Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

La ética feijoniana

Las consultas cordiales para desbravar el inhóspito "conflicto del castellano" detonado por el PP nos trajeron la "democracia feijoniana", que reemplaza el viejo axioma de "un hombre, un voto" por otro posdemocrático: "un hombre, un cuestionario". La entrega por fascículos del Gurtelazo asienta los cimientos de otra gran aportación, sembrada ya en la campaña: la ética feijoniana o cómo reformular el imperativo categórico kantiano adaptándolo al inquieto siglo XXI. Sentenciaba Kant que lo ético es obrar de forma que se pueda desear que la máxima de tu acción devenga en ley universal. Sentencia Feijóo que lo ético es obrar de forma que la máxima de su intención, que no acción, se convierta en una ley aplicable exclusivamente a los demás. Quien se escandalice por ese sonoro "antes de mí, el diluvio" usado por Feijóo para despachar las finanzas de su partido, lo hace porque no tiene ni zorra idea de ética.

Feijóo sabía que ni Quintana secuestra viejos, ni Touriño es adicto al lujo

El riguroso estándar ético feijoniano sólo rige para los demás

Los ciudadanos decidimos lo que debe o no explicarse, no los gobernantes

En pleno fervor electoral, una federación de jubilados organizó un encuentro con el entonces vicepresidente Quintana y algunos de los asistentes denunciaron indignados ser llevados a un acto político no deseado. De nada sirvieron ni las disculpas, ni alegar no ser el organizador. La furia de Feijóo y Rajoy reclamó dimisiones y clamó aún más alto impugnando el concurso eólico sobre la demoledora prueba de una fotografía del vicepresidente y un empresario. Antes y después de la contienda, a Touriño se le hizo responsable de todas las partidas de gasto suntuario, especialmente aquel ya legendario Audi del que nunca más se supo. Eran pruebas del "sultanato del lujo". No era eximente en absoluto si Touriño firmaba o no tales gastos. Las ignominiosas calumnias de Baltar, ratificadas hace unos días por él mismo y por Feijóo, o los continuos avistamientos de ojnis -"objetos jurídicos no identificados"- para acreditar presuntas ilegalidades bipartitas, son ejemplos de los altísimos estándares éticos fijados por Feijóo. Eran otros tiempos y cuantos le advertíamos que convertía la política en un lodazal inhabitable éramos complacientes con la corrupción, pero oírle ahora quejarse de cómo pretenden aplicarle su propia vara de medir suena a pura justicia poética.

Basta repasar algunos antecedentes para entender cómo el riguroso estándar ético feijoniano sólo rige para los demás. El PP presenta una querella criminal contra un consejero que certificó obras no iniciadas. No se trata del conselleiro Hernández, ni de Galicia. Va contra un consejero de Cantabria. Será porque pasado Pedrafita, sí constituye delito certificar en falso, aunque sea por no perder fondos. El PP denuncia contrataciones fraudulentas, pero no se alarmen. No se refiere a la afición a despedir sin contratar de una directora general del departamento denunciante, sino al Consorcio. Aunque nada ejemplifica el imperativo categórico feijoniano como las andanzas del Correa y Crespo. Primero adujo ser cosa de hace diez años, cuando ni militaba. Pero ahora ya es de hace siete y bajando: también organizaron actos del referéndum europeo; entonces ya era militante, incluso vicepresidente. Luego alegó que todo lo cocinaba Madrid. Pero por desgracia las facturas van a nombre del PPdeG. Después, recordó que cesaron a Crespo tan pronto le calaron. "Si pudiera le cesaría otra vez", razonó, pero lo cierto es que pudo, durante dos años y como vocal de Puertos, y no lo hizo. "Ya rinde cuentas ante la justicia", afirmó. Pero no aclaró si también piensa que lo hace como víctima de la caza de brujas denunciada por su partido.

Feijóo sabía de sobra que ni Quintana secuestra viejos, ni Touriño es adicto al lujo. Ese conocimiento no le privó de insinuarlo o afirmarlo. Sus quejas de cómo se le aplican sus propias normas tampoco son del todo ciertas. Nadie ha puesto en duda ni su integridad, ni su moralidad, porque no hay razones para ello. Es mucho más de lo que él hizo para llegar a presidente. Sólo se le pide, educadamente y sin escandaleras, lo mismo que exige a sus compañeros valencianos: aclarar el pasado de su partido, porque es parte de su presente y su futuro, y porque somos los ciudadanos quienes decidimos lo que debe o no explicarse, no los gobernantes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de octubre de 2009