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Reportaje:Moda

Chanel choca con un iceberg

Karl Lagerfeld presenta en la Semana de la moda de París un alocado desfile inspirado en el cambio climático

Ni siquiera en una mañana gélida como la de ayer era normal que hiciera tanto frío dentro del Grand Palais. El público miraba la gigantesca caja blanca que cubría el escenario y se frotaba las manos con curiosidad. Cuando el cubo se levantó y descubrió un iceberg de 240 toneladas hubo sonrisas. Se trataba de una caja hermética de 5.300 metros cúbicos que mantenía la temperatura a 4 grados bajo cero y que escondía una escultura de hielo tan alta como un edificio de tres plantas. Chapoteando sobre un dedo de agua, chicos y chicas con trajes completamente peludos. Mitad yetis y mitad cavernícolas. Y, sí, semejante locura era el arranque de un desfile de Chanel.

"Se habla tanto del cambio climático y de los polos deshaciéndose que me pareció un tema sobre el que reflexionar", explicaba después Karl Lagerfeld. "Pero hasta los problemas más graves admiten el humor". Desde luego, había algo de gigantesca broma en la forma en que la clásica chaqueta de tweed se combinaba con pantalones, faldas y botas mosqueteras, todos monstruosamente peludos. Es complicado imaginar que alguna mujer pague una buena suma para que su tren inferior se parezca al de un mamut. Tal vez menos que ninguna, la clienta habitual de Chanel. Pero, destripada de la pantomima prehistórico-polar, la colección ofrecía hallazgos. Por ejemplo, generosas chaquetas de punto, collares y anillos inspirados en los cristales de roca y vestidos de noche que emulan la textura de la nieve recién caída.

Más complicado resulta entender el errático rumbo de Yves Saint Laurent

Fue un desfile demasiado largo y a ratos fallido (tres chicas con corbatas y camisas de altos cuellos parecían haberse escapado del armario de Lageferld más que del de Coco). Pero también divertido. Las modelos perdían los zapatos en el agua, los chicos parecían trogloditas y las pieles eran falsas. Toda una capitulación para un acérrimo defensor del uso de pelo animal. Si alguien que no fuera Lagerfeld hubiera firmado este exceso estaría a estas horas crucificado. Pero llevar 50 años trabajando en algo, estar a punto recibir la Legión de Honor en Francia y todavía tener ganas de hacer chistes permite algunas licencias.

Más complicado resulta entender el errático rumbo que Stefano Pilati ha tomado en Yves Saint Laurent. Tras su triste colección para este verano, su posición no es precisamente sólida. Y no va a mejorar después de su desfile del lunes. París se prepara para celebrar el legado del creador de la firma con una gran exposición, pero Pilati se ha empeñado en no inspirarse en sus archivos. Aún así, presentó su trabajo justo enfrente del edificio que acoge la muestra y era imposible no sentir los ecos de Belle de Jour en su revisión de la estricta elegancia burguesa. Por desgracia, derivó en un estudio de la capa de incomprensible tono eclesiástico. Ni la actuación en directo de LCD Soundsystem conseguía que pareciera moderno.

El bajo estado de forma de Pilati es especialmente sangrante en una temporada en la que la mezcla de géneros de Saint Laurent vuelve a estar de plena actualidad. Además, la rigurosa sensibilidad para la ropa de trabajo que el italiano exhibía hace apenas un año parecía hecha a la medida de los vientos minimalistas que hoy soplan. Una corriente a la que, a su manera, se sumaron Stella McCartney y Riccardo Tisci en Givenchy. Ambos evitaron lo superfluo, aunque -fieles a su gusto por un cierto erotismo- combinaron la sastrería con transparencias y encajes y terminaron con vestidos-velo cuyas etéreas colas perseguían a las modelos como el humo. Caminos paralelos que, sin embargo, arrojan estéticas dispares. McCartney recordó los sesenta y Tisci se proyectó hacia adelante mezclando referencias al esquí y al submarinismo. Ahora mismo el mundo es de los que se concentran en lo esencial.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de marzo de 2010