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Análisis:

Diamantes y dientes

Un buen diseño es como una buena madre, uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que le queda lejos. Cuando un objeto funciona, su diseño no se ve. Apenas reparamos en el clip con el que sujetamos folios, en el bolígrafo Bic o en los incombustibles exprimidores y batidoras que Dieter Rams diseñó para Braun: sin gotas, sin ruidos, con un hueco para ocultar el cable; todo en su sitio, año tras año sin que el tiempo les afecte.

Que la cosmética embellece pueda también ser verdad, pero la vida cotidiana recuerda sin piedad que todo exceso empalaga. Como cuesta afrontarlo, en la relación entre sutileza y diseño los nórdicos nos llevan décadas de ventaja. Sin embargo, en la relación entre invento y diseño España tiene muchos caballos ganadores. Piensen en la fregona, el palillo, la aceitera de Marquina o la aceituna rellena. Con esos arquetipos está escrita la mejor parte de la historia hispánica de la disciplina. Ahora parece que los premios decanos del diseño industrial español, los Delta, han decidido poner remedio a la falta de equilibrio entre imaginación y sutileza que caracteriza nuestro diseño.

Comenzaron hace unos años valorando el comportamiento medioambiental de los productos premiados: si se podían reciclar o cuánto ensuciaba su fabricación. Hace menos, un par de ediciones atrás, los Delta se hicieron un favor al gremio local y a sí mismos abriendo su convocatoria a diseñadores y empresas extranjeros. El éxito, claro está, no fue para los foráneos susceptibles de ganarlos. El éxito fue para los diseñadores nacionales, que por fin tenían que medirse con los mejores.

En la edición de este año, la 30ª, un ingenioso jurado ha conseguido un doble avance. De un lado, han sacado del armario un montón de productos en principio poco asociables al mundo del diseño, pero en realidad los que mejor diseño precisan para funcionar: un corrector dental, por ejemplo. De otro, han valorado artilugios capaces de mejorar drásticamente la vida de la gente. Como un buen cuchillo para un cocinero o una buena ciudad, para todos, un aparato de ortodoncia puede cambiar la vida de su usuario invadiendo poco la boca, evitando extracciones innecesarias o reduciendo el proceso de corrección. Para saber apreciar todo eso hay que pensar, como don Quijote, que más vale un diente que un diamante. Puede que, por fin, en España hayamos conseguido digerir para qué sirve el diseño.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de noviembre de 2009