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Reportaje:MUCHA CALLE | La ciudad desde el cine Doré

De la Filmoteca a las estrellas

Parece un submarino, con su reloj redondo, su letrero de neón donde se lee "Sala 1", sus suelos de mármol, su balconada y sus azulejos azules en la barra del bar. En una de las salas del Cine Doré, al lado del metro de Antón Martín, las horas pasan. Son las 18.15, y proyectan El niño salvaje, del director francés François Truffaut.

En una de las mesas cuadradas de la cafetería de este cine que a principios del siglo XX llamaban el palacio de las pipas, un hombre lee La vida de Galdós, de Pedro Ortiz Armengol. Se llama Víctor Manuel, tiene 40 años y es madrileño: "Vengo a la Filmoteca desde 1992, digamos que soy uno de los freaks que pueblan este histórico lugar". Manuel rememora con cariño ciclos como el de Carlos Saura o el de Luis Buñuel. Hoy no ha venido a ver una película, prefiere disfrutar de la lectura y de un buen café.

A principios del siglo XX la sala era conocida como 'el palacio de las pipas'

"Soy uno de los 'freaks' que pueblan este lugar", dice un asiduo a la cafetería

Muchos de los visitantes también frecuentan el Ateneo de Madrid

El cine Doré programaba ciclos de películas porno en 1974

Al lado de la mesa de este madrileño doctorado en Hispánicas, unas escaleras guían hacia el segundo piso. Allí, en un minúsculo despacho, trabaja Antonio Santamaría, gerente del Cine Doré desde 2002. Han cambiado desde aquel año el mobiliario de la sala de verano, los asientos de la sala 2 y los telones y el patio de butacas de la sala 1, que, como señala este madrileño de 55 años (crítico e historiador de cine), ya no chirrían tanto como antes, pero pronto lo harán.

Antes de sentarse en uno de esos nuevos asientos, Ainhoa Andrés, de 26 años y licenciada en Bellas Artes, espera a un amigo. A su lado, en la mesa, reposa La hierba roja, de Boris Vian. Lleva unos dos años devorando filmes de la Nouvelle vague o del Neorrealismo italiano. Le picó el gusanillo del cine y ahora no puede dejar de venir. Asegura que le encanta comentar las películas cuando terminan, pero da un consejo: hacerlo después de media hora, según dice, el tiempo justo para digerirla. "No suelo recordar el nombre de las películas. Pero recuerdo una de Bergman donde había una escena muy fuerte: salía una mujer metiéndose un cristal por la vagina, y un hombre se desmayó", cuenta, recordando una secuencia de Gritos y susurros, una de las obras maestras del director sueco.

Cuando termina de contar la anécdota, Francesco Bertoli, nacido en Roma hace 30 años, se sienta a su lado. A Bertoli le encanta la tranquilidad, la luz y la forma de interactuar de los asiduos al Cine Doré. "Las caras se repiten, muchos visitan también el Ateneo de Madrid, en Huertas". Por la puerta principal entra uno de esos parroquianos. Lo llaman "el profesor".

Su nombre real es José Manuel Marchante, es de Cádiz y trabajó como ayudante de Orson Welles. Ahora es crítico de cine. Miente sobre su edad (dice que tiene 27 años), pero reconoce que la primera vez que pisó el "itinerante" Cine Doré fue en 1974, cuando programaban ciclos porno: "Antes estaba cada año en un cine distinto. Estuvo en el cine Infanta, en la calle del mismo nombre; esa sala ya no existe. Luego estuvo en el California, en Argüelles, y más tarde en la Torre de Madrid. Hasta que en 1989 se reabrió aquí", recuerda en un verdadero alarde de memoria. Asegura que le gusta ver las películas una y otra vez, pero no recuerda la última que vio. Como tampoco recuerda Alejandro Bassas cuántos meses lleva trabajando en la librería. "Unos dos o tres, venía tanto antes que ni me acuerdo". Lo dice entre novedades como ¡Este rodaje es la guerra!, de Juan Tejero, o libros como el de Víctor Matellano, Rodando... Bienvenido, Mister Marshall, que precisamente esa tarde se ha pasado por allí. Cuenta Bassas que son muchos los famosos que se dejan caer por esta minúscula tienda especializada en revistas y ensayos de cine: directores como Víctor Erice, Javier Aguirre o Javier Rebollo; críticos como Miguel Marías o escritores como Francisco Ayala. En los noventa, el actor Javier Cámara preparó tés, tortillas de patatas y medias lunas en la cafetería. Un lugar que ahora ocupa un alicantino, Óscar Nagar.

El cine escapa de las salas de proyección en el último momento: Joao Drago -director portugués- ha pedido permiso para rodar un corto en la cafetería. Allí, en la Filmoteca, donde duermen los fotogramas, se está más cerca de las estrellas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 21 de enero de 2009