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COLUMNA

Fusión

De la Gran Depresión de los años treinta se salió con el New Deal, el nuevo compromiso económico, propuesto por el presidente Roosevelt para animar la producción por medio de grandes inversiones públicas, según la teoría de Keynes. Para levantarse hoy de esta nueva caída del capitalismo, tan grave como la que siguió al crack de la Bolsa del 29, no bastará un nuevo pacto económico con alucinantes y agónicas inyecciones de dinero a los bancos: será necesario que brote de este marasmo una nueva conciencia social. Los primeros indicios de esta actitud moral ante el futuro se están dando ya en las principales universidades norteamericanas. De ellas habían salido la mayoría de los ejecutivos golfos que ha arruinado con su codicia el sistema financiero, pero de un tiempo a esta parte un estudiante de Harvard, de Princeton o de Chicago, por muy elitista que se crea, no ya puede obtener un gran expediente académico si no ha demostrado un interés práctico por la sociedad y se ha comprometido en alguna labor social desinteresada. Realizar actos positivos por los demás comienza a considerarse elegante, una asignatura fundamental. En la génesis de la nueva conciencia Barack Obama aporta un valor simbólico. El hecho de que sea mulato, una síntesis entre dos razas hasta ahora antagónicas, indica que la fusión va a ser un índice significativo en la historia del siglo XXI. La aleación ha funcionado de forma espléndida en los metales y en las artes. Con ella los metales logran su mayor fortaleza y lo mismo sucede con la creatividad moderna, que alcanza su grado más alto cuando funde raíces y tendencias dispares en un solo espíritu. Si esta conquista ha dado un resultado excelente en la estética y en la metalurgia, parece que va a marcar también ahora el destino político de la historia. No hay nada maravilloso en este planeta que no sea producto de una fusión: la música que oímos, la danza y la pintura que contemplamos, la literatura que leemos, la materia de todos los objetos que usamos. Un presidente mulato al frente del Imperio de Occidente es una consecuencia lógica de esta deriva de la humanidad, pero más allá del dinero y su codicia, esta fusión no servirá de nada si no va acompañada de una nueva conciencia moral.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de octubre de 2008