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Tribuna:LA CUARTA PÁGINA

Galicia, conveniencia de la velocidad

En vísperas de sus elecciones, Galicia hace balance. Necesita nuevos hábitos mentales y mayor ligereza; si no, la sima entre la franja mediterránea de España y la atlántica puede terminar siendo insondable

Galicia tenía en 1900 sólo 700.000 habitantes menos que hoy. Madrid ha duplicado su población en los últimos 40 años. Estos datos ponen de relieve una diferencia de tempos, de ritmos. En una época en la que España ha progresado a velocidad de vértigo, Galicia ha perdido población en términos relativos. Del 11,5% de la población española de 1850 ha pasado al 6,13% de hoy. Tal vez ese dato expresa, además de la realidad de las dificultades económicas por las que hemos pasado, una cierta cautela, una escasa confianza en el futuro y un mantenerse a la expectativa. Rasgos todos ellos que casan bien con nuestras actitudes más establecidas.

No es que Galicia no haya cambiado. Al contrario. Lo ha hecho. Y mucho. Tanto que uno no puede dejar de sorprenderse de la aparente facilidad con la que ha digerido esa gran transformación. Galicia ha dejado de ser el viejo país agrario. Si en los años sesenta, el 60% de la población era agraria, hoy la cifra no pasa del 9%. De hecho, los historiadores afirman que Galicia es el lugar que ha vivido el proceso de desagrarización más rápido de Europa occidental. Hoy un 60% de la población trabaja en el sector servicios: una estructura social parecida a la de cualquier otro país desarrollado.

Si en los años sesenta el 60% de la población gallega era agraria, hoy la cifra no pasa del 9%

Ayuntamientos y constructores han dejado en los últimos 30 años un urbanismo atroz

Según Albino Prada, profesor de Economía de la Universidad de Vigo, Galicia estaría entre los 36 países más desarrollados del mundo, se mida como se mida. Tal vez éste parezca un argumento extraño, dado que hemos oído hablar de España como la octava potencia mundial, pero suena muy convincente en un país que ha hecho un arte del hacerse la víctima. Los gallegos solemos practicar cierta complacencia recordando nuestro pasado de pobres, como los irlandeses. Apenas sí se nos pasa por la imaginación que Alemania ha soportado dos guerras mundiales, Polonia cambió de mapa varias veces según la invadían por el este o por el oeste, o que la práctica totalidad de España, si se exceptúan las zonas industrializadas, lo ha pasado incluso peor.

Es una mentalidad de Finisterre, de país al margen, que, debido a la revolución de los transportes y las comunicaciones, está cambiando. El nuestro es hoy un país capitalista corriente y moliente, con sus nuevas clases medias inseguras, ahítas de las ansiedades del que acaba de llegar -casi toda España vive este síndrome- y con su hornada correspondiente de pijos -de éstos la cosecha ha sido abundante por todas partes-. Se echa de menos un Petronio, un Zola o un Flaubert que dejen constancia literaria del fenómeno, que escriban un Satiricón o una Educación sentimental. En todo caso, el país, llevado de su rápido crecimiento, ha generado una mayor diferenciación social, que incluye una mayor brecha entre ricos y pobres.

La Galicia de hoy es fundamentalmente urbana, con las provincias del interior despobladas y la gente concentrada en el eje Ferrol-Vigo. Cerca de un 70% de la población, según los criterios europeos, vive en zonas urbanas o periurbanas, lo que ha generado nuevas formas de cultura juvenil, de bandas y malotes. Los procesos de modernización tienen siempre un doble rostro y no es infrecuente que dejen tras de sí un rastro de desestructuración o anomía. Los valores propios de la sociedad tradicional han hecho implosión a una velocidad tan atroz como lo han sido el proceso de desagrarización, el adelgazamiento del entramado de los pequeños pueblos y una urbanización sin paliativos. Sin embargo, los valores de una sociedad moderna -en particular, el afán de racionalidad abstracta- no han echado todavía raíces profundas.

Eso puede verse también en otros planos. Los últimos 30 años han dejado tras de sí un urbanismo atroz o inexistente, tanto en los pueblos como en las ciudades. Es la huella física de los intereses de los constructores, de los ayuntamientos que les han dejado hacer o han sido su franquicia y, en última instancia, del individualismo de una sociedad que tiene tendencia a proscribir la imaginación social. La lengua gallega, otra construcción social, ha perdido hablantes. En ello ha incidido la falta de seguridad en sí misma de unas gentes que la identifican con sus orígenes populares. Aún no sabemos si una segunda modernización del país evitará la progresiva pérdida de su uso en el ámbito urbano.

En el terreno político, si el Gobierno bipartito PSdeG-BNG ganó las elecciones de 2005 no fue como fruto de sus méritos, de su inteligencia o de su capacidad de proyecto. Simplemente, estaban ahí cuando ya el rostro del país había cambiado, cuando su morfología social se había transformado y cuando el Prestige, la provecta edad de Fraga y el agotamiento del modelo clientelar del PP se aliaron para darles el poder. No puede decirse que tengan un proyecto de modernización solvente, global. Hasta la fecha lo que han hecho es cooptarse a las elites, más bien añosas, en vez de darle protagonismo a la sociedad civil y a aquello que en Galicia apunta a una modernidad sin complejos. El fortalecimiento de las antiguas elites, y el bloqueo de las emergentes, es un asunto de importancia en un país en el que la transición, a este respecto, apenas sí tuvo lugar. El poder financiero y los medios de comunicación son los dos ámbitos más evidentes.

Por supuesto, en su haber está el que poseen una vocación de orden y racionalidad que se echaba en falta, especialmente en el ámbito de lo urbano y del territorio. El PP no tenía más ley que el "laissez faire, laissez passer". Aunque Manuel Fraga intentó darle una doctrina, carecía de un horizonte que fuese más allá de los intereses creados de sus barones. En los años de su hegemonía, el paisaje costero y urbano careció de toda protección. Sólo Santiago de Compostela y Pontevedra se salvaron del desastre. Eso ha empezado a cambiar.

El programa del bipartito, su objetivo casi único, es equipararnos a los gallegos a la renta media española a base de presupuestos del Estado y lo que quede de los fondos europeos. Es una idea muy positiva, por supuesto. Pero se nota la ausencia de políticas proactivas, de ideas que vayan más allá o aporten algo diferente a lo que se les ocurra a los ministros del ramo o, ahora que podemos copiar de más sitios, a los consejeros de Barcelona, Sevilla o Vitoria.

Las infraestructuras -el AVE, los puertos marítimos y aéreos- y la extensión del Estado de bienestar están muy bien, y desde luego, en un momento histórico en el que surgen nuevos espacios, en el que el Estado difumina sus fronteras y adelgaza su perfil, es claro que el futuro pasa por desarrollar la dimensión transatlántica, la eurorregión con el norte de Portugal y, en un plano interno, porque las ciudades gallegas se organicen en red. Pero, en última instancia, a Galicia le interesa el impulso federalista de Cataluña, y el espacio económico de Madrid y la España central. También España hemos de hacerla en red. Hay que jugar todas las cartas si hemos de evitar que la sima entre la franja mediterránea y la atlántica aumente hasta hacerse insondable.

Galicia necesita seguir generando nuevos hábitos mentales que le den mayor ligereza. El modelo de la España que supo deconstruirse tan bien desde que se acabó la dictadura, y fue tan sutil en poner entre paréntesis su pasado para dejar que surgiese un nuevo ethos colectivo, sigue siendo válido. En el período de la modernidad líquida los gallegos necesitamos la capacidad de dejar atrás las visiones que nos han aherrojado. Una cierta tradición nos quiere inclinados a la vaguedad, la indecisión y la literatura sentimental. Tal vez esos tópicos tuviesen cierto grado de realidad: al fin y al cabo esas cualidades eran funcionales cuando era menester que los campesinos fuesen cautos ante los caciques y convenía cierto grado de ambigüedad. Pero en un mundo de flujos la velocidad y la claridad de objetivos son no ya virtudes, sino necesidades insoslayables.

Antón Baamonde es ensayista y profesor de Filosofía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2009