Análisis:EL ACENTOAnálisis
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El niño del balón de playa rojo

Hay algo de patetismo en esa imagen de Reina, el portero del Liverpool, rodilla en tierra, con el cuerpo (y la mirada) girados hacia su derecha, por donde se aproxima un objeto volador no identificado (pero elástico), mientras que por su izquierda llega un balón blanco y negro perfectamente identificado que se colará irremisiblemente en su portería.

Aunque hace tiempo que lo inverosímil quedó abolido, lo ocurrido el sábado en el campo del Sunderland desafía todas las reglas de la probabilidad. En pleno ataque del equipo local, un niño de tal vez 10 años lanza al césped un balón de playa de color rojo, de esos grandes y neumáticos, cuya trayectoria viene a cruzarse con la del balón impulsado por la bota derecha del extremo zurdo del Sunderland, con el resultado de que el balón de cuero, tras chocar con el rojo, se eleva y cambia de dirección a la vez que la bola elástica toma vuelo en la contraria. Fue el único tanto del encuentro, con lo que el episodio resultó decisivo para la victoria local.

Para rizar el rizo resultó que el niño que lanzó la pelota era uno de los seguidores del Liverpool que ocupaban la grada de detrás de la portería de Reina. No sería extraño, entonces, que la intención del chaval fuera detener el ataque del equipo rival. Tal vez como puro acto reflejo de quien intenta evitar un peligro. Pero el reglamento señala que el árbitro deberá interrumpir el partido desde el momento mismo en que cualquier elemento ajeno interfiera en el juego, y reanudarlo con un bote neutral. En teoría, por tanto, un forofo tendría la posibilidad de frenar un ataque del rival (imaginemos: un delantero que se dispone a marcar a puerta vacía o solo ante el portero) mediante el procedimiento de lanzar cualquier cosa al césped.

El desenlace tiene algo de justicia poética. Tanto si hubo malicia como si sólo fue el reflejo defensivo de un menor, el gesto fue contraproducente: sólo sirvió para despistar al portero, cuya mirada siguió hipnóticamente la gran bola roja (el color de su equipo, apodado de los reds), dejando paso libre al balón, el gol y la derrota. Y es compasión lo que merece ese antihéroe infantil cuya cara de desolada estupefacción ha sido cruelmente mostrada por una cadena británica de televisión.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 20 de octubre de 2009.

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