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Reportaje:

Este cerebro no volverá a investigar

La historia de un matemático premiado que abandona por un sueldo fijo

Facultad de Ciencias de Granada, en pleno julio. Sólo están los conserjes, los guardianes que atesoran las llaves de las aulas, ahora vacías. Santiago Morales, matemático de 32 años, recorre los pasillos. Vuelve a su antigua casa y sonríe a los nuevos inquilinos para que le dejen entrar. "Aquí es donde yo daba clases", cuenta. Y mira las actas de notas que todavía cuelgan de la pared. "Sólo suspendía a los que no había más remedio", confiesa. Hace cuatro años que cambió la universidad por un instituto de secundaria en Manzanares, Ciudad Real.

Este granadino de ojos grandes y expresivos ganó en 2006 el premio más prestigioso para un joven en su disciplina por sus trabajos sobre las superficies minimales. Más tarde, tomando un refresco al abrigo del calor estival de Granada, intenta explicarlo para no iniciados. "Cuando sumerges un alambre en forma de circunferencia en agua con jabón, la capa de jabón resultante, que se apoya en el alambre, es una superficie minimal". El jurado del premio José Luis Rubio de Francia, otorgado por la Real Sociedad Matemática Española, destacó su trayectoria en el departamento de Geometría. Pero el premio llegó tarde, él ya había abandonado.

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El niño que se empezó a hacer preguntas cuando su padre, carpintero de profesión, les inculcaba a él y a su hermano la curiosidad por el mundo con un atlas que les parecía demasiado grande, se cansó un día de no poder hacer planes y no saber qué pasaría el año siguiente. Su periplo es similar al de miles de jóvenes españoles, expertos por necesidad en encadenar becas y contratos temporales para tratar de hacer valer su vocación por la ciencia.

Comienza la enumeración: en 4º de carrera, beca de iniciación a la investigación. Al acabar 5º, beca del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Después, otra beca más, en el departamento de asistencia informática. Y luego otra para empezar su tesis doctoral en el Departamento de Geometría. El primer año cobraba 500 euros al mes; el último, 900. Después de leer su tesis llegaron dos contratos temporales más, de colaborador. El sueldo rondaba ya los 1.200 euros. Santi estaba impaciente por lograr una estabilidad laboral y económica que, a los 28 años, no vislumbraba cercana ni certera.

Antonio Martinón, catedrático de Matemáticas de la Universidad de La Laguna, explica las dificultades a las que se enfrentan los investigadores noveles: "Hay jóvenes con una capacidad extraordinaria que se están quedando fuera". Para intentar cambiar esta tendencia, un grupo de profesores y catedráticos de Matemáticas rescataron la historia de Santiago Morales en una carta reciente al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, para reclamar medidas que faciliten la incorporación de los jóvenes investigadores a la universidad y criticar "el progresivo envejecimiento" del profesorado. La media de edad en las universidades supera con creces los 40, y en algunas, como la Complutense de Madrid, un tercio de los profesores tiene entre 50 y 60 años. Hasta ahora han firmado 150 personas.

Los firmantes, todos docentes veteranos, pretenden que se remedie la carrera de obstáculos a la que se ven abocados los jóvenes, que no logran la estabilidad "hasta pasados los 35 años".

Esa ansiada tranquilidad la encontró el matemático en Ciudad Real, donde, además, se reunió con su mujer. Y, con la estabilidad, llegó un hijo. El pequeño Santiago, de 15 meses. "Si no hubiera renunciado a la investigación, no sé si tendría ahora un hijo".

"El primer examen de bachillerato que les puse a mis alumnos, lo suspendieron todos", sonríe con la picaresca del que ha aprendido la lección. Retó a los alumnos como lo retaron a él. Pero los tiempos han cambiado. "Los muchachos se rebotaron porque el examen era muy difícil", cuenta.

Santiago Morales reflexiona sobre el giro que ha dado a su vida. La investigación requiere muchas horas, incluso en vacaciones, porque no basta con cumplir. Para publicar y acumular méritos, hay que revisar artículos, ir a congresos, leer mucho y pensar. Durante horas. Llega un momento en que tienes las incógnitas tan presentes que puedes trabajar mientras caminas. Pero es un esfuerzo gratificante. Ni playas desiertas, ni viajes alrededor del mundo: "Si me tocase la lotería, me pondría de nuevo a investigar", dice el galardonado científico.

El momento de recibir el premio fue agridulce. De un lado, el reconocimiento por los años de trabajo. De otro, la sensación de alejamiento de un mundo que le apasiona. La noticia llegó una tarde de domingo, entre lloros, papillas y pañales. Luego, más tranquilo, pensó: "¿Y si sacara algo de tiempo para seguir con la investigación?". Pero van pasando los días. Y la rutina engulle.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de julio de 2008