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Ricas almas en pena

El intelectual vive aislado, en Land's End, el finis terrae particular de los británicos. No se trata de una isla (ni el Lanzarote de Saramago, ni la mítica Isla Negra del autor de Oda a Stalin), pero podría serlo. Al fin y al cabo, la historia se repite, se repite tantas veces que avergüenza.

El periodista describe al intelectual como "un hombre aislado, pero pendiente de lo que acontece en el mundo". Es habitual en esa especie: les afligen los padecimientos de la humanidad, aunque en sus salones suenan los violines. Más que en una casa, el intelectual vive en un palacio. Se trata de un complejo con varias edificaciones y un jardín dispuesto en diversos planos junto al mar. El intelectual, solidario con las masas que agonizan más allá de sus propiedades, eleva una voz plena de altura moral.

Transitan por la entrevista los demonios de nuestro héroe: el capitalismo, la globalización, la industria, el comercio. El intelectual es crítico y valiente. Posa en medio de la nave, llena de luz natural, donde asienta su biblioteca. El confort no le distrae de los problemas mundiales: critica al Gobierno laborista, que casi es de derechas, incapaz de organizar un buen servicio de salud y que además protege a una policía corrupta. También destapa las miserias de Occidente. "El 11-S nos ha hecho peores", dice el intelectual. Asombrosamente no habla de los asesinos, sino de los asesinados. "La gente inventa enemigos a la medida de su imaginación". El intelectual, que reflexiona desde sus salones, desde su biblioteca, tiene un ponderado sentido de la justicia: "la consecuencia del caso Rushdie fue que pudimos acabar con toda la tolerancia hacia el Islam". Pero si no pudimos acabar no hay consecuencia, ¿no? De la tolerancia del Islam hacia Rushdie, en cambio, no dice nada.

Su mesa de trabajo, de madera noble, es exquisita. El intelectual habla ahora con euforia: el capitalismo va a caer. "Esto es radical y revolucionario". Y podemos adivinar una lágrima de dicha descendiendo por su mejilla. "La literatura me ha convertido en un hombre rico", confiesa al fin, "pero la distancia entre los ricos y los pobres es terrible". No relaciona su literatura con el capitalismo. Quizás no le debe nada a nadie: aparte de su talento, ni agencias, ni editoriales, ni giras de promoción, ni cadenas de librerías, ni grandes almacenes, ni empresas de distribución, ni miles de libreros y comerciales y periodistas tienen nada que ver con su dinero. En la última foto, el intelectual posa de espaldas, contemplando el inmenso horizonte del Atlántico desde una barbacana de piedra, rodeada de figuras de boj recientemente podado. Su propiedad desciende hasta el océano por los acantilados de Cornualles. "Hay que controlar el capitalismo", concluye.

Y no tiene razón. Claro que, de haberla tenido, sería legítimo espetar: ¿y qué hay de lo tuyo, viejo?

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 17 de abril de 2009.