Editorial:
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Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

El reto de Yanukóvich

Afrontar la profunda crisis de Ucrania requiere mucho más que un relevo presidencial

Con la caída del Gobierno de Yulia Timoshenko en una moción de confianza la semana pasada, el vencedor en febrero de las elecciones presidenciales ucranias, Víktor Yanukóvich, regresado del frío, ha alcanzado una parte de sus objetivos. La abusivamente llamada revolución naranja y su expresión partidista están ahora enterradas, seis años después de que despertaran en Ucrania unas legítimas y desmedidas expectativas de modernización y decencia política.

Pero sólo una parte. Si la victoria sin peros en la segunda vuelta de Yanukóvich -una criatura política de Moscú- y la defenestración parlamentaria de su rival confirman que Ucrania se atiene en su funcionamiento básico a las normas democráticas, no han solventado, sin embargo, la inestabilidad institucional ni el control efectivo del poder en la antigua república soviética. La Constitución es un campo minado que reparte el timón entre el presidente y un primer ministro elegido por el Parlamento. La naturaleza fragmentaria de éste y los poderes limitados del jefe del Estado, en un país con el alma dividida entre Rusia y Europa occidental, anticipan más inestabilidad si Yanukóvich no consigue poner en pie en las próximas semanas una coalición solvente que le respalde. Fueron las ambiciones personales y la pugna permanente entre el ex presidente Yúshenko y su primera ministra Timoshenko, además de la corrupción, lo que paralizó primero y destruyó después el renovador y prooccidental proyecto naranja.

La responsabilidad política de sus dirigentes ha brillado por su ausencia en Ucrania durante los últimos años. El pedigrí de Yanukóvich es cualquier cosa menos alentador, pero si fracasa su toma y daca para conseguir una nueva mayoría parlamentaria, el desenlace serán elecciones anticipadas. Probablemente eso es lo último que necesita este zarandeado país de 46 millones, que bordea los dos bloques más importantes de Europa -con los que el nuevo presidente promete mantener una dudosa equidistancia- y cuyo PIB se ha desplomado un 15% durante el año pasado.

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La crisis de Ucrania, a la que por obvias razones geopolíticas la UE debería prestar especial atención, su parálisis, hace imprescindible un Gobierno fuerte, honesto y creíble. Capaz de adoptar, entre otras decisiones urgentes, la de negociar con el Fondo Monetario Internacional un empantanado y vital plan de rescate de 12.000 millones de euros.

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