¡Desnudos!

Ahora, mientras los apóstoles del libre mercado descubren la importancia de un Estado fuerte, capaz de intervenir para proteger su economía nacional, cuando Sarkozy pretende refundar el capitalismo y escucho por doquier que nunca nada volverá a ser como antes, evoco una historia muy antigua. Charlie Dickens era un niño, pero su padre le habló como a un adulto ante la puerta de la cárcel a la que sus deudas le habían llevado. La diferencia entre un hombre feliz y uno desgraciado, le dijo, es que, si ambos ganan diez libras, el primero gasta nueve, y el segundo gasta once.
La economía mundial entra en una etapa distinta y todo a nuestro alrededor es nuevo, desconocido. Eso dicen los expertos y, sin embargo, las noticias de hoy mismo son tan viejas que apenas parecen noticias. ¿A alguien le sorprende que Gallardón se endeudara de tal manera con la M-30 que haya tenido que paralizar las obras que tenía previstas? ¿Nos sorprende que la burbuja inmobiliaria haya explotado, que la gente a la que los bancos concedieron hipotecas que representaban un 70% de sus ingresos no pueda pagarlas, que la desaforada especulación que hizo circular una inmensa cantidad de dinero teórico, virtual, inexistente, no haya podido soportar la constatación de que, en la realidad de los billetes impresos, nunca existió tanto dinero? ¿O es que acaso las crisis especulativas de los ricos no las ha pagado siempre el hambre de los pobres?
Para entender eso, no hace falta ningún máster en economía, y eso es lo único verdaderamente nuevo de esta situación. Los magos de las finanzas, los millonarios de 20 años, los grandes gurús de la posmodernidad, a los que nos han enseñado a reverenciar, a admirar, a adorar desde nuestra ignorancia, están hoy tan desnudos como el emperador del cuento de Andersen. Ya va siendo hora de empezar a decirlo.
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