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Obama reivindica en Normandía los valores de la democracia

El presidente de EE UU exige cambios en Oriente Próximo y Corea del Norte

Al final de un viaje básicamente dedicado a buscar razones que devuelvan a Estados Unidos su prestigio y su influencia internacional, Barack Obama encontró ayer en Colleville-sur-Mer, un pueblecito de la costa norte de Francia, 9.387 razones, exactamente el número de tumbas en las que yacen los norteamericanos muertos hace 65 años en el desembarco de Normandía, batalla que representó el principio del fin del fascismo en Europa.

Estas famosas playas, en cuyas arenas se vivieron historias de heroísmo y gloria mil veces contadas en libros y películas, son destino habitual de peregrinaje de los presidentes estadounidenses como fuente de inspiración para su comprometida labor. Ningún lugar simboliza mejor que éste la generosa contribución norteamericana a la causa de la democracia ni expresa de forma más clara cuál es el mundo que Estados Unidos quiere liderar.

"Esa guerra fue esencial. La ideología nazi era el mal", dijo

El mandatario anunció un cambio de política respecto a Corea del Norte

Algunos presidentes vinieron antes a purgar sus culpas, a ganar aplausos o a justificar sus errores. Barack Obama llegó ayer a este simbólico escenario convertido él mismo en una figura de referencia. Obama no necesita de Normandía para blanquear su hoja de servicios. Obama vino a Normandía, entre otras razones menores, para profundizar el significado que este lugar tiene como emblema del bien universal frente a la reconstrucción de la historia y el relativismo moral.

"Vivimos en un mundo de creencias que compiten y de distintas versiones sobre cuál es la verdad", dijo Obama frente a la pradera sembrada de cruces. "Es un mundo de diversas religiones, culturas y formas de gobierno en el que resulta difícil que una causa surja con poder suficiente para decir algo universal sobre los seres humanos. La II Guerra Mundial lo hizo".

"Todos sabemos que esa guerra fue esencial", afirmó el presidente estadounidense, porque sirvió para liberar a Europa de "una ideología que sojuzgaba, humillaba y exterminaba". "La ideología nazi era el mal", manifestó.

Frente a ella se alinearon un conjunto de naciones, encabezadas por Estados Unidos y Reino Unido, que no eran perfectas por separado, pero que juntas, en esa causa, en la lucha contra el mal, representaban el bien. "Cualquiera que fuera el Dios al que rezábamos, cualesquiera que fueran las diferencias entre nosotros, sabíamos que había que frenar al mal, y ciudadanos de todas las creencias o de ninguna creencia consideraron que no podían permanecer al margen de esa salvaje perpetración de muerte y destrucción". Aunque hoy aquellos acontecimientos se observen con tan nítido juicio, en cada época es difícil identificar los peligros contemporáneos en los que está en juego la suerte de la humanidad. Es difícil decidir en qué circunstancias es necesario recurrir a los valores legados por batallas como las de Omaha o Utah.

El relativismo, por definición, despliega una cortina de dudas que lo nubla todo. La hipocresía se convierte en la religión oficial. Los aliados lo son sólo por el interés inmediato, las ideas se amoldan a las encuestas y la libertad de pensamiento se sacrifica a la ideología en boga.

Obama ha dicho combatir eso en varias ocasiones. Durante la campaña electoral habló repetidamente contra los cínicos que se adaptaban como camaleones a las verdades establecidas, sin intentar cambiarlas. En su toma de posesión prometió a su pueblo que siempre le dirá la verdad, por incómoda y desagradable que ésta fuera.

Trasladado al campo de la política internacional, que es donde Obama ha actuado estos días, el revisionismo histórico, la hipocresía y la ocultación encuentran, desde hace décadas, un territorio especialmente abonado en Oriente Próximo. El régimen de Irán cuestiona la existencia del Holocausto judío, mientras que árabes e israelíes prolongan un conflicto agotador con movimientos tácticos que buscan sacar el mejor partido de cada situación, no resolverlo.

"Tenemos que cambiar el statu quo actual en Oriente Próximo", reclamó ayer Obama tras una entrevista con el presidente francés, Nicolas Sarkozy. Con ese fin, ha planteado una serie de exigencias a Israel, a los palestinos y a los países árabes, y se ha ofrecido a mantener un arriesgado diálogo con Irán.

La amenaza nuclear, a la que Irán pretende sumarse con un programa fuera del control de la comunidad internacional, es, probablemente, uno de esos asuntos que no permiten relativismos. "Queremos paz. Queremos diálogo. Queremos ayudarles a desarrollarse. Pero no queremos una dispersión de las armas nucleares", dijo Sarkozy. El presidente francés se entrevistó el miércoles con el ministro iraní de Relaciones Exteriores, Manouchehr Mottaki, quien le entregó un mensaje del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, que ayer compartió con Obama.

El riesgo de la proliferación nuclear y de la prolongación de un aterrador statu quo es aplicable igualmente a Corea del Norte, al que también pidió ayer Obama abandonar el ciclo de amenazas en el que está embarcado.

"No creo que debamos asumir", advirtió el presidente norteamericano, "que simplemente vamos a continuar por una senda en la que Corea del Norte está constantemente desestabilizando la región y nosotros seguimos actuando de la misma forma".

Obama anuncia un cambio de política en Corea del Norte y, como esta gira que hoy acaba ha demostrado, dispone de energías y voluntad suficientes para cambiar también el mundo. Un negro que se propuso ser presidente de Estados Unidos tras un año de vida política en Washington sabe de sobra lo que es marcarse objetivos imposibles. Como lo era el desembarco de Normandía, una auténtica locura militar.

Otros presidentes han pasado por aquí antes, han depositado flores ante la tumba del soldado desconocido, han abrazado a un anciano veterano y se han puesto la mano en el pecho mientras el viento arrastraba entre las tumbas las notas del himno nacional. Lo mismo hizo Obama ayer. La diferencia es que Obama parece creérselo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de junio de 2009