que transporta un auxiliar, normalmente militar, que le acompaña a cualquier lugar donde se desplace el mandatario en cuestión.

Poseer el arma nuclear ha sido y sigue siendo el signo máximo de poder soberano y de obligación de respeto por parte de amigos y adversarios. En las complejidades de la fisión del átomo y de su aprovechamiento para construir vastos arsenales de cohetes, preparados para destruir el planeta entero varias veces, se concentran los dos enigmas que rodean a la soberanía: su carácter mismo de arcano accesible únicamente a unos pocos y su identificación con el poder del soberano, que significa el derecho a la vida y a la muerte que detenta uno solo sobre el resto de los mortales.

Por más que sean evidentes los peligros que entrañan la proliferación nuclear y la diseminación incontrolada de los materiales fisibles, los 20 años transcurridos desde que terminó la guerra fría demuestran cuán difícil es conseguir que el genio nuclear regrese a la lámpara de donde salió hace 70 años. El servicio a la paz proporcionado por el pánico reverencial a este tipo de armas, utilizadas una sola vez en la historia, puede revertir ahora en el máximo peligro posible para la entera humanidad, sobre todo si caen en manos de grupos terroristas. Pero las resistencias a desandar el camino son colosales por parte de todos los países que las poseen, empezando por la primera superpotencia, que es además la que ahora protagoniza una excepcional primavera a favor de la desnuclearización del mundo.

Obama ha podido encadenar su nueva doctrina nuclear con la firma del tratado revisado de reducción de misiles estratégicos (START) con Rusia, la Cumbre sobre Seguridad Nuclear de Washington y la próxima revisión del Tratado de No Proliferación, gracias a que ha garantizado las inversiones que mantendrán intacta la capacidad disuasiva de su país durante las próximas décadas. Pero basta el ejemplo de Francia, que formalmente no puede disentir de los objetivos de Obama, pero ya ha mostrado su incomodidad ante un horizonte que la deja sin otra de las tres cartas que la diferenciaban como potencia con vocación mundial (la primera, su paridad con Alemania en votos en las instituciones de la UE, ya la perdió en el Tratado de Niza, por lo que sólo le quedará el derecho de veto en el Consejo de Seguridad).

La contorsión para meter al genio en la lámpara es tan difícil que ni siquiera la terminará Obama. Probablemente tampoco será ninguno de sus inmediatos sucesores quienes sufran la merma de los poderes presidenciales al quedar desposeídos del arma suprema. Al torcerle el cuello al genio nuclear queda en evidencia la mayor de las paradojas: sólo resultará si lo decide la mayor superpotencia militar de la historia, y sólo lo decidirá si lo hace su presidente gracias a los vastos poderes presidenciales que le proporciona la posesión del arcano máximo del poder.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 15 de abril de 2010