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Crítica:ÓPERA

Estética y pasiones del barroco

Primero fue la investigación, luego el teatro. Partenope, ópera del calabrés Leonardo Vinci, estrenada en el Carnaval de Venecia de 1725, había caído en el olvido. A partir de un manuscrito encontrado en Londres se inició un proceso de recuperación que culminó en unas versiones en forma de concierto en el Festival Internacional de Beaune, en la Borgoña francesa, con Antonio Florio y la Cappella de Turchini. Transmitido en directo por radio a 19 países, fue el acontecimiento de la música barroca de aquel verano.

Hace menos de un año la ópera se empezó a representar en una puesta en escena historicista de Gustavo Tambascio, con especial atención a la teoría de los afectos, que el filósofo francés Descartes describió básicamente en Las pasiones del alma, y a las codificaciones de gestos, posturas y movimientos inspiradas en los tratados de Cesare Ripa, Giovanni Bonifacio, Enrico Perruci, o Alfieri, entre otros. Todo ello se complementa con una escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda de telones pintados en trompe l'oeil, que se apoya en las propuestas de Bibbiena y Filippo Juvarra, con un vestuario fastuoso de Jesús Ruiz y con una coreografía de época de Yolanda Granado. La ilusión de vivir visualmente una ópera tal y como se representaba en el XVIII es evidente. La fidelidad a la realidad es más difícil de determinar, pero queda en cualquier caso el intento de recrear una fantasía que, en la mentalidad de hoy, seduce de inmediato por su estética. Tambascio demuestra una vez más su capacidad de adaptación. Es capaz de hacer Carmen desde la transgresión pura y dura, El hombre de La Mancha desde el sentido del espectáculo o Partenope desde la recreación arqueológica. Tiene mucho mérito.

PARTENOPE

De Leonardo Vinci, con intermedios de Domenico Sarro. Cappella della Pietà de Turchini.

Director: Antonio Florio.

Director de escena: Gustavo Tambascio.

Teatro Maestranza, Sevilla, 3 de febrero.

Antonio Florio realiza un trabajo excepcional de dirección al frente de la Cappella de Turchini. Mima a cada cantante, dosifica con maestría las dinámicas, mantiene hasta el último segundo la tensión musical y lleva el pulso de la representación en un sabio equilibrio de corazón y cabeza. El reparto vocal es asimismo estupendo. Obviamente, al igual que en los lugares anteriores donde se ha representado este espectáculo, San Carlo de Nápoles incluido, el éxito fue apoteósico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 5 de febrero de 2010