Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:

Papiroflexia del corazón

En una de las escenas de Pájaros de papel, primer largometraje dirigido por Emilio Aragón, los personajes encarnados por Imanol Arias y Lluís Homar interpretan una canción bufa que, jugando con el doble sentido del término franco (ya saben, la moneda y el dictador), formula un discurso sumamente peligroso para los artistas. La letra y la música son del propio Emilio Aragón y supone este crítico que es legítimo sorprenderse por la brillantez y la naturaleza de la pieza, porque: a) quizá cegado por el prejuicio, uno no podía suponerle al cineasta un virtuoso manejo de la doble intención, y b) probablemente por la misma idea preconcebida, uno tampoco podía imaginar que Emilio Aragón sintiese la más mínima afinidad por cualquier manifestación, por frívola que ésta sea, de lo que consideramos arte peligroso (aquello que coloca en situación de riesgo a su creador). No es la única canción memorable en el repertorio de Pájaros de papel -hay una pieza de tema etílico a tres voces y un par de perlas picantes servidas, con generosa gracia, por la gran Carmen Machi-, ni la única actuación llena de encanto del trío de cómicos de la legua que protagoniza la película: atención a un sencillísimo, pero enérgico, número cómico al son de la Danza del sable.

PÁJAROS DE PAPEL

Dirección: Emilio Aragón. Intérpretes: Imanol Arias, Lluís Homar, Carmen Machi, Roger Príncep, Fernando Cayo, Luis Varela. Género: drama. España, 2010. Duración: 122 minutos.

Director y guionista barnizan la memoria de sentimentalismo

No se puede acusar a Emilio Aragón de no saber de qué está hablando: el conjunto incluso incluye guiños para eruditos en teatro popular, como esa puntual referencia al Señor Wences, ventrílocuo salmantino que hizo fortuna en Estados Unidos y que fue tío de José Luis Moreno. En todo caso, al cineasta debutante -aunque veterano orquestador de los mecanismos de la ficción y del espectáculo orientados al gran público- se le pueden reprochar otras cosas: por ejemplo, que se le note tanto su falta de prejuicios a la hora de recurrir al golpe bajo para sacudir la calma emocional de su público. A los pocos minutos de metraje, el crescendo musical que acompaña una trágica escena deja magulladuras para lo que queda de proyección, que no es poco.

Pájaros de papel no es otra película sobre la Guerra Civil (y la inmediata posguerra): su toque de distinción está, precisamente, en enaltecer todos los elementos que han acabado por convertir buena parte de las aproximaciones cinematográficas a ese periodo en algo bastante antipático. Aragón barniza la memoria de sentimentalismo, con la oportuna complicidad del guionista Fernando Castets, en cuya trayectoria no brilla de manera especial la contención emotiva. La película incluye niño encantador, secundaria con gracejo andaluz, catárticas proyecciones del No-Do, falsa poesía y un encadenado de finales diabólicamente concebido para no dejar párpado seco. Este crítico se queda con el primero de esos finales: una hipérbole melodramática, con la apoteósica comparecencia de los pájaros de papel del título. En el fondo, es el más honesto de todo el surtido de desenlaces: es el que subraya de manera más clara que acabamos de asistir a un recital kitsch.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de marzo de 2010