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Reportaje:65ª Mostra de Venecia

Autenticidad, carencias y levedad

El festival proyecta tres muestras irregulares del cine más independiente

Palpando la angustia del cronista ante la nada, observando la desbandada o la resignación de los que están aquí con la inútil misión de conseguir entrevistas con directores, actores y actrices famosos o relevantes que interesen mínimamente a los periódicos, radios y televisiones para los que trabajan, viendo la frustración de los que tienen la misión de hablar del ambiente y las anécdotas de un festival de cine y que aquí se rompen los nervios al constatar que no hay nada que merezca la pena de ser contado, me resulta demasiado sarcástico el ampuloso lema que encabeza las proyecciones. Se autodefine como Muestra Internacional del Arte Cinematográfico. Ya resulta mosqueante que el hecho de filmar con una cámara tenga siempre la enfática pretensión o la arrogante certidumbre de que está creando arte. Pero en cualquier caso, ante lo que estoy viendo y escuchando en la sala oscura, me pregunto que dónde diablos está ese supuesto arte. O que la idea de estos autores y los organizadores que han seleccionado sus películas sobre las esencias del arte cinematográfico no tiene nada que ver con la mía. Me conformaría con que me donaran un poco de entretenimiento, pero no hay manera.

La jornada de ayer no ha sido de las peores pero tampoco ha ofrecido nada perturbador o memorable, aunque hayan aparecido algunos bieneducados o piadosos aplausos al final de las proyecciones.

El director iraní Amir Nadei utiliza los recursos del cine independiente en Las Vegas: basada en una historia verdadera para contar el desarrollo de una obsesión y sus trágicos resultados. Rodada en vídeo, con actores no profesionales, con morosidad, estirando algo que se podía haber contado en la mitad de tiempo. Habla de una familia que ha conseguido montar una casa con jardín en un desértico suburbio de Las Vegas, antiguos jugadores que han logrado controlar su ludopatía y mantener una existencia tranquila. Se volverán locos con la idea que les ha vendido un cruel buscavidas de que debajo de esa casa está enterrado el botín de un millón de dólares de un atraco al banco. La codicia y la desesperación que engendrará harán que la familia feliz acabe levantando el suelo y destruyendo esa casa en la que habían depositado su estabilidad para buscar un tesoro inexistente, que pierdan el techo que les daba cobijo y que su existencia se rompa. La historia es original pero yo acabo un poco harto de ver cómo se acumulan los escombros y del extenuante enloquecimiento de esos desgraciados personajes.

No está claro si el director turco Semit Kaplanoglu pretende en Sut hacer un canto a la vida pastoril o un tratado psicológico sobre las relaciones materno-filiales, retratando la plácida vida de una madre lechera y su adolescente y lírico hijo hasta que la primera se echa un novio y el segundo se siente abandonado. La sufro a las nueve de la mañana, pero aunque me acabe de levantar de la cama no puedo impedir la aparición de los bostezos ante esta nadería con ínfulas poéticas.

El tema de La tierra de los hombres rojos, dirigida por el chileno Marco Bechis, retrata la rebelión de una tribu de indios amazónicos que son explotados como atracción turística y mano de obra barata en la reserva en la que han sido confinados, decidiendo regresar a las selvas de sus antepasados y sobrevivir practicando los ancestrales rituales y costumbres de su raza. Pero el cabrón del hombre blanco, como siempre tampoco les permitirá morir en paz. Es cine bienintencionado y militante, protagonizado por auténticos indígenas que no interpretan sino que son ellos mismos, presumible ganador de premios en esta desértica Mostra, pero que tampoco invita a lanzar cohetes. Que esté realizado con medios ínfimos, voluntad reivindicativa y honradez puede despertar simpatía pero no garantiza fuerza expresiva ni gran cine.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 2 de septiembre de 2008