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Crítica:66ª Mostra de Venecia

Fatih Akin también hace reír

Volvemos a sufrir el retraso de una hora en el pase de la película italiana La doppia hora, algo que ha sido habitual, junto a las proyecciones desenfocadas, durante todo el festival, pero el público ya ni siquiera protesta, por estar demasiado hastiado o por el goce que debe acompañar al masoquismo. Los responsables del desastre no dan explicaciones, pero vislumbro a Marco Müller, director de este festival en naufragio progresivo desde que algún insensato le otorgó el mando del barco, vestido de astronauta chino en cena de gala y paseándose como un pavo real ante la larga cola de espectadores que hemos vuelto a ser machacados. Y no hay motines contra el gran estafador, contra su lamentable e impuesto concepto de la cultura cinematográfica, contra alguien que lleva demasiado tiempo transformando en templo supremo del aburrimiento y de la nadería seudointelectual una Mostra que durante muchos años tuvo justificado prestigio.

La doppia hora, dirigida por Giuseppe Capotondi, al menos mantiene cierta intriga escribiendo las pesadillas de una emigrante que trabaja en un hotel de Turín y que vio cómo asesinaban en un atraco al hombre que quería. Posteriormente comprobaremos en diversas y excesivamente retorcidas vueltas de tuerca que nada es lo que parece, con lo cual te montas un lío mental importante, pero el director tiene habilidad para mantenerte tenso durante casi toda la trama.

Fatih Akin es un director que se había distinguido hasta ahora por sus densas tragedias, habitadas por familias turcas en Alemania cuyos atormentados hijos no acaban de encontrar su lugar en el mundo, un universo que encontró la mejor expresividad en Contra la pared. En Soul kitchen el siempre intenso y dramático Akin se ha propuesto cambiar de registro y hacer una comedia sobre los agobios del dueño de un restaurante cuando tiene que emplear en él a un disparatado hermano que acaba de salir de la cárcel y enfrentarse a los especuladores inmobiliarios que pretenden derribar su negocio para construir viviendas. Akin logra hacerte sonreír y reír en bastantes momentos, aunque el guión no se distinga por la sutileza ni la mordacidad. A pesar de esas carencias, los personajes tienen cierto encanto y los buenos sentimientos no resultan cargantes. Imagino que la Mostra se ha atrevido a exhibir una comedia en la sección oficial porque viene firmada por un director tan reconocido como Fatih Akin, ya que este género debe de parecerle una frivolidad intolerable a los melifluos seleccionadores que vuelcan sus anhelos artísticos en el ser y la nada.

Han decidido por segunda vez ofrecernos otra película sorpresa. Ahora se trata de la película filipina Lola, dirigida por Brillante Mendoza, el nuevo gurú cinematográfico entre tanto farsante presuntamente enamorado del cine con inquietudes. Aseguran que Mendoza es un opresivo creador de atmósfera. Se supone que identifican atmósfera con secuencias interminables en las que no ocurre nada, en las que la cámara va siguiendo durante 15 minutos a una abuela con su nieto por las calles de Manila. Que ellos les analicen la profundidad artística del cine de Mendoza. Yo no logro enterarme jamás de qué van sus costumbristas movidas. Sólo deseo que se acaben cuanto antes.

La egipcia El viajero posee el cebo inicial de que en el reparto aparece el nombre de Omar Sharif. Pero durante gran parte del naïf aunque soporífero metraje sólo oímos su voz en off narrando los tres momentos más trascendentes en la vida del protagonista. Lo que ves y lo que oyes es de una torpeza y una sosería alarmantes.

Y todavía quedan dos jornadas para que se acabe este tormento, el exhaustivo muestrario de la impotencia para contar con arte algo entendible. La sección oficial de la Mostra ha logrado convertirse desde hace tiempo en el vertedero de la inanidad pomposa. El cine que respeto o que me gusta tiene que estar en otra parte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de septiembre de 2009