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Reportaje:MÚSICA

Tan guapos como virtuosos

El 'marketing' más agresivo ha irrumpido en el mundo de la ópera y la música clásica. Ya no sólo vale cantar o tocar bien para ser una estrella. Ser guapo ayuda. Mucho. Las discográficas apuestan por el talento. Y por el físico.

Adiós a las portadas bucólicas, los trajes de noche, los paisajes de caza y pesca. Se acabaron las divas con collares y sonrisa profidén, los directores con gesto altivo y los pianistas con frac. Fuera los retratos de compositores alocados, pinturas abstractas, elementos conceptuales e instrumentos solitarios. Todo eso ha saltado por los aires en las portadas de los discos y los DVD de música clásica. Es la hora de dar la bienvenida al glamour, a las poses provocativas, los escotes, las piernas y los bíceps. La sensualidad carnal de las nuevas estrellas de la música y del canto ha asaltado las tiendas de discos.

Las discográficas han echado por tierra el recato y la distante discreción de sus figuras, y han apostado por un marketing más agresivo, mucho más terrenal, donde el físico es un nuevo valor a explotar. Por ahora, además de cantar, conviene ser guapo. El problema vendrá cuando se intercambien las prioridades: que además de ser guapos, sepan cantar o tocar el piano. Para esta nueva tendencia cuentan con la complicidad de las nuevas generaciones, conscientes de que una imagen potente puede tanto como un do de pecho o un enrevesado concierto para violín.

Los nuevos cantantes saben sacar partido a las demandas de sus promotores. Las sesiones fotográficas ajustan las tallas. Miran descaradamente a la cámara, juegan con ella, se prestan a juegos que les alejan de antiguos rigores y les apartan de una trasnochada y hasta antipática formalidad. La clave es buscar nuevos públicos y seducir a generaciones más jóvenes alejadas de la pomposidad del melómano.

Existen ya auténticos dominadores de este nuevo escenario. No hay más que echar un vistazo a estos nombres: la bellísima y provocativa Danielle de Niese, la simpática y resultona Measha Bruggergosman, el siempre sorprendente Lang Lang, esa estrella china que ha refrescado la imagen del piano.

O no hay más que seguir las vicisitudes de la pareja de moda en el mundo del canto: ese matrimonio entre la soprano rusa Anna Netrebko y el barítono uruguayo Erwin Schrott. Por separado, ella es la gran diva del momento; él no duda en mostrar su torso para hacer de Don Giovanni en grandes teatros. Juntos también saben de marketing. Acaban de tener un bebé y ya han posado en exclusiva con él como hicieran Tom Cruise y Katie Holmes en Vanity Fair. Los dos han dado un paso más adelante en esta carrera promocional y han dejado obsoletas otras como las de Angela Gheorghiu y Roberto Alagna, hoy en horas más que bajas.

Uno de los lobbies que más pitan es el latino. Tres estrellas lo dominan a la perfección. En el canto, Juan Diego Flórez y Rolando Villazón. Si bien el primero va sobrado de puro talento y se mete con más recelo en la órbita del marketing, el segundo cubre sus carencias artísticas con una arriesgada apuesta de promoción. Pero la fuerza americana más arrolladora del mundo sinfónico es Gustavo Dudamel. El joven director venezolano de la Simón Bolívar representa como nadie el futuro de la música. Su compañía Deutsche Grammophon lo sabe y ha puesto toda la maquinaria a su disposición. Dudamel tiene carisma y energía de sobra para explotar.

Pianistas y violinistas, los instrumentistas por excelencia en el mundo clásico, también han entendido a la perfección los nuevos tiempos. Lejos de aquellos arquetipos fundados en la rareza y el retiro casi espiritual en la búsqueda de la perfección predominan ejemplos de calle y compromiso. Desde el medio hooligan Nigel Kennedy -casi un rockero del violín- hasta Joshua Bell, que se lanzó al metro de Nueva York a tocar su Stradivarius a cambio de la voluntad, o el estudiado glamour de las mujeres, el panorama del virtuoso ha cambiado radicalmente. En ese campo, la maestra ha sido Anne-Sophie Mutter, que inició una senda por la que continúan otras más jóvenes como Janine Jansen, Sarah Chang o Hillary Hahn, nacidas a finales de los setenta y principios de los ochenta.

El piano también ofrece casos paradigmáticos. La imagen de Lang Lang y Yundi Li -que llegó a compaginar su carrera con la de modelo, algo que podía observarse en enormes carteles colgados por ciudades como Hong Kong- y la de un grande de su generación como el noruego Leif Ove Andsnes, de 37 años, contrasta con las de los más circunspectos antecesores como Alfred Brendel, Mauricio Pollini y, no digamos ya, los Claudio Arrau, Arturo Benedetti Michelangeli o Sviatoslav Richter, sencillamente alérgicos a la exposición pública.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de diciembre de 2008