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Tribuna:

Sin valores no hay futuro

La crisis económica que súbitamente nos ha asaltado no ha hecho más que evidenciar que el mundo en que vivimos es cada vez más globalizado. Ahora somos conscientes del vínculo que nos une a otras personas, colectivos, entidades y Gobiernos de países cuyas decisiones y actividades influyen sobre nuestro día a día. Ya no vale alegar diferencias culturales, religiosas o políticas para argumentar que no tenemos nada en común con países o continentes que geográficamente se encuentran muy lejos pero en la práctica están a un click de distancia de nosotros.

La importante victoria de Barack Obama en las elecciones de Estados Unidos es uno de esos acontecimientos que tanto nos afectan. Más allá de las consecuencias políticas señaladas por los analistas, me gustaría destacar el mensaje que el resultado nos envía en cuanto a la evolución de los valores de una sociedad entera y su incidencia más allá de ella misma: con esta elección, la ciudadanía estadounidense ha optado de forma valiente por el cambio. Y este cambio se ha convertido de inmediato en un símbolo de esperanza, no sólo para EE UU sino también para el resto del mundo. Igualmente, las expectativas generadas por los valores que representa Obama deberán cumplirse de forma global, algo que todos deseamos.

La globalización ha llegado ya a nuestra vida cotidiana, pero no a nuestras conciencias

En un mundo tan estrechamente conectado en planos como el económico, el político o el tecnológico, se hace evidente que ninguna cultura -ni siquiera la americana- puede actuar sola y que cada una depende -y mucho- de las demás. Pero observamos que la tentación de cada país de actuar en solitario, o de imponer una visión particular, sigue existiendo. Esto es una clara consecuencia de que los valores y las actitudes de los seres humanos se adaptan muy lentamente a las nuevas condiciones de vida y trabajo, ya que actualmente no predomina un pensamiento progresista ni el deseo de reformas, sino más bien la inseguridad y el miedo; la consecuencia de ello es el estancamiento.

Al mismo tiempo, la sociedad y la economía experimentan una marcada pérdida de valores en las "células germinales de nuestra sociedad" como, por ejemplo, en la familia. Con una tasa de natalidad de 1,36 hijos por mujer, la República Federal de Alemania, mi país, ocupa el puesto 189 entre 192 Estados en la escala internacional que mide este ratio. Las consecuencias de este hecho sobre las estructuras sociales resultan determinantes, pues ¿dónde se transmite aún el sentido de comunidad?

En mis años de trabajo al frente de la Fundación Bertelsmann he podido comprobar que todas las comunidades y sociedades encuentran en el diálogo y en la participación ciudadana un denominador común para resolver sus desafíos. Y lo mismo ocurre en empresas de todo el mundo que, sin importar dónde desarrollen su actividad comercial, tienen en el compromiso, en la motivación personal y en la confianza de sus empleados, su principal activo a la hora de enfrentarse al desafío de conseguir la máxima productividad sin desatender su responsabilidad social.

Hoy me planteo si la globalización que ha llegado ya a nuestra vida cotidiana a velocidad de vértigo también lo ha hecho a nuestras conciencias, es decir, si realmente creemos que formamos parte de un todo intercultural e interreligioso o, simplemente, aún vamos a gatas en nuestra personal identificación con el mundo que nos rodea. Si en un reciente estudio hemos constatado la falta de una identidad europea por parte de los ciudadanos del viejo continente, imagínense a qué distancia nos encontramos de sentirnos verdaderamente ciudadanos del mundo.

Reconocer lo que nos une globalmente -que es mucho más que lo que nos separa- nos dotaría de un primer conjunto de valores comunes universalmente aceptados. Es momento entonces de que las personas sean capaces de plantearse esa búsqueda de un sustrato compartido de valores y estén dispuestas a hablar un mismo lenguaje con quienes les rodean. Este proceso ha de empezar por los políticos y los grandes empresarios, que toman decisiones, pero también ha de implicar a los ciudadanos, a las culturas no occidentales, que conforman la mayor parte de la población mundial, a las mujeres, a las minorías y a las futuras generaciones, que se harán cargo del mundo que les dejemos.

Todos debemos tener voz en un debate como el que ha tenido lugar en el congreso Diálogo y Acción, organizado en Madrid por la Fundación Bertelsmann, cuyo objetivo es alcanzar una verdadera globalización de la humanidad y un único lenguaje -a través de los valores- que nos permita tender puentes, cooperar a nivel internacional, mantener posturas comunes ante los difíciles retos que esta sociedad en continuo cambio nos plantea, adoptar acuerdos y encontrar soluciones por la vía amistosa a todos los problemas que nos vayan surgiendo. Esto ha de hacerse sin que cada uno perdamos nuestra identidad, aquella que nos confiere nuestra propia lengua y que permite describir el mundo en todas sus variantes, más rico y con prismas que contribuyan a un diálogo global con el que deberemos afrontar los conflictos de los próximos años. Nuestro mayor objetivo ha de ser que esos valores humanos prevalezcan en todo el mundo y formen nuestra lingua franca común y global para articular una coexistencia pacífica y sostenible.

Liz Mohn es presidenta de la Fundación Bertelsmann.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de noviembre de 2008