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Reportaje:LOS CRÍMENES QUE CAMBIARON MADRID

Fueron los celos (literarios y no)

Un dramaturgo mató a otro hace 86 años en el teatro que hoy es Joy Eslava

Si este reportaje fuese una obra de teatro folletinesco, y los hechos lo merecen, el clímax dramático sería esta escena: en el pasillo, una actriz escucha la discusión entre dos dramaturgos:

Alfonso Vidal y Planas: "Lo que me has hecho, no te lo perdono".

Antón Olmet: "Serénate un poco y escúchame".

Vidal y Planas: "No. Eres un miserable y te voy a matar".

Fuera de escena, se oye un disparo. Telón.

En la vida real, la actriz, que fue testigo en el juicio, dudó; quizá Vidal y Planas dijo "canalla" en vez de miserable, pero estaba segura de que acto seguido escuchó un tiro. Cuando el resto de la compañía entró en el saloncillo que el teatro Eslava reservaba para los autores, Olmet estaba tirado sobre el diván frente a su asesino, colaborador y amigo.

Olmet era avasallador, Vidal vivía amargado por su colaborador

Antes, en el primer acto, habría que haber presentado a los antagonistas. "Vidal era hipersensible y físicamente débil; Olmet, un tipo seguro de sí mismo y con pocos escrúpulos", explica Javier Barreiro, autor de Cruces de bohemia (UnaLuna, 2001), un ensayo sobre los escritores olvidados de la época. El uno habitaba los bajos fondos de la golfemia (la bohemia golfa), el otro aspiraba al triunfo social. Tenían en común las correrías nocturnas. Pero Olmet era trabajador, culto, tenía un éxito estable y estaba casado con la hija del ministro de la Marina. Vidal vagabundeaba, era un habitual de la cárcel y estaba enamorado de una ex prostituta.

En el segundo acto, la trama se complica. El autor vagabundo escribe una novela basada en su historia de amor y redención: Santa Isabel de Ceres, un folletín alambicado y escandaloso sobre una prostituta de la calle de Ceres que deja a su chulo Cataplum porque se enamora de un pintor. Es un exitazo. Traducida a varios idiomas, tiene 32 ediciones, inspira una película y se representa en teatro 102 veces. El estreno madrileño fue en el Eslava, en 1922, un año antes del crimen. Pero a Vidal, el dinero le dura poco. "Se lo gastó en farras y putas", dice Barreiro.

Al calor del éxito, Olmet y Vidal se hacen íntimos y estrenan juntos El señorito Ladislao. Un desastre: sólo nueve funciones en el Eslava. La siguiente obra de Vidal es pateada por el patio de butacas. El autor culpa a su colaborador. A las dos semanas, el Eslava quita su obra y anuncia una de Olmet. Los autores siguen siendo amigos, así que nadie se extraña cuando, el mediodía del 2 de marzo de 1923, Vidal y Planas se presenta en los ensayos (la noche anterior había estado de copas con Olmet). "Él me insultó y yo me atreví a contestarle", contaría luego en su defensa. "Me agarró con violencia por el cuello, mientras injuriaba a mi madre y me decía que mi novia era cosa suya. Yo le llamé miserable y saqué la pistola". Al día siguiente, el diario La Correspondencia de España se atrevió con una interpretación psicológica: "Olmet era absorbente y avasallador, Vidal y Planas vivía amargado por su colaborador, que lo anulaba; transigía y luego se indignaba por su debilidad de carácter". En el tercer acto habría que contar que el asesino fue condenado a 12 años, pero sólo cumplió tres. Aun así, en la cárcel le dio tiempo a escribir un sinfín de "novelitas malísimas sobre la prisión y la locura", según Barreiro. También a casarse con su novia, con la que viviría 40 años. Durante la guerra se exiliaron a EE UU, Vidal se doctoró en Metafísica y fue profesor, y luego, en México, siguió escribiendo poesía hasta su muerte en 1966 en Tijuana, donde hay una calle con su nombre. "En España, ninguno de los autores ha sido reeditado", explica Barreiro. "Literariamente, Olmet es mejor, pero Vidal y Planas, por el morbo de su vida, es más buscado en las librerías".

Este folletín tiene, 86 años después, un epílogo. Sobre las tres de la tarde, la misma hora en que se produjo el crimen, el Eslava huele a tabaco y a copa tirada en la alfombra. Ya no es un teatro, sino la discoteca Joy Eslava. El saloncillo de autores es una de las pocas cosas que han desaparecido del local. Conserva su escalera original y las molduras de sus palcos, incluso las butacas del patio se guardan en un almacén para usarlas en los desfiles de moda. De día, sin gente en la pista, sigue pareciendo tanto un teatro que la bola de espejo de más de un metro de diámetro desentona totalmente en el centro del techo pintado.

En 2005, cuando ya nadie se acordaba de aquellos dramaturgos bohemios, otro crimen tuvo lugar en la sala. Rachid Tachti, con 18 antecedentes penales, apuñaló a Roberto García Grimaldo, que estaba en tercer grado. Eran las cuatro de la mañana y fue una reyerta típica. Copas, noche, dos grupos de amigos, chicas por medio, gresca, miradas amenazantes, muerte absurda. Lo más rocambolesco del caso, que el homicida (condenado luego a 13 años) fue llamado a declarar en el juicio del 11-M. El juez desestimó su vinculación con los hechos; sin embargo, en Internet, más de uno lo duda. El folletín del siglo XXI se llama conspiración.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de julio de 2009