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Reportaje:

¿Pintura o pintada?

La fachada de un edificio de la calle de Campoamor se rehabilita con dibujos urbanos - Unos lo consideran arte y otros una gamberrada

Cuenta Jack Babiloni (Sergio Cercós de nacimiento) que, cuando quitaron la lona del edificio del número 16 de la calle de Campoamor, dos viejecitas se acercaron a él, sin saber que era el autor de la obra, y le dijeron: "¡Ay! Fíjate. Este edificio tanto tiempo tapiado y ahora que ya lo han arreglado, van tres gamberros, se suben y lo pintan".

Se muere de la risa porque no le preocupa en absoluto la controversia que despierta su pintura en la fachada de 700 metros cuadrados de un edificio de 1886. Lo suyo, ¿qué es? ¿Pintura o pintada? Babiloni no duda: pintura. "No me interesa nada el graffiti, creo que es ruido", dice.

Mientras la fachada de la Tate Modern luce estos días gigantescos grafitos y Banksy (el grafitero más misterioso del mundo) convoca por Internet una concentración de "escritores" que decoren el interior de un túnel londinense, en Madrid el colectivo de los Grafiteros Desviados sigue reivindicando su espacio y se va este fin de semana a pintar la fachada de un centro cultural de San Sebastián de los Reyes "con todos los permisos". Murphy, miembro de este grupo, ha visto ya la fachada de la calle de Campoamor y coincide con su autor: "En todo caso, es arte urbano, pero no graffiti, porque no usa espray", argumenta. "Pero es que encima nos da mala fama a nosotros, porque a la gente no le gusta", agrega.

Distintos ojos, distintas miradas. La gente, cuando se encuentra de frente con el bloque mastodóntico y señorial de cinco pisos, en la zona de Alonso Martínez, remozado con un blanco impoluto y decorado con dibujos de colores, hace un alto en el camino. Aunque no siempre hablan bien de él. "Esto es lo mismo que lo otro. No me pega ni con el edificio ni con el barrio. De hecho, me parece feo", dice Félix, administrativo de 41 años. Rodrigo, de 25 años, piensa que "canta un poco", pero que le da "vida al barrio", mientras limpia una pintada -"Abajo el trabajo"- en la pared exterior del bar donde trabaja.

Un total de 24 días tardó Babiloni en acabar su obra. Y luego la tituló Todo es felicidá. Así, sin la "d" y con acento. Con una paleta de cuatro colores (azul, ocre, negro y amarillo) pintó caras, aforismos y demás guiños escondidos en el lienzo enorme que es el edificio. "Es sobre la mitología griega", afirma.

Todo empezó por la necesidad de reformar el edificio. La propietaria, a través de una fundación, contactó con el arquitecto Luis Cercós. Y él fue quien propuso, por una parte, restaurarlo con los materiales originales, sin cambiar su estructura, y, por otra, darle una impronta "propia de la cultura madrileña de hoy" decorando la fachada.

Para lograrlo acudió a quien tenía más cerca: su hermano y pintor Jack Babiloni. Presentó los bocetos a la dueña del edificio. Ésta los aprobó y el artista se puso a trabajar. "Ya se hacía en el siglo XVI, cuando se pintaban los ladrillos mal cocidos", asegura Cercós, y recuerda otros casos, como La Casa de la Panadería, en la plaza Mayor. "El graffiti está entrando en los museos. Es un arte fresco. ¿Qué son las pinturas de Altamira?", se pregunta.

A los inquilinos de los 14 pisos parece que les gusta. Falta ver si le agrada al Ayuntamiento, que no se ha pronunciado. "Hemos respetado la normativa, usando la técnica adecuada", explica Cercós. "Si nos dicen que tenemos que borrarlas, lo haremos. Pero quedarán debajo, ya forman parte de algo que ocurrió en Madrid a principios del XXI".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de junio de 2008