Un mito de la música popular

Un bailarín a la altura de Fred Astaire

Desde Fred Astaire no se conoce otra personalidad ni otro estilo que hubiera influido tanto en tantas esferas de la danza, desde los primeros breakers callejeros en las destartaladas canchas de baloncesto de Harlem, hasta los que se arremolinaban bajo los puentes de Chicago. En ambos había, además, al menos tres cosas comunes: sentido del ritmo musical, rapidez sobrenatural en la ejecución y la significación de un estilo propio, único, capaz de crear a su pesar, escuela. Los dos giraban como peonzas con una facilidad que a los demás cuesta sangre y lágrimas. Ese giro, esas piruetas múltiples, también han sellado la glorificación de ambas estrellas, tanto como la pantomima ilusoria de desplazarse sobre una vertical sin tocar el suelo; Jackson se marcó unos movimientos de cabeza que encontramos en la danza ancestral hindú, lo que también quedó refrendado en los códigos del break. La robótica, que será para siempre un reciclado en el techno-dance, cobró entidad con él. La danza contemporánea no quedó ajena a esa feroz influencia que abarcaba lo mediático-estético.

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El hip-hop hoy está tan reglado que parece un código de ballet. Todos los pasos tienen nombre y variantes infinitas y muchos de ellos son herencia directa de Jackson. La escuela callejera ha pasado con honores a los teatros y, en sus orígines, estaba compuesta básicamente por una legión de imitadores de Michael Jackson.

En algunos de sus vídeos más importantes, su acción bailada o coreográfica abarca incluso el 70% del metraje. Era parte de su fórmula, que tenía poco de mágica y mucho de preparación. Un conjunto muy bien reglado en el ensemble, verdadero cuerpo de baile, reproducía virtuosismo, pasos y estilo. Sobre todo estilo.

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