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Reportaje:Ola de violencia xenófoba en Suráfrica del 'shangaan'

A la caza del 'shangaan'

La jauría se ha desatado en Suráfrica - 43.000 inmigrantes son objetivo del terror

"¿Ves a ese hombre ahí? Es un shangaan, es de Mozambique; mira el miedo que lleva en el cuerpo". Lo dice Sidney, un surafricano sentado en la puerta de su chabola en el gueto de Ramaphosa, a 20 kilómetros de Johanesburgo. Señala a un hombre de unos 70 años, encorvado, vencido. Lleva un traje gris polvoriento y deshilachado. Se aleja, cruza la calle y se acerca a los coches de policía de guardia en la zona. "Habrá venido a ver si queda algo de su casa en pie. Más vale que se vaya, que no lo vean, porque podrían matarle".

Sidney tiene 37 años y es mecánico. Está en casa porque no puede volver al trabajo desde el pasado fin de semana, cuando su barrio se contagió de la violencia xenófoba iniciada en los guetos de la periferia de Johanesburgo la semana anterior. Sidney tiene que quedarse frente a su casa, vigilándola. Suenan golpes de martillo cerca. "Algunos están acabando con las chabolas de los mozambiqueños que se han ido por miedo". Y sí, entre los hierros retorcidos de las construcciones quemadas hay gente, surafricanos, tratando de quedarse con lo que sea, tras la huida de los inmigrantes ante los ataques de grupos de hombres armados. "Pero nadie me asegura que no vayan a intentar acabar con mi casa y llevarse mis cosas. Mi mujer tiene miedo de quedarse sola, así que no puedo ir al trabajo. Tengo que vigilar, hasta que todo se calme".

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A Sidney lo despertaron hace ocho días, en la noche del pasado sábado, para ir a cazar shangaans, mozambiqueños. "No quise ir, son nuestros hermanos al fin y al cabo", afirma. Pero explica cómo los cazan. Un grupo de hombres armados irrumpe en una chabola y pregunta a los residentes cómo se dicen en zulú palabras muy precisas, como codo o meñique. No saber la respuesta significa que uno es un amakwerekwere, que farfulla, que habla diferente. Esto supone el apaleamiento, la muerte o la búsqueda desesperada de protección en las comisarías de policía.

En dos semanas de odio racial, 43 muertos. Cientos de heridos. Unos 43.000 inmigrantes se hacinan en campos de refugiados organizados en comisarías, iglesias o centros cívicos desde el pasado 10 de mayo, cuando se iniciaron los ataques.

Todo comenzó en el histórico gueto de Alexandra. Allí, a diferencia de Ramaphosa, los más afectados fueron ciudadanos de Zimbabue. "Llegaron por la noche, cantando, gritando, armados de palos, piedras, pistolas, machetes. Salimos a la calle y ellos nos pegaron y quemaron nuestras chabolas. No me queda nada de ropa, ni para mí, ni para mis niños". Josephine Sibanda tiene 44 años, 7 hijos y los ojos húmedos cuando relata el miedo que pasó. "Nos escondimos en el bosque, no sé cuántos éramos, más de cien".

El domingo por la mañana, la policía les aconsejó ir a la comisaría. Josephine y sus niños duermen en el suelo de una sala de conferencias que comparte con otras mil personas. Lleva más de una semana ahí y todavía no sabe qué va a ser de ellos. "No podemos volver a Zimbabue, allí sólo hay hambre, nada de trabajo, nada de comida".

Hay más de 5.000 refugiados en el campo de refugiados de Primrose. La mayoría son personas procedentes de Mozambique. Por eso Clement es un caso raro. Es de Suazilandia, "pero mi hermano es muy oscuro de piel, por eso se pensaron que somos shangaans". La tonalidad de la piel todavía importa en Suráfrica, donde se cree que el resto de africanos son más oscuros de piel. Clement asegura que han dado una paliza a su hermano. Planea regresar a Suazilandia cuando a su hermano le den el alta del hospital, "al menos hasta que las cosas se calmen".

No es el único que ha pensado en regresar. En realidad, miles de mozambiqueños y zimbabuenses han iniciado un penoso éxodo hacia sus países de origen. En el aparcamiento de la comisaría de Primrose destacan las tiendas de campaña blancas que la Cruz Roja ha dispuesto para que los refugiados duerman. Se amontonan, por todos lados, mantas, pucheros de cocina, objetos rescatados, salvados de la quema o recuperados por los inmigrantes que volvieron al gueto, custodiados por la policía, a ver qué había quedado. Clement, que conduce una furgoneta-taxi destartalada y en la que ahora duerme, no sabe si su chabola está en pie: "La policía nos ha dicho que es peligroso volver, la gente se está reagrupando y hay muy mal ambiente, no hay suficiente policía". Se avistan seis autobuses y suenan incongruentes vítores, gritos de alegría y silbidos. Los mozambiqueños se han organizado para contratar autobuses y muchos de ellos regresan. Unos 10.000 hasta ayer.

Patrick, de 30 años, intenta pasar lo más desapercibido posible en la estación de autobuses de Johanesburgo. Sólo mira al suelo: "Estábamos en la habitación que alquilamos en el centro de la ciudad. Llegaron armados, nos pegaron. Se llevaron a mi mujer. Mi mujer es surafricana. Es zulú. Dijeron que era su hermana y que les pertenecía. No sé dónde está, no la puedo localizar. Yo vuelvo a casa". El conductor del autobús que llevará a Patrick a Zimbabue trata de animarlo: "Tiene miedo, ¿no lo ves?, ¿no ves lo encogido que anda? ¡Tiene tanto miedo que le da lo mismo que Mugabe le torture a su vuelta!". Patrick sonríe, le da vergüenza tener miedo.

La dictadura férrea de Robert Mugabe y la situación económica del país, con una inflación del 160.000%, va a hacer que no sean tantos los zimbabuenses que regresen a casa. "Allí no hay trabajo y nos pegan. Aquí nos pegan, pero hay trabajo", afirma Praise Chikwinya en el sótano de la iglesia metodista del centro de Johanesburgo, convertida en refugio para miles de zimbabuenses en los últimos años. Praise, con un bebé de nueve meses dormido a la espalda, dice que no puede volver a su país: era miembro del MDC, el partido opositor a Mugabe, y tuvo que exiliarse por miedo a que la mataran.

Más difícil lo tienen todavía los miles de refugiados que se hacinan en la comisaría de Jeppestown, en el centro de Johanesburgo. Si en los guetos y en las chabolas la mayoría de inmigrantes son de Zimbabue y Mozambique, el centro de la ciudad pertenece a los procedentes de Congo, Guinea, Burundi, Ruanda, países con conflictos bélicos pasados o recientes de los que África ha producido en gran cuantía. El centro de la ciudad fue arrasado el pasado domingo. Desde entonces y en la comisaría, junto con 2.000 más, Dan Gamala, técnico electrónico de 25 años, ha encontrado refugio mísero: dormir en el suelo, en el césped, con una manta si hay suerte. Hacer cola para recibir dos rebanadas de pan de molde y una sopa de color rojizo con macarrones. Entre los restos de un coche con las lunas rotas, las mantas de los refugiados y un televisor gigantesco que alguien consiguió salvar de su casa, Dan cuenta: "Salí huyendo del Congo y entré en Suráfrica ilegalmente, en un camión que traía minerales. Llevo dos años pidiendo asilo político. En el Congo me matan. Aquí me matan. Pido al gobierno surafricano que, si no nos quieren, nos lleven a algún sitio seguro". Un compatriota suyo se enfurece: "Se quejan de que les quitamos los puestos de trabajo, pero nosotros no tenemos trabajo, montamos nuestros negocios, desde talleres de coches hasta puestos de fruta y caramelos en la calle. Nos han atacado por envidia, porque nos ganamos la vida", asegura Jean, de 41 años. Es el propietario de un taller mecánico. "Tendré que rehacerlo de cero, no puedo volver al que tengo, saben dónde estoy". Si los surafricanos culpan a los inmigrantes de entrar ilegalmente, de robarles los puestos de trabajo y las mujeres y de ser criminales, los inmigrantes tampoco se quedan cortos en generalizar: "Son vagos, no quieren trabajar, no quieren estudiar, sólo saben quejarse y meterse en peleas", opina Jean de los surafricanos.

Desde la puerta pintada de verde en la chabola que vigila en Ramaphosa, el surafricano Sidney no ve qué ha resuelto la inflamación de los guetos. "No creo que se pueda decir que somos racistas o xenófobos", explica. "Creo que lo sucedido tenía más relación con el crimen, que es muy elevado en la zona. Pero tampoco creo que esto vaya a solucionar el crimen ni nuestros problemas de vivienda o de trabajo. No sé qué habrá solucionado esto".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de mayo de 2008