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COLUMNA

Gran Vía europea

Justo cuando España asume la presidencia de la Unión Europea, Madrid se convierte de algún modo en la capital del continente. Al mismo tiempo, la Gran Vía cumple 100 años. 2010 es un número importante para la capital. Los numerólogos consideran que ese guarismo tiene aromas mágicos. Consta de dos ceros -que son números redondos-, un uno y un dos. Ahora bien, dos y uno son tres. El tres es una cifra mistérica y potente. De hecho, Dios, inteligente donde los haya, es una Trinidad. Se puede afirmar con corrección que Dios es uno que está que trina. Por algo será.

El 4 de abril de 1910 Alfonso XIII inaugura el comienzo de las obras de esa calle, que tardó en construirse casi medio siglo. Para simbolizar el vértigo de la Gran Vía sólo hace falta dar un repaso a los nombres que ha tenido. El primer tramo (de Alcalá a Montera) se llamó Conde de Peñalver; el segundo tramo (de la Red de San Luis a Callao), avenida de Pi y Margall; el tercero (de Callao a la plaza de España), Eduardo Dato.

Tres meses antes de la Guerra Civil, la Gran Vía se llamó avenida de la CNT, aunque era conocida como avenida de Rusia. En 1937 ya era oficialmente la avenida de la Unión Soviética. También en el 37, el tramo antes llamado de Eduardo Dato, tomó el nombre de avenida de México. En 1939 fue coronada como avenida de José Antonio Primo de Rivera. Y por fin -eso pensamos- Tierno Galván acabó de una vez por todas con ese trajín de personajes y naciones y la llamó oficialmente como tenía que haberse llamado desde el principio: Gran Vía, simplemente. En realidad ya tenía ese nombre popular desde finales del XIX, cuando se empezó a hablar del proyecto de construcción. La Gran Vía, una de las zarzuelas más célebres, se estrenó en 1886.

La Gran Vía es una calle barroca de pasado bastante montaraz y futuro pluscuamperfecto, porque Madrid es primera dama europea.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de enero de 2010