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PERDONEN QUE NO ME LEVANTE

Política y ficción

Da mucho coraje que ni la política nuestra, con sus personajes reales, esté a la altura de un buen guión de serie televisiva, ni que a ningún buen guionista español se le haya ocurrido hacer aunque sea política-ficción para ofrecernos algún thriller parlamentario de enjundia. Pero los británicos, ah, los británicos.

Desde los Plantagenet para acá siento una especial fascinación histórica por la dinámica política inglesa, ese intrincado árbol genealógico que se gesta en sus albores con arribistas-asesinos-reyes-herejes-cazadores de herejes y otras hierbas, la mayor parte de ellas apestosas, pero todas potentes. El mito nos habla de Arthur y de la Tabla Redonda, un sueño un poco tontorrón que se desvanece, incapaz de enfrentar la realidad. La realidad es arrasadora, y sus logros y sus venenos sobreviven. Ahí tienen a los Tudor, por ejemplo. La corte de Henry VIII, con su bullir de favoritas, esposas, parientes ambiciosos y avispados pajes (sin olvidar el cadalso), parecía una redacción de periódico en un momento de crisis. ¿Y qué me dicen de las Elizabeth?

"¡Denme un buen malvado y crearé una gran serie de televisión!"

Cuando la monarquía británica se hizo parlamentaria, ninguna de ambas instituciones perdió interés, bien al contrario. Seguía habiendo de todo, y la Casa Real no dejó de ofrecer Momentos Pánico. En nuestra era, Brown, como Major cuando gobernó, encarna la irrelevancia más sosa. ¡Pero qué grandes pérfidos fueron Margaret Thatcher y Tony Blair! ¡Qué hipócritas, cuán despiadados!

Naturalmente, la culpa de mi interés la tiene un tal Shakespeare, sublime iniciador en el conocimiento de los ensangrentados cortinajes que amortiguan los estertores de las víctimas de quienes alcanzan el poder. El Poder. Temática infinita que garantiza al menos un par de protagonistas inicuos. Aparte de los secundarios, que son de alivio, y de la figuración, siempre al acecho.

"¡Denme un buen malvado en donde apoyarme y crearé una gran serie de televisión!", habría podido exclamar Arquímedes, de haber sido guionista y productor. Con un buen malo puedes ir a cualquier parte, una temporada tras otra o cuantas te dé la gana; si pocas, mejor. Fíjense en Damages, esa serie con Glenn Close que a mí me gusta mucho, y de la que Canal + emite la segunda temporada. Su gancho está en la compleja malignidad de la abogada mayor, que en la temporada anterior fue deshaciendo a su víctima hasta convertirla en la peligrosa joven que ahora nos desvela.

Todo esto viene a cuento porque he descubierto tardíamente una trilogía de la BBC que no sé si se emitió en España en su momento, porque no encuentro ninguna referencia en Internet. Quizá la pasaron en TV-3 (antes eran muy adictos a las producciones británicas, por suerte de los telespectadores de mi autonomía natal). No, no hablo de Sí, señor ministro, también muy apreciable. Se trata de The House of Cards, que engloba tres miniseries. La primera, que lleva el mismo título, se estrenó en Gran Bretaña en 1990. La segunda, Play to the King, es de 1993, y la última, The Final Cut, fue emitida en 1995. Su protagonista absoluto es el enorme Ian Richardson -fallecido hace un par de años: Helen Mirren dedicó a su memoria el BAFTA que le dieron por encarnar para la tele a Elizabeth I-, en el papel de un jefe del partido gobernante (el conservador) en el Parlamento, un Chief Whip cuya inteligencia y ambiciones no conocen límites. Un Richard III de nuestra época (la serie arranca cuando la Thatcher se va), que llega a consolidarse como el primer ministro más duradero de la historia de su país, ayudado por una esposa implacable (aquí entra madame Macbeth, pero sin culpa y sin lavarse las manos). La adaptación, del excelente Andrew Davis, traslada a la pequeña pantalla toda la intensidad de las novelas parlamentarias originales, cuyo autor es Michael Dobbs.

Conservo esos DVD como lecciones de cabecera sobre los subterráneos del poder. Cuando Ian Richardson me mira -porque la narración rompe la cuarta pared y nos convierte en cómplices-, inevitablemente pienso en nosotros. Y no se me ocurre un equivalente de ese protagonista, ni de su entorno, que no resulte anodino (Zapatero) o chulesco (Aznar), trasnochado (Bono) o decimonónico (Rajoy). Ni siquiera George Bush hijo: ese metepatas tendría que salir muy poco. De la historia reciente cuyas consecuencias hemos sufrido todos, algunos más que otros, sólo Dick Cheney tiene enjundia dramática. Espero que HBO ya esté preparando algo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de septiembre de 2009