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Necrológica:

Vicente Moreira, 'niño de la guerra' en Rusia

Dedicó 30 años a buscar a su madre, fusilada por falangistas

Vicente Moreira Picorel dedicó buena parte de su niñez a huir de la guerra. El resto fue una búsqueda. A los 75 años encontró por fin a su madre y pudo rescatarla del lugar donde la habían arrojado sus asesinos junto a otras tres personas. Era el 8 de septiembre de 2001, y un equipo de arqueólogos y forenses voluntarios abrían por segunda vez en España una fosa común de la Guerra Civil. Vicente, según recordaba ayer su hijo Javier, dijo emocionado: "Llevaba toda la vida esperando esto. Ya me puedo morir". Falleció el 12 de mayo a los 83 años y ayer le enterraron en Donado (Zamora), en el mismo lugar al que hace ocho él llevó los restos de su madre.

La última vez que la vio, Vicente tenía 11 años. Era el 26 de agosto de 1936 e Isabel Picorel trataba de abarcar con sus brazos a sus tres hijos, los cuatro agazapados en el monte. Huían de los falangistas, que, según les habían advertido, querían detenerla para castigar a su marido, que se había unido a las fuerzas republicanas en Asturias. Al amanecer, decidió bajar al pueblo, acompañada por su hijo mayor, para recoger de su casa de Langre (León) algo de dinero. Los demás le prometieron esperarla allí, pero nunca volvió.

Huyó de España con 11 años y pasó 20 en la Unión Soviética

Los restos de Isabel Picorel estaban en la segunda fosa que se abrió en España

Isabel Picorel fue detenida, metida en un camión y asesinada en una curva en el municipio de Fresnedo junto a otras tres personas. Su hijo mayor logró escapar y regresó al monte para informar a sus hermanos de lo sucedido.

Los tres fueron a buscar a su padre. Tres niños de 11, 13 y 16 años cruzaron el frente, pidiendo comida por los pueblos, hasta llegar a Asturias. Ramón Moreira se reunió con ellos, les llevó a una casa de acogida y les habló de Rusia, un paraíso en el que comerían todos los días. Después avisó a una empleada del centro para que arreglara el viaje. Prometió ir a buscarles en cuanto terminara la guerra, pero ya no pudo. Cayó prisionero, fue condenado a 20 años de cárcel por traición a la patria y murió en 1946 sin lograr reencontrarse con sus hijos.

Vicente pasó 20 años en lo que entonces era la URSS. Primero, en Leningrado, después en los Urales, en Moscú y en Bakú, la capital de Azerbaiyán. Estudió artes plásticas, modelado y escultura. En Rusia tuvo, como le había prometido su padre, estudios y comida, pero nada más. En el relato de su peripecia, que años más tarde haría ante sus dos hijos, Vicente solía destacar aquella tragedia, la de haber crecido sin familia, sobre cualquier otra.

Volvió a España en 1956 y empezó a trabajar como profesor de dibujo en varios institutos. No dejó de pensar nunca en su madre y quiso buscarla, pero tuvo que esperar a que muriera Franco para que los que podían dar pistas sobre su paradero perdieran el miedo a hacerlo. Finalmente, en 2001, y gracias una persona que había participado en el enterramiento de los cuerpos, dio con el lugar.

Una vez encontrados los restos de su madre, volcó todas sus energías en apoyar, desde la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, a los ancianos que, como él, llevaban toda una vida buscando a algún familiar.

En abril del año pasado cumplió otro de sus sueños. Lo tituló Nunca jamás. Es una escultura realizada por él mismo e instalada por el Ayuntamiento de Fabero (León) en un lugar bien visible del pueblo. En ella, dos manos abiertas se imponen sobre un mapa de España a punto de ser devorado por la aviación franquista. Con ella pretendía que "los viejos no olvidaran lo que habían hecho y los jóvenes no volvieran a repetirlo nunca jamás".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 14 de mayo de 2009