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Crítica:

Un infierno a escala

No es fácil colocar una etiqueta a Noah Baumbach que haga justicia a las sutilezas de lo que viene logrando desde su anterior y notable Una historia de Brooklyn (2006). Formado en el terreno de la comedia con un punto de sofisticación, cómplice ocasional de Wes Anderson, Baumbach hace películas que tienen más alma de relato para las páginas del New Yorker (o el McSweeney's) que del tipo de producto que uno puede descifrar recurriendo a los códigos del indie americano.

En Margot y la boda, el cineasta parece controlar el abrasivo material que tiene entre manos, pero es estimulante pensar que algo se ha escapado a sus previsiones: que tenía en la cabeza a Truffaut y a Rohmer y le ha salido un Bergman histerizado y claustrofóbico que condena a los espectadores a comprender a unos personajes con los que a uno no le apetecería ni irse a tomar un café. En el centro del laberinto, Margot (o sea, Nicole Kidman), una madre devoradora, una hermana terrible, un vampiro literario que alimenta su obra con la materia residual de una familia que permanece unida porque se cae a pedazos unida.

MARGOT Y LA BODA

Dirección: Noah Baumbach.

Intérpretes: Nicole Kidman, Jennifer Jason Leigh, Jack Black, Zane Pais.

Género: comedia. Estados Unidos, 2007.

Duración: 93 minutos.

No es agradable ver esta película, quizás por lo brillante que es en su nervioso retrato de un reencuentro familiar donde la bilis se dispara en frases perfectas y las agresiones dejan en el aire el eco de la fragilidad e indefensión del agresor. La película de Baumbach es áspera, sus cortes de montaje son como arañazos, su luz parece filtrada por las legañas del alma y, sin embargo, hay mucha verdad, mucho cine y mucha humanidad en este infierno a escala.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 20 de junio de 2008