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Editorial:

Rectificación vaticana

Un predicador pontificio compara las críticas a la Iglesia con la persecución de los judíos

Cada vez que el Vaticano habla se hunde más en la charca en la que lleva semanas chapoteando -y de manera discontinua, meses y aun años- por el escándalo de los abusos sexuales de sacerdotes y prelados sobre la juventud, últimamente en la hipercatólica Irlanda, pero anteriormente en Estados Unidos, Austria, Bélgica, Polonia y la propia España. Primero, Benedicto XVI, en la homilía que pronunció con motivo del Domingo de Ramos, calificó de "habladurías" muchas de las acusaciones que se están vertiendo en fuego cruzado contra la Iglesia. El santo padre incidía en términos que ya había empleado en su carta pastoral, en la que había tratado de apagar el fuego con una petición de perdón a las víctimas, que muchos dentro de la propia Iglesia consideraron demasiado poco y demasiado tarde. El pontífice se refugiaba en el dicho bíblico: "los que estén libres de pecado, que tiren la primera piedra", como si la extensión de la culpa, de cualquier culpa, en cualquier momento, exonerara a cualquier reo de la misma.

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Y el pasado Viernes Santo, Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, tenía la ocurrencia de comparar el ruido mediático contra la Iglesia a la persecución de los judíos y los crímenes del antisemitismo, lo que provocaba la protesta de las comunidades judías del mundo entero que, justificadamente, replicaban que era como comparar desmanes relativamente menores con delitos contra la humanidad. El Vaticano se desmarcaba el sábado de las palabras del predicador, para subrayar, pero siempre tratando de parar golpes autoinfligidos, que Cantalamessa hablaba a título personal y citaba una carta de un amigo judío.

La raíz del problema reside en la confusión deliberada que practica la Iglesia entre pecado y delito. El Derecho Canónico establece la culpa de pederastia y prevé sanciones que pueden llegar a la expulsión de la comunión católica del culpable, pero, aparte de que la Iglesia ha preferido casi siempre encubrir a castigar, lo que debería haber hecho en su momento era denunciar a las autoridades civiles lo que es un delito tipificado en el ordenamiento de todos los países civilizados. La Iglesia que en ocasiones parece su peor enemigo, es culpable por acción y omisión. Y si no ha de cortar por lo sano y salvar lo salvable, que es lo que debería hacer, que guarde silencio. Así no tendrá que estar rectificando todo el tiempo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de abril de 2010