Los laboristas amenazan con dinamitar el Gobierno de Israel

Barak exige el relevo de Olmert para no forzar unas elecciones anticipadas

El primer ministro Ehud Olmert ha sorteado con gran habilidad toda suerte de escollos en las turbulentas aguas de la política israelí. Ahora, acosado por la quinta investigación policial por presunta corrupción, se asoma de nuevo al precipicio. Ehud Barak, ministro de Defensa y líder del Partido Laborista, socio clave de la frágil coalición que encabeza Olmert, le exigió ayer que se aparte del cargo y se designe a un sustituto para impedir un adelanto electoral, la amenaza que esgrimió Barak. Cuando saltaron las últimas acusaciones, el jefe del Ejecutivo prometió solemnemente que sólo abandonaría si es imputado.

El 70% de los israelíes no cree las explicaciones del primer ministro

Pero la presión a favor de su renuncia es colosal en una coyuntura política plagada de desafíos en Oriente Próximo.

Barak, que ha lanzado similares amenazas sin cumplirlas después, considera que Olmert, el líder del partido Kadima (Adelante), es incapaz de "ocuparse de sus asuntos personales al tiempo" que mantiene tantos frentes abiertos: el proceso de Annapolis con el presidente palestino, Mahmud Abbas; la tregua que se negocia con Hamás; el eventual intercambio de prisioneros libaneses con Hezbolá; la incipiente negociación con Siria; el programa nuclear de Irán. Ninguna de estas iniciativas ha fructificado aún, pero unos comicios anticipados supondrían un rotundo revés, dado que todas las encuestas apuntan al líder del derechista Likud, Benjamín Netanyahu, reacio a cualquier concesión, como claro vencedor.

El laborista Barak lanzó su órdago al día siguiente de la declaración ante un tribunal de Jerusalén del magnate estadounidense Morris Talansky, testigo clave de las pesquisas contra el primer ministro. La prensa ha informado de que en su relato describió a Olmert como un político ávido de dinero, con gustos muy caros, y que logró convertir a un judío estadounidense (Talansky) en su cajero automático.

El asunto está colmando la paciencia de los israelíes, que parecían casi curados de espanto con las corruptelas de su clase política. El 70% no cree a Olmert cuando asegura que el dinero que le dio el millonario se destinó a campañas electorales.

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Barak le pidió que anteponga los intereses nacionales a los personales y deje el cargo, al menos mientras dure la investigación, que no concluirá previsiblemente antes del fin del verano. Olmert, interrogado por la policía dos veces, admitió a principios de mes que recibió dinero del millonario, pero insistió en que no había cometido ninguna ilegalidad y en que no se apropió de un dólar, afirmación refutada por Talansky. Los expertos legales creen que por ahora no hay pruebas que justifiquen una imputación. A eso se agarra el primer ministro como a un clavo ardiendo.

Barak apremió a Kadima a que busque pronto un sustituto. De lo contrario, los laboristas abandonarán la coalición y forzarán la convocatoria de elecciones anticipadas. Cuentan con 19 diputados, vitales para la coalición gobernante, que agrupa a 64 de los 120 legisladores de la Kneset.

Olmert, que mantuvo ayer su agenda, aseguró: "Alguien bajo investigación no tiene necesariamente que dimitir. Pueden estar seguros de que tengo explicación para todas las alegaciones contra mí". Se aferra al cargo como gato panza arriba. Hasta ahora ha logrado sortear otras acusaciones de corrupción e incluso la investigación oficial sobre la pésima gestión de la guerra de Líbano de 2006. Uno de los principales asesores del jefe del Ejecutivo descartó, antes de la comparecencia del ministro de Defensa, que tenga intención de tirar la toalla. Apenas cruzado el ecuador de su mandato, la desconfianza popular y la acumulación de sospechas pueden suponer el último clavo en el ataúd político de Olmert.

Ya vivió una situación similar hace un año cuando Tzipi Livni, su ministra de Exteriores, le pidió la dimisión tras el demoledor informe sobre la guerra de Líbano. Medio partido apostaba por ella, pero el veterano político aguantó el tirón. Si ahora decide abandonar, Livni se postula como la candidata con más opciones de sucederle.

Olmert (derecha) habla con Barak en el Parlamento en julio pasado.
Olmert (derecha) habla con Barak en el Parlamento en julio pasado.AFP

Escándalos de corrupción

A los israelíes no les sorprende ver a sus primeros ministros interrogados por escándalos de corrupción. Ariel Sharon, Ehud Barak y Benjamín Netanyahu también se las vieron con la justicia. Salieron airosos. El actual jefe de Gobierno, Ehud Olmert, lleva 35 años en política, pero desde que sucedió a Sharon (hospitalizado y en coma desde hace dos años y medio), le brotan las supuestas corruptelas. Las sospechas están vinculadas a sus mandatos como alcalde de Jerusalén (1993-2003) o ministro (2003-2006).

Días antes de las últimas elecciones, que ganó al frente de Kadima, se supo que Olmert había comprado siete años antes, por un precio sospechosamente bajo, una vivienda en un lujoso barrio de Jerusalén, a dos pasos de su actual residencia oficial. El asunto se esfumó. Un año después, la policía indagó si, como ministro de Finanzas, había favorecido a un amigo potentado en la privatización del primer banco del país. El caso se cerró por falta de pruebas. Otro de los asuntos que parece haber quedado en nada son las sospechas de nombramientos por amiguismo. Las últimas pesquisas, por recibir en mano sobres con dinero del magnate estadounidense Morris Talansky, se conocieron a las puertas del 60º aniversario del Estado de Israel.

Pero el caso judicial que más ha conmocionado al país es ajeno a Olmert. Y aún está abierto. La acusación de violación y acoso sexual contra el entonces presidente Moshe Katzav dejó atónitos a los israelíes. Un acuerdo entre la fiscalía y la defensa para que se declarara culpable de los cargos más leves pero evitara la cárcel no acabó de cuajar. Katzav espera, ya retirado, el inicio del juicio en su casa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 28 de mayo de 2008.

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